Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Cuentan que un guerrero quiso bajar a la noche de su infierno; tenía el firme propósito de extraer de él todo lo que le había estado torturando durante el tiempo que podía recordar. Vestía una armadura vieja en la que podía verse el rastro de haber participado en muchas guerras; portaba una gran vasija de barro vacía y, mientras bajaba por las pendientes oscuras y familiares que le llevaban hasta su infierno, sólo pensaba en llenarla de las miserias que se guardaban en aquellas tinieblas.
Ya estaba cerca... Lo sentía en esa sensación ardiente que bullía bajo su piel, en la angustia de su corazón asustado y en el torbellino tormentoso de su mente.

Allí estaba su infierno; recorrió recámara tras recámara, recogiendo las secuelas de los miedos de todas sus batallas y arrojándolas en la vasija.

Vio abiertas, por última vez, sus heridas de guerra; los recuerdos negros que habían permanecido allí durante tiempos inmemoriales.

El temor, la incertidumbre, el desasosiego, la amenaza, el rechazo, la frustración, el abandono, la decepción, la duda, los celos, la vergüenza, el desaliento, la incomprensión, el resentimiento, la turbación, la soledad, el peligro, la inseguridad, el desamparo, la angustia, el miedo, la debilidad, el fracaso, la desesperación, la ira, el dolor y la culpa...

Allí estaban los peores vestigios que le habían dejado sus enemigos durante las batallas; los demás soldados creían que había ganado cada una de ellas, porque era un guerrero valiente que jamás se había rendido, pero él sabía que su propia guerra no habría terminado hasta que no se deshiciera de todas aquellas inmundicias.

Tantas eran, que la vasija se llenó, se volvió muy pesada y el dolor y la impotencia corrieron por sus brazos. Con determinación y firmeza, sacando unas fuerzas de las que sólo encuentra el hombre ante el peligro y la lucha por la supervivencia, salió de su infierno y echó cuatro llaves a aquella puerta que ya no escondía nada tras de si. Eran las llaves del perdón, de la fe, de la voluntad y del olvido.

Inició el viaje de vuelta, el ascenso cuya meta era la bendición del Gran Soldado. La pendiente árida y agreste se fue volviendo llanura; las luces del amanecer vistieron el paisaje con sus colores tenues y la paz del aroma de las flores envolvió el aire. Caminó por el sendero del silencio en donde sólo oía sus pasos y el bullir incesante que surgía del interior de la vasija, en donde las miserias de su infierno se revolvían y ardían en el miedo.

Frente al umbral del templo se despojó de su vieja armadura; los dos grandes e inmóviles guardianes de piedra que velaban la entrada le dejaron pasar. Iba desnudo, la carga de aquella vasija era un lastre abrumador que hacía temblar sus piernas, pero el guerrero se sentía fuerte y libre.

Pasó ante el flámeo fuego que ardía a los pies de la estatua del dios danzante y, a través de las llamas, tras la cortina movediza de humo y aire caliente, el guerrero vio el cuerpo aplastado de un diablillo que yacía bajo el dios. Pasó de largo, cruzando el hermoso jardín que encaminaba hacia el sancto santorum. Al pasar frente al joven guerrero, el de fuerza de paquidermo y sabiduría de filósofo, el que extermina las barreras y atraviesa los obstáculos, éste le saludó con su mano derecha alzada.

Los cristales que rodeaban el sancto santorum mostraban la figura dorada del Padre de los Grandes Soldados que se elevaba en el centro. Entró, y sintió cómo su humilde magnificencia, su pacífica fortaleza embriagaba el silencio profundo de aquel lugar. Depositó la vasija en el suelo y dejó caer su desnudez con devoción y reverencia, acogido por el mármol fresco y reconfortante.

Permaneció así unos minutos, como repostando en la sabia sencillez de un niño que se refugia en el amor del progenitor verdadero. Se levantó con cuidado, miró a los ojos vivos de la estatua de oro y de su mirada recibió el beneplácito. Tomó la vasija entre sus brazos y salió al jardín.

El Gran Soldado le esperaba en la estancia principal del templo. Llegó hasta él como quien llega del más largo de todos los viajes y encuentra el más perfecto lugar para el descanso. Se inclinó ante él y le mostró con vergüenza la vasija repleta de miserias; la sonrisa compasiva del Gran Soldado le devolvió su dignidad.

-Arrójalo todo al fuego -le dijo, y éstas fueron las únicas palabras con las que su amor le habló.

Desnudo de pasado y vestido de esperanza, así lo hizo. Se dirigió hacia el fuego que había visto al entrar en el templo y volcó las negras heridas de su infierno sobre la ardiente hoguera que aún flagraba ante el dios danzante. Con impetuosa fuerza renovada, fue vaciando la vasija de barro mientras el asombrado diablillo le contemplaba. El fuego se avivó, aniquilando todos sus viejos miedos, devolviéndole la vida, trayéndole la luz que había perdido. La inmóvil danza de la estatua del dios se convirtió en su propio baile, y la alegría inundó su ser. Con entusiasmo, rompió la vasija que ya sabía inservible, golpeándola sobre el estandarte de piedra, y arrojó al fuego los pedazos informes de barro.

Antes de partir quiso dejarle una ofrenda al dios danzante y recordó las cuatro llaves que guardaba en su armadura. En uno de los brazos del dios depositó las llaves del perdón, la fe, la voluntad y el olvido...






 

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