Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La sinfonía del cerrojo, con un crujir metálico oxidado, percutido por los vaivenes de un mango arqueado firmemente asido por Maruja, despertó la ensoñación de «el cultura». Justo cuando iba a menear el bigote para degustar un suculento muslo de pollo, el maldito chirrido destruyó la nube mágica del sueño. Todo esto ocurría mientras el sol dormía y la luna velaba, mientras los ronquidos revoloteaban sobre el aire oscurecido, mientras las sábanas envolvían los calzones y las camisas de los que aún podían disfrutar de unos minutos más de la cobija brizados por los brazos de Morfeo, mientras los cobertores abrigaban ilusiones tejidas con hilos de fantasía.

Hubo un tiempo en que «el cultura» gozó de todo ello pero algo removía su interior cuando por algún motivo le hacían evocar su infancia. Rehuía de una manera brusca e inusual el recuerdo agridulce de lo imberbe. En su fuero interno se avivaban los rescoldos de la hipocresía y la soberbia de su madre, una mujer que disfrazaba constantemente su egoísmo ensalzando las virtudes de su niño, su esmerada y escrupulosa educación ante una amigas compradas con una taza de café con leche y una bandeja de pasteles reposando sobre la mantelería bordada aún sin pagar al ditero. Cuando se marchaban sólo dejaban el papel y la cinta verdosa del envoltorio. Algunas, como consecuencia del atracón, no tenían fuerzas ni para despedirse y el resto salían con el cuello a verdugones y unas chapetas hasta las orejas. 

«El cultura», que entonces se llamaba Jeromín, se conformaba con un arenque estrujado en la bisagra de la puerta embutido en un trozo de pan asentado. No había más. «Qué bien comen las visitas», se decía. Nunca se acostumbró a las excentricidades de su madre, aunque siempre intuía una reacción inesperada. Por eso, en cierto modo, no le extrañó que el día de San Juan mandara engalanar un carro para ir a la velada de la Casería. Su marido intentó disuadirla, pero fue como hablar a una muralla. Aquel mes de junio se presentó muy inestable y, aunque hacía varios días que no llovía, las carreteras parecían barrizales. Sobre las siete de la tarde el vehículo de tracción animal enfilaba renqueando el Camino de la Cruz. El borrico casi enterraba las pezuñas debido a la blandura del sendero. Cuando todo parecía haberse restablecido, el animal resbaló quedando despatarrado. El pobre rebuznaba desesperado, como pidiendo auxilio. El carro volcó y sus ocupantes salieron cual billarda yendo a parar a la chumbera. Jeromín parecía el acerico de una costurera, pero sus padres, además de púas contrajeron el tétanos con gravísimas complicaciones, circunstancia que aceleró su paso a mejor vida. Jeromín no lloro. El hecho de haberles perdido no supuso un trauma, sino todo lo contrario. Sin embargo, se sentía culpable por no poder lagrimear como plañidera, se sentía culpable por alegrarse de su recién estrenada libertad: una libertad sin un duro pero tan limpia, clara y transparente como iba a ser su vida desde entonces. Tenía diecisiete años.

Los carmelitas le acogieron con mucho cariño, tanto que le dejaban leer en la biblioteca el tiempo que quisiera, afición que motivó el apodo, aunque, eso sí, una vez que terminara su trabajo como recadero, jardinero, carpintero y hasta cocinero. Le acondicionaron un cuarto muy cerca de la puerta de entrada, cuyo muro medianero lindaba con el despacho de Maruja. La pared amarillenta, decorada con las alusiones abstractas de los desconchones, rezumaba vapores de caliches y frialdad de soledad. Por cama tenía un catricofre y por cobertera una guerrera de Dios sabe quién. Cuando se acostaba oía el llanto lejano y sordo de Maruja, sus suspiros entrecortados. Le parecía sentir en su propia boca el sabor salado de sus lágrimas, el dolor y la angustia de otra noche más, de otro desprecio más de su marido. La pared, sin palabras, le había ido desvelando noche a noche el secreto de la tahonera, el mutismo de una vida encerrada entre piezas de pan y tufaradas de calor, el silencio rasgado por el vibrar del desengaño. Más de una noche «el cultura» también lloró, porque, sin pretenderlo, padecía el desaliento de Maruja. Fue como un cómplice de su penar. La oía pasear, patear, cerrar de golpe las puertas de la alacena. Otras veces podía sentirla amasando los vienas, los cundis, los manoletes, las teleras. Podía intuir la delicadeza al hacer el pan eucarístico e imaginaba que sus manos se transformaban en alas de ángeles invisibles, alas que crujían como las obleas delgadas y blancas recién salidas de la tahona. Así pasaba la noche y muy de madrugada descorría el cerrojo que despertaba a «el cultura», quien saltaba como un muelle para recoger los panecillos de nieve del desayuno de los frailes. Ella, con los ojos enrojecidos, dibujaba, a duras penas, la sonrisa que tanto le gustaba. Entonces, «el cultura» se preguntó si realmente podría revolotear por allí cerca el alma de Némesis al objeto de perseguir y castigar al calavera que tenía por marido. Maruja bajó la mirada para cambiar de expresión al oír el vocerío encrespado que se acercaba. Unos guardias traían a un hombre a cuestas.

Maruja lo esperaba. Sabía que tarde o temprano su marido acabaría así víctima del desenfreno y la francachela. Murió allí mismo, en la puerta del despacho. Los guardias lo encontraron tendido sobre un charco de sangre. Al examinarlo vieron los labios que se le abrían en el cuello. Maruja no lloró. En su suspiro exhaló como un copo de nieve que se diluyó en la madrugada. Un suspiro lleno de libertad, un suspiro que quedó enganchado al anzuelo que le arrojaba la vida, la suya, la que iba a disfrutar desde entonces.







 

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