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María del Mar expone e su amiga Matilde sus peripecias dentales, a raíz de comentarle ésta lo bien que tenía la boca para su edad. -Hija, mi paciencia y dinero me ha costado. La mitad de lo que ves es postizo. -Pues, chica, nadie lo diría -le contesta la otra. -Las dos paletas de arriba están fijas, pero la parte baja está complementada con prótesis, que fue lo primero a lo que me vi obligada a someterme por mis desafortunados comienzos. Resulta que la más hermosa e imprescindible de mis muelas de la encía inferior y la contigua, me la extrajeron, una sin motivo y la otra con él, aunque bien pudieron empastármelas, y es así como empezó mi tragedia. Te contaré: llevaba muchos días con unos dolores terribles, y mi marido, ante la resistencia que opuse para acudir al odontólogo del seguro, me animó y acompañó al Centro. En aquel policlínico había varios, y algunos gozaban de buen prestigio, pero, hija, tuve la mala suerte de que me atendiera el peor. Me preguntó con escasa amabilidad, cuál era la muela afectada y francamente no podía precisarlo porque el dolor estaba generalizado en toda la boca. Lo correcto hubiese sido que me hubiera practicado una radiografía, pero nada, sólo se limitó a ponerme una inyección de anestesia y sacar de inmediato la que más se le vino a la vista, vamos, la mejor de mi dentadura. Yo me di cuenta que cuando la extrajo la miró con ojos de gran sorpresa y, sin ofrecérmela para que yo también pudiese comprobar su «picadura», la arrojó con velocidad de vértigo al recipiente que tenía a sus pies. ¡De más sabía él que se había equivocado! A continuación me dice el «cara» con gran convencimiento: -Señora, no me extrañaría nada que le persista el dolor, porque la que está junto a la que le he sacado, también está picada... ¡La madre que lo parió! Naturalmente, el dolor se acentuó de forma exagerada, por lo que no me quedó otra solución que volver a verlo. Efectivamente, me sacó la otra, que era en realidad la que estaba picada. Por lo que pienso que la primera indudablemente me la robó.

Como comprenderás, con ese pedazo de boquete en la encía, no podía comer bien, así que me decidí a pedir hora en la consulta privada de un famoso y veterano odontólogo de la ciudad. Y allí se inició mi restauración dental. Una vez que me puso la prótesis adecuada, puedo asegurarte que desde el primer día pude comer con verdadero placer. Ni que decir tiene que ya no he querido cambiar de odontólogo; además, es simpatiquísimo y charla más que yo, lo cual es bueno, pues nos hace a los pacientes mucho más soportable la intervención. Toda interesada le pregunta Matilde -¿Cómo se llama ese prodigio? -Haciendo honor a su nombre, se llama Salvatori Moreda. -¿Es italiano? -No, es isleño, aunque su ascendencia es mixta.

Matilde no desea perderse la historia de las dos paletas fijas que el prestigioso odontólogo le había puesto a su amiga, así que le pide con gran interés que se lo comente punto por punto, porque, francamente, María del Mar estaba fenomenal con su dentadura.

-Pues, hija, que sin saber por qué, un día se me rompió un buen pedazo de una, y la otra estaba también resquebrajada, así que me fui a la consulta de Salvatori. Éste, con su experta mirada diagnosticó rápido: -María del Mar, aquí no hay mejor solución que reemplazar los dos incisivos, que por supuesto te los puedo poner fijos; te costará algo más, pero vale la pena. Yo me quedé pensativa y, cuando me decidí, le dije con cierto desenfado y coquetería: -Supongo, que el artesanal trabajo que me propone realizar en mi «boca de piñón» me quitará algunos añitos. Y me contesta con «ángel»: -Por supuesto que mejorará tu imagen, pero no pretendas que haga de «virgen de Lourdes» y te haga un milagro. Yo, comprendiendo su verdad, y exenta ya de fantasía, me sometí gustosa al restaurado.

Cuando superé la prueba, después de tan duras jornadas de frisados, perforaciones, etc., y por supuesto, mal sabor, me sentí plenamente satisfecha, y créeme, confieso que valió la pena soportar tanta tortura, pues gracias a la eficiente labor de tan inigualable «artista», me vi libre de complejos, y ¡al fin! pude sonreír sin mis manos por «cortina». Mas hay una nota jocosa que también te voy a referir. Cuando me tenía perfectamente ajustadas las primorosas paletas -como yo las llamo-, amablemente Salvatori me dio unos sabios consejos, pletóricos de razón como todo lo que salía de su boca, por ejemplo, que no fuese a hincarle el diente a un membrillo, ya que los incisivos, al no ser míos, quizás no pudiesen soportar un esfuerzo de esa magnitud. Esto era algo hipotético, porque yo en mi vida he mordido un membrillo, y a mi edad podías imaginarte. Después de una serie de advertencias, termina diciéndome: -Si por causa imprevisible alguna se te desprende, no te preocupes, ya que se puede pegar y todo quedaría solucionado. Evidentemente, al oír esto a mí me entró un poco de «jindoy», qué quiere que te diga, por lo que no pude evitar el preguntarle: -¿Y si al comer me la trago?, a lo que me contestó con lógica e ironía: -Pues nada, María del Mar, esperas el nuevo día y la buscas con un palito... Y en medio de la risa que nos produjo su acertado consejo y pensando que mi arreglo dental pese a haber quedado «guay», me había salido por un auténtico riñón, le digo: -Y si no hay palito, la busco con los deditos, la cuestión es encontrarla, ¡y de eso me encargo yo!

Afortunadamente, han transcurrido unos pocos de años y mis dos paletas no se mueven, aunque yo, por si las moscas, no las someto a mucha tortura: turrón lo como siempre del blando y el chocolate a la taza...

Matilde mira el reloj y se sorprende cómo se le había pasado el tiempo, pero éste no fue perdido, ya que ella también tenía necesidades odontológicas, y María del Mar le ha dado un buen norte para estos fines. ¡Mañana a pedir hora en la consulta de Salvatori!




 

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