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Mientras el viernes 31 de diciembre de 1999 la Santa Sede mantenía una vigilia de oración para el paso del milenio, miles de personas en todo el mundo se aprovisionaban de víveres en la espera de la inevitable catástrofe que desde hacía meses se especulaba al aproximarse el fin del año. En contradicción a los tan temidos vaticinios -fanáticos muchos de ellos- se organizaban festejos fastuosos en diferentes paises del planeta, comprobando con un enorme descanso que ya en el año 2000 los equipos electrónico funcionaban normalmente, quedando sorprendidos aquellos que dieron una voz de alarma completamente errónea.

Mi experiencia personal del fin del milenio la viví en Inglaterra y fueron unas vivencias aleccionadora y muy positivas hacia el pueblo ingles.

En el enorme paseo que bordea el río Támesis cantidad ingente de personas se agolparon para recibir el nuevo año. Con más de tres horas de adelanto llegamos a esa inmensa explanada en la que ya apenas se podía dar un paso. Milagrosamente encontramos un altillo como de medio metro a nivel del suelo de tierra mojada en la que se podía contemplar el magnífico espectáculo que nos ofrecían y que duró alrededor de media hora. Con un cielo que pronosticaban lluvia, insólitamente no cayó ni una sola gota hasta que se acabaron los fuegos artificiales de una belleza inenarrable. En esa tregua todo era expectante. Nadie podía prever qué pasaría cuando sonaran las doce campanadas. La incógnita estaba en saber cómo reaccionarían esos dos millones y medio de personas agolpadas y esperando un acontecimiento que sucedía nada menos que cada cien años y que, alegre y algo enloquecida, con cualquier gesto equívoco podía provocar un desastre difícil de controlar.

Al sonar la última campanada irremediablemente pensé cómo podríamos poner pie a tierra cuando quisiéramos tomar el camino de vuelta si el número de personas allí concentrada era como para echarse a temblar.

Como por arte de magia nos encontramos entre uno más de todos ellos, paseo adelante, y, paso a paso, llegamos al final de nuestro destino en donde una lluvia tenaz empezaba a empaparnos justo diez minutos antes de llegar al coche.

Aventura feliz que pasó sin el menor contratiempo.

Quedamos sorprendidos de la cortesía de este pueblo británico que alegremente se felicitaba el año sin que se tuviera que lamentar nada desagradable.





 

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