Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Desde la antigüedad las palomas se han distinguido por su consagración a ciertas deidades. Su tierno crujir de alas, su lenguaje de arrullos, su murmullo al levantar el vuelo o verlas surcar el aire maculando de oscuro el azul como un enjambre desorientado, ha contribuido al exorno de plazas y monumentos.

Cuenta una leyenda que estas criaturas aladas son las hijas de Anio, a quienes Dionisio transformó para salvarlas de las garras de Agamenón. Anio, con la certeza de no volver a verlas, las vio alzar el vuelo.

Ellas dieron origen a la especie de su mismo nombre y hoy pululan por todas partes, embelleciendo y alegrando el entorno, con todos sus inconvenientes.

Miguel, antes de que el gallo de su vecina Lucerito comenzara a aclararse el garguero, saltaba del camastro cual billarda. Como poseído por una fuerza extraña, acosado por el escozor de los mordiscos de las chinches que habitaban en su jergón, se dirigía al palanganero y, aun sin haberse despojado de la camiseta y el calzón, comenzaba sus abluciones matinales con desesperación y ansiedad. Los chorreones se precipitaban cuerpo abajo, a discreción, propiciando la pegadura de la ropa a su saco de huesos cubierto de piel, enjuto y blanquecino.

Cuando se le calmaba el picor, cuando el atuendo nocturno ya se había vuelto viscoso por la humedad, agradecía, desde lo más hondo, la fresca panacea escondida en la jarra, el tesoro transparente que la naturaleza le regalaba para aliviar durante unos momentos la tortura, la comezón convertida en sarpullido perenne por obra y gracia de aquellos vampiros procesionarios, de aquellos parásitos penitentes siempre dispuestos a atacar cuando oían los movimientos del «decúbito supino». Con el estómago levantado por la visión desagradable de su torso, con arcadas contenidas y sin apenas resuello se vestía de limpio. Se colocaba la camisa, el pantalón y la corbata. Luego peinaba las guedejas canosas que descansaban sobre sus hombros y se enfundaba la chaqueta. Como no tenía zapatos calzaba unas babuchas de cuadros cuyas palas había agujereado concienzudamente para acomodar los juanetes.

Con pasos sigilosos se colaba en el corral de Lucerito. Amparado en la oscuridad veía la figura de la dueña preparando el pienso, y de puntillas entraba en el gallinero. Llevaba años tomando prestado el huevo que aplacaba su hambre matinal, aunque no había conseguido hacerlo con el silencio suficiente para no despertar a las gallinas. Su cacareo nervioso alertaba a Lucerito, quien, sabedora del saqueo, salía por la tangente exclamando: «Ya están mis niñas pidiendo castigo. Ahora mismito salgo y os separo». Y Miguel corría que se las pelaba, tragándose en más de una ocasión algunos trozos de las cáscara de su desayuno.

Al cabo de un rato las babuchas de Miguel reptaban por entre los chinos de la calle Dolores en dirección a su lugar de trabajo. Apenas si podía caminar con el ortoedro con lente incrustada que le servía de sustento, pero la claridad, que empezaba a despuntar a esas horas en que el sol se desperezaba, tiñendo de rojo el cielo para secar las lágrimas de la noche, le empujaba como por hechizo hacia la Plaza del Rey.

Allí, a la derecha del monumento, asentaba sobre el trípode la cámara fotográfica, un armatoste oscuro con cortinilla negra, como las que colgaban en el casino cuando fallecía un socio, alegrado con instantáneas de soldados destinados en Camposoto, marineros del Cuartel de Instrucción y novias antiguas y descorazonadas, peinadas a la moda de «arriba España».

Despacio llegaban los clientes, los familiares de los mozos de quintas, forasteros con rutas equivocadas, paseantes sin rumbo que saludaban al retratista con un «usted lo pase bien». Y Miguel, como un centinela, plantado con su melena a lo maestro seruchini, con una cara ligeramente aleonada, iluminada por una sonrisa esculpida a cincelazos, mantenía las buenas costumbres y la boca lo más cerrada posible para no mostrar más de la cuenta el peine viejo y mellado de su dentadura.

Mientras, el día resbalaba lento, y lento le envolvía su pelo azul para tornarse gris. Lento transcurría el tiempo. Lenta serpenteaba la vida.

La Isla se despertaba con el olor del aceite caliente de la churrería, mezclado con el vapor de la máquina de café del «cuarenta y cuatro», salpicado con las gotas de aguardiente del «cuarenta y cinco», ensordecido por los vaivenes de la brisa, acogedor de los murmullos de las hojas y del crujir de los huesos de Miguel.

Arrecido de frío desesperaba enganchar algún cliente para poder pagarse aunque fuera una infusión. Aburrido, comenzó a dar vueltas alrededor del monumento. Luego se detuvo a mirar el relieve como si fuera la primera vez. En ese instante oyó algo que le hizo variar la visión, algo inusual, por lo menos hasta entonces, en la plaza: el zureo de tres palomas grises. Miguel, muy despacio, se dirigió a su cámara, enfocó y disparó. No estaba muy convencido, pues la luz resultó insuficiente. Sin embargo, con un poco de suerte, conservaría para siempre un momento que, seguro, no volvería a repetirse. Muy animado enfiló calle Dolores abajo.

Miguel vivió ignorando la importancia de aquel documento, sin saber que había retratado el futuro. Muchos años pasaron para que las hijas de Anio se establecieran en la Isla. Primero en la casa palacio de Lazaga, luego en el Ayuntamiento, la plaza de la Iglesia, la casa Micolta. El pobre Miguel no pudo ver su revoloteo nervioso y desorientado, ni oír sus arrullos, ni leer las cartas enviadas al periódico, ni sufrir sobre él mismo sus inconvenientes, porque, lógicamente, la jubilación lo desterró de la Isla, aunque nos quedará para siempre su legado.







 

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