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El tener muchos año puede servir para ponerse al corriente en cuanto a los mejores gustos de cada cual. Así, ahora ya pasó la moda y no ocurre, pero sí que hemos vivido una época en la que se hacía propaganda de la risa y de la sonrisa.

Semejantes «sponsor» no tenían gran precio, como le ocurre a los que llevan en las camisetas muchos futbolistas de primera División de la Liga Española de fútbol, cuyo precio llega a subir muchos millones de pesetas, ya lo creo, aunque nos resulte absurdo y hasta impresionante a los que manejábamos las perras gordas y los cinco céntimos, para risa y sorpresa de los tiempos actuales, de estas economías astronómicas e impresionantes para los que hemos vivido otros tiempos tan distintos y no sé si mejores.

Pero, lo que sí nos parece mejor es que en los cristales de muchos automóviles que se cruzaban con nosotros en calles y carreteras podíamos ver un letrero que aconsejaba y pedía «sonría por favor». Eran los tiempos del utilitario. aquel famoso seiscientos por el que un cuñado nuestro llegó a llorar cuando, a los 12 años de tenerlo, tuvo que desprenderse de él porque ya no le encontraba piezas de repuesto; pero él afirmaba, totalmente convencido, que no encontraría otro medio de locomoción igual ni que le pudiera proporcionar tanta felicidad y divertimento como aquél le había producido.

Luego tuvo que echar mano de otro medio de locomoción y, como la mancha de la mora con otra verde se quita, le pasó como a los amores perdidos, que en cuanto aparece en el corazón otro nuevo amor, el consuelo llega con mayor facilidad de la que nunca pudo pensar nadie ni el mismo protagonista de la tragedia vivida y sufrida.

Total que yo iba con mi «Carabel», Renault, hasta descapotable, por las calles de Zaragoza, aquel día de verano (que aquí es insufrible, tanto como el invierno) y me pasó aquella hermosa y agradable señorita conduciendo su seiscientos, bien satisfecha y aconsejándome que sonriera por favor en el cristal posterior de su utilitario, tan querido por todos. Fue entonces cuando pensé -me acuerdo- que una sonrisa es muy distinta a una carcajada, que ésta tiene y se produce con una risa convulsiva que hasta puede ser mortal.

Esto no es exageración mía, porque mis raíces sean andaluzas, como me dirían si me leyeran aquí, en Aragón, y nadie me haría caso siquiera, claro que no.

Si repasamos la historia, maestra de la vida, nos encontramos con anécdotas tan sorprendentes como la que nos cuentan de Pietro Aretino, que murió cuando tenía 65 años, hace mil cuatrocientos, víctima de los espasmos que le asfixiaron, cuando se carcajeaba de forma convulsiva y exagerada, al escuchar los cuentos, bastante picantes por cierto, sobre la licenciosa vida de sus familiares.

Por si no fuera esto bastante, si pasamos a Grecia, nos encontramos con que un filósofo griego, Crispo, también falleció de risa. Y un poeta cómico de Siracusa, Filemón, y hasta un pintor famoso de Grecia, Zeuxis, murieron también por haber tenido estruendosas carcajadas.

También acude a nuestra memoria la risa sardónica de los tetánicos, que hemos tenido ocasión de observar en los que padecen esta mortal enfermedad cuando a nuestra consulta ha acudido un enfermo con este proceso fatal, por haberse cortado con algo que llevase el contagio del germen tetánico en sus anfractuosidades (las que están en contacto máximo con el aire no mantienen este germen, porque el contacto con el oxígeno lo destruye).

Ahora que nieva tanto y que se envuelve de nieve buena parte de la piel de toro, podemos encontrar fallecidos por el intenso frío (aquí en Zaragoza hemos llegado a tener hasta siete grados bajo cero alguna mañana, y en Teruel, a 150 kilómetros, las temperaturas han bajado algunos grados menos). Terrible desgracia para los que no tienen medios adecuados para calentarse. Pues bien parece ser que los fallecidos por el frío intenso -incompatible con la vida- pasan por la fase de una risa sardónica al morir y, ya ven, fallecen riendo y todo.

Cuando un lactante satisfecho ríe lo hace con un acto reflejo, mientras oímos a las estupendas y cariñosísimas abuelas comentándonos: -¡Mira, mira; cómo se ríe la criatura. Está soñando con los angelitos! Lo que ocurre es que el bienestar del sueño contrae los músculos irrisorios de Santorini y, de forma refleja, dibujan una sonrisa en sus suaves mejillas de seda.

Al niño abandonado, en la inclusa o en hogar ajeno, y maltratado con la falta de atención y de cariño, se le apodera la desgracia infinita de la DEPRESIÓN ANACRÍTICA DE SPITZ, y a este niño también se le puede olvidar el reír entre otros muchas fatales trastornos. Si continua en su abandono puede terminar en la debilidad mental o en la esquizofrenia, de aquí lo importante que es que estos niños, desgraciados, puedan conseguir atención y cariño cómo sea y de la mejor manera, por medio de la adopción por unos padres que le dan ese contacto afectivo que es necesario para que su desgracia no desemboque en algo fatal.

Claro que la risa y el llanto pueden controlarse y hasta educarse y hasta dirigirse.

De pequeños se les exige a los Samuráis japoneses este control como perfecto dominio de sí mismos. Naturalmente que este control precisa tiempo, madurez cerebral, llegar a dominar desde el cerebro, con la razón, y hasta con la voluntad, la emotividad vegetativa, psíquica e intelectiva.

Representación genuina de este dominio hacia la sonrisa la tenemos en algunos Santos, como le ocurrió a San Lorenzo, que estaba sonriendo mientras sufría atroz muerte quemándose en la parrilla, nada menos.

Representación de lo contrario es la SERIEDAD de los mayores (cosa que no ocurre jamás en los niño, gracias a Dios), muchos de los cuales están con eso que solemos llamar «cara de palo».

-¿De qué te ríes?, nos preguntaban en la mesa cuando comíamos, por aquello de que comer era algo muy serio y respetable, cosa que en nuestra infancia no comprendíamos, y éramos tres hermanos los que nos reíamos, nada menos. ¡Cualquiera se estaba serio!

-De nada. -contestábamos sin poder contenernos, desternillándonos aún más con una risa que no podíamos contener.

-Pues, el que se ríe de nada es tonto -contestaban con seguridad absoluta y desagradable.

Y nosotros, ahora, a través de los años, y después de haber tratado a tantísimos niños en nuestros cuarenta años de ejercicio profesional de Puericultor y Pediatra, confirmamos que no es así, y lo decimos bien fuerte y dispuestos a confirmarlo ante quien sea y como sea.

Porque el que se ríe de nada ES NIÑO, un niño que ve solamente lo bueno de todo; aún no tiene asperezas, «callos» ni resabios irónicos y malpensados de escarmientos, angustias y malos desengaños de los que se dan en el curso de una vida larga. Gracias a Dios

Por eso aún no ha tenido ocasión de educar la emotividad. Es simplemente un niño sin recovecos vengativos y dolidos.

Y, usted, señora, la del seiscientos, la que me pedía una sonrisa desde el cristal posterior de su utilitario: ¿Me podría decir si se enfada cuando su hijo se ríe de NADA?





 

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