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En Psicopatología, el término fobia sirve para indicar un sentimiento anormal, desagradable, de temor, repulsión y ansia, que se produce como una respuesta de reactividad frente a determinadas situaciones o a especiales objetos.

Xenofobia (del griego xeno, extraño, huésped, y phobeomai, temer), como ustedes bien saben, es un sentimiento de temor, aversión y hostilidad hacia los extranjeros o lo extranjero.

Si contamos el número de sujetos xenófobos en El Ejido, en Hospitalet o en toda España, veríamos que no son más que los padecedores de otras fobias, como puedan ser la claustrofobia (miedo a los espacios cerrados), agorafobia (miedo a los espacios abiertos) o la acrofobia (miedo a las alturas), etc., es decir, un número pequeñísimo e insignificante en comparación a la generalidad. No se puede, por tanto, tachar de xenófobos a toda una población porque, en un momento dado, unos pocos -o unos muchos, como quieran- hayan tenido una conducta xenófoba. Y aún más absurdo si cabe plantear encuestas como las hechas en determinados medios con la pregunta “¿Cree Vd. que los españoles somos xenófobos?”.

Los españoles, a excepción de esos pocos -que sufren esa fobia como podrían sufrir cualquier otra patología o padecimiento- no somos xenófobos. Y mucho menos racistas, término que deviene de la doctrina y teorías del francés Gobineau, continuadas por Chamberlain, Gunplowicz o Rosemberg, según las cuales la raza blanca es superior a todas las demás y su rama más pura la aria. (Ello daría origen a parte de la ideología del nacionalsocialismo y a las bestialidades de Hitler.)

Los españoles, en general, a lo más que llegamos es a ser chauvinistas. Nos gusta nuestra patria y nuestras cosas más que todas las demás. Pero, respecto a los extranjeros, no los diferenciamos ni discriminamos por esa condición, sino por su poder, fama o belleza y, principalmente, por su status económico. Lo normal, vaya.

A un jeque del Pérsico lo miramos con admiración cuando lo vemos llegar a Marbella en su yate y con un séquito de cuarenta Roll Roices. En cambio nuestro gesto se vuelve despectivo ante un moro -o un señor de Cuenca- con alpargatas y calzones remendados. Es lo mismo que nos pasa cuando vemos a la Claudia o a la Naomi: se nos pone los ojos redondos y nos asaltan las ideas de un tigre. En cambio, si es la solterona del segundo derecha, la cara de loro del bigote y la verruga en el labio, escupimos por el colmillo y nos falta tiempo para salir huyendo.

Desengáñese, aquí “to er mundo es güeno” mientras que tenga pesetas, ...o esos dos argumentos que “jalan” como carretas.





 

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