Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Mi abuela materna, la Marieta, era mujer dada a las historias truculentas. De sus labios salían las más extravagantes, las de duendes y fantasmas. Tampoco faltaban los sangrientos episodios que los bandoleros causaban a los infelices trotamundos muertos, ahogados, degollados, y las violaciones eran de lo más normal. Mi abuela contaba con evidente satisfacción y detalle lo más terrible de los sucesos, gozándose en nuestro terror de niños. La niñez está dispuesta a creerlo todo aunque nos parezca imposible. Así, nosotros, pequeños infelices, oíamos los sucesos más extraordinarios de sus labios.

Entre todas las historias, recuerdo una con especial simpatía. Era la del fantasma que recorría las calles, medianoche alta, y que asustaba a todas las mujeres del pueblo. Era un fantasma, con sudario blanco, que aterraba a las mozas y al que se le suponía alguna que otra maldad, incluso se murmuraba que el fantasma no era otro que el farmacéutico, dado a enamoramientos constantes y que utilizaba el sudario para disimular.

Cuando una moza quedaba encinta y negaba cualquier contacto con el mozo de turno, se atribuía al fantasma la titularidad paterna.

Con los años el pueblo se vestía de más y más fantasmas. Por las calles, de noche cerrada, se podían contabilizar no menos de una docena de fantasmas, todos con sus sudarios. Daban grandes voces para asustar. Mi abuela materna decía que era para dejar tontas a las muchachas.

Con tantos fantasmas el pueblo gozó de merecida fama. En las esquinas posaban los fantasmas, se saludaban con la mano, sonreían, se contaban sus conquistas.

Pronto fue un caos. Por esto la Guardia Civil tuvo que intervenir. Se apostaban entre las esquinas, escondidos en sus pardos capotes, prestas las armas. En cuatro noches y algún que otro disparo los fantasmas desaparecieron.

-¿Dónde se fueron, abuela? -preguntábamos los niños.

-Pues no se sabe -respondía la abuela-. Lo cierto es que desaparecieron...

Al decirlo, sonreía.

Con los años he comprendido que la abuela nos tomaba el pelo y que los fantasmas sólo estaban en sus historias. De todas formas, con frecuencia sueño con ella y agradezco que sus cuentos hayan servido para que yo, con los años, haya creado los míos.





 

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