Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Por la cara que pone usted ya sé que le han venido con el cuento. En las pequeñas ciudades, como en esta mía, nadie conoce a nadie, pero en el fondo todos conocen a todos.

Aquí todos somos un poco malvados y nuestra lengua sirve, además de eso del gustativo, para destruir a los demás. Así es nuestro mundo de pequeñas historias y grandes inventos, pues de no ser así todo sería tan monótono... Y aunque a usted le han dicho que yo soy coleccionista de ramos de novia, pienso que usted no es tonto y no se lo ha creído. Esto de ser coleccionista de ramos de novia suena a cosa del tiempo de Maricastaña, ¿no cree?, aunque algo de verdad será si tenemos en cuenta que en casa se guardaban no menos de catorce ramos de novia con toda clase de flores, desde las más inofensivas y silvestres, hasta pasar por las tradicionales rosas, los narcisos, los vulgares geranios, las camelias y, mezcladas, las flores de los claveles, los pensamientos tan fúnebres y los alegres alhelíes. Ya ves, toda la gama, como quien dice. Y si, en casa había toda esta clase de flores, en enormes ramos de novia que recordaban las bodas felices de todas mis amigas. Que han sido muchas, pero que ya ni se acuerdan de esta pobre desgraciada, sin otros amores que los que, a escondidas, ha ido buscando y encontrando por los caminos. Porque yo nunca me casé, ¿sabe usted?, y en una ciudad pequeña no casarse es como si una fuese bruja o algo así. No perdonan a la mujer que no contraiga su compromiso, es mal vista, mal tenida, mal olvidada. ¿Me entiende, verdad?

Por aquí las cosas son así. Y yo, sin boda, sin marido, acercándome a las migajas que otras dejan voy por mi vida en silencio. Recuerdo que el primer ramo de novia que conseguí fue alzándome de puntillas, tomándolo al vuelo. No tendría más allá de quince años y ya suspiraba por un ramo propio. Y desde aquellos quince años, han llovido otros quince y otros quince y ya desisto de tener un ramo propio. Pero eso sí, guardo los ramos de todas mis amigas, cogidas al vuelo o no, según se terciaba. Esto de la tradición del ramo de novia ya sabe usted cómo es: si toma al vuelo el ramo de la novia de turno, usted será la elegida por la próxima boda. Pero, qué tal. Los hombres parecían desconocer mi presencia y siempre daban con otra mujer que no fuese yo.

Y con los años y en esta tristeza que la toma a una en su silencio y en su tontuna, mis amigas empezaron a regalarme los ramos sin tener que tomarlos al vuelo o discutírmelos con otras mujeres.

Pero los años han pasado y mis esperanzas de encontrar marido han terminado. Para esta ciudad soy la mujer sin ramo, sin hombre que me ladre, sin otro quehacer que ver como se hunde el sol en los atardeceres. Pero le mentiría si le dijera que soy una mujer pacífica o conformada. Le voy a confesar algo que ni al mismo cura he confesado: he tenido por amantes a todos los maridos de mis amigas, las de los ramos de novia. Sin ellas saberlo, claro, o sabiéndolo, que esto importa poco. Y la vida ha ido transcurriendo así, sin grandes deseos ni esperanzas. Como le cuento. No mejor de como se lo habrán contado.

Desde esta altura vemos la ciudad, ¿le parece hermosa? Las calles tan en recto, tan en silencio y sol, las montañas tan azules, allá al fondo, como guardianas y vencedoras del viento, la gente tan chiquita, como en forma de hormiga, y las casas, tan prietas unas con otras, tan altas, tan acogedoras. Y ve el humo de un incendio, entre la calle ancha y aquella más estrecha y como sobrecogida de timidez? Pues es mi casa que está ardiendo.

Antes de salir coloqué los catorce ramos de novia y les prendí fuego. Allá se están quemando todos los buenos recuerdos de mis amigas, los suspiros por una vida mejor y más completa. Quemando todo, ardiendo en un abrazo de fuego.

No se me extravíe, no tome el camino para descender, señor. No me importa que todo se queme, que caiga en humo y ceniza los techos, los ramos, los búcaros, las sábanas. No importa, señor.

Yo sé que me están buscando. No para darme un auxilio. No se engañe, señor; no me quieren tanto...





 

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