Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Con motivo de aquel adelanto de la prensa y de las noticias televisivas, aquella señora se me encrespó y quería tener razón, y yo me dispongo, no a disgustarme, líbreme Dios de que lo tome a mal, pero considero importante decirle algunas verdades sobre este problema de trascendencia universal.

Y es que cuando una nación tan equilibrada, vieja y experimentada como la rubia Albión ha decidido semejante cosa, no podemos echarlo en saco roto y me interesa comentar con usted, señora, este problema importante de los niños y, sobre todo, de los hijos, y allá que voy a comentarle este problema, por lo que considero que tiene de importante y porque debe razonarse procurando poner los puntos sobre las íes para que las cosas queden aclaradas y los niños reciban el trato que merecen y se liberen de aquel otro trato pernicioso que, desde luego, no merecen -de eso no me cabe la menor duda-, y que se ha convertido en una ley importante de este siglo nada menos que en Inglaterra. A los niños no hay que tratarlos ni educarlos, jamás, con el castigo corporal, que en lugar de beneficiarlos los perjudica y los daña, material y espiritualmente, dejándole secuelas que pueden hacer peligrar su integridad mental y somática para toda su vida, haciéndoles desgraciados y hasta minusválidos en parte.

Así, le tengo que decir, señora, que en el gesto alocado y violento con su hijo, aquel hijo rubio, suyo, de ojos negros y brillantes que miraban con su interrogación constante y emocionada, que buscaban el por qué de todo lo que le rodeaba queriendo saberlo todo y conocer ese mundo que aparecía en su vida, estaba un mal ejemplo, el ejemplo absurdo de que usted, con su violenta forma de actuar sobre él, quizás conseguía solucionar antes el problema que presentaba, pero, desde luego, no mejor.

Usted me contestaba airada cuando yo le preguntaba que por qué le pegaba a su hijo: «Es que no hay otra forma de tratarlo; ésta es la mejor y la más rápida y con la única que consigo enderezar a este salvaje, rebelde hasta la locura.» Y aún se crispaba usted más al contestar, centelleándole la mirada, y añadía violenta: «Si lo castigo -y ahora la irritación era extrema-, mientras dura el castigo andamos todos de cabeza, angustiados; si pretendo convencerle ni me escucha siquiera... ¡Ni caso me hace, como si fuera sordo!»

Efectivamente, el castigo físico donde tiene mayor éxito es, precisamente, en los animales, que apenas tienen capacidad intelectiva, y yo creo que su hijo, carne de su carne... Porque el castigo físico y esto si que usted no me lo puede negar, es la mayor y mejor muestra de impotencia. Porque, o es falta de autoridad o es abuso de autoridad, una de dos, escoja lo que mejor quiera y verá como me da la razón, no le quepa la menor duda, señora. Y, desde luego, ni el pediatra ni el Paido Psiquiatra lo admiten, y son ellos los que han conseguido ese paso importante de prohibirlo en Inglaterra. Además, no olvide, señora, porque lo tiene que saber por experiencia propia, que la disciplina por el temor desemboca en hipocresía. Porque educar a su hijo con el palo, «domarlo así», no es nada bueno para él, créame.

La tosferina, fíjese, hubo una época en la que, en Rusia, la curaban con el látigo. Se trataba de una famosa baronesa rusa que estableció una terapéutica tajante para esta enfermedad convulsiva del aparato respiratorio, inhibiendo las terribles quintas de tos a latigazo limpio ¡qué cosas!

Ahora recordamos aquel otro niño de nuestra consulta médica. Por cierto que se llamaba Fernando, como nuestro Rey Católico. Tenía aquel niño, moreno y bello como un ángel, una mirada interrogante que trasminaba, pelo negro y anillado de niño Jesús (que también éste tuvo que ser moreno por la raza de sus padres y por los habitantes del país de su nacimiento). No se asuste usted señora si lo cuento que aquel niño iba a ser inscrito en un colegio de subnormales, y es que las malas notas que sacaba y su indiferencia y mal hacer en las clases aconsejó que así se hiciera; aquel niño era una nulidad como estudiante y no había forma de sacarlo adelante. ¡Eran tan malas sus notas e inútil el esfuerzo del profesorado!

Su problema era una Afasia receptiva de Neville. Una sordera de alta frecuencia que solo diagnostican bien los especialistas más competentes del órgano de la audición. El niño fue tratado convenientemente y se convirtió en uno de los alumnos más brillantes del colegio.

Es Kenner el que nos afirma textualmente «No se conocen los modernos libros de Paido psiquiatra sin conocer las situaciones de los padres». Y yo me pregunto, ¿por qué no a través de los educadores?

De los antiguos castigos, los palmetazos, los arrodillamientos tiempo y tiempo, frente a la pared y de espaldas al resto de la clase, incluso los bofetones violentos y bruscos hasta con hemorragias en el conducto auditivo (he tenido ocasión de visitar, en mis tiempos de ejercicio profesional, a varios niños de uno de los colegios de Zaragoza, hasta que conseguimos, por fin, que aquel profesor tan mal acostumbrado fuese relevado de su cargo); y no nos olvidemos de los azotes del padre amenazante: «¡Qué me quito la correa y verás!», tantas veces repetido por algunos padres absurdos. Naturalmente, es más cómodo dar un correazo que conseguir una convicción educacional.

Todo lo anterior descrito ha desembocado, por desgracia, en una generación de jóvenes dispuestos a quemar edificios y a reaccionar antisocialmente. Y es que la imitación hacia la violencia es fácil, y por desgracia aparece más de lo debido cuando un niño solamente ha visto violencia y maltrato físico en su vida.

La «torta limpia» sistemática, sobre todo en los niños mayores de 8 años, que ya razonan, escuchan y saben, ¿es acaso mejor que el convencimiento que pueda dar una conciencia de responsabilidad?

Claro que ello es mucho más incómodo, exige mayor esfuerzo y sacrificio y no están los tiempos para perder el tiempo. Quizás estén mejor los tiempos para imitar la conducta de Tayllerand que cuando no tenía claro lo que tenía que hacer, se metía en la cama.

Pero de lo que no cabe duda es de la necesidad de estudiar a los niños, tanto más a fondo cuánto más importante y difícil sea el problema que nos vayan presentando. Y no nos olvidemos de recordar a Daharnel: «Un minuto de pausa bastó para hacerme comprender que no me encontraba en estado normal». Sin dejar de recordar, sobre todo, aquello de Maeterlink: «¿Tú también gustas de los sufrimientos inútiles? Pues a mí sólo me gustan los sufrimientos que puedo quitar y los que puedo liberar a los demás».

Y para completar todo esto, no nos olvidemos de nuestro premio Nobel, el gran Benavente: «Los chicos son como se es con ellos. Yo he oído decir a muchas madres, ¡este niño es un castigo! Y no es un castigo: siempre es justicia»

¡Cuántas cosas dicen estas pocas palabras de nuestro premio Nobel, Dios mío!





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep