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Siendo Suiza unos de los países de Europa que tiene mayor calidad de vida, y prácticamente con una tasa de desempleo casi nula, el otro lado de la medalla es mucho menos positivo. El suicidio es en Suiza la primera causa de mortalidad entre jóvenes de quince a veinte años. Es el mayor índice de Europa y quizás del mundo entero.

Psicólogos y personas cualificadas para analizar este terrible drama han manifestado opuestas opiniones sobre el tema, que hasta hace muy poco tiempo ha sido silenciado en todos los niveles sociales.

Silenciarlo a nivel individual y público ha sido siempre la tendencia que predominaba, por aquella remota posibilidad de que desmitificarlo podía ser favorable para aquellos jóvenes que momentáneamente pasaban por un mal momento y les faltaba decisión para acabar con su vida.

El gesto suicidiario, según las últimas estadísticas del cantón Vaudoise, alega en estudios recientes que el 5 % de jóvenes entre 15 y 20 años llevan a cabo una tentativa de suicidio una vez en su vida; algunos consiguen acabar con ella, otros con más suerte salen de esa vorágine infernal que tanto les atrae.

Profesores de psiquiatría y responsables de la unidad de adolescentes del hospital universitario de Ginebra se preguntan si se puede prevenir el suicidio. La mayoría se inclinan que se puede prevenir. Existen índices inequívocos de factores de riesgo como la depresión y problemas psíquicos; la causa genética y hereditaria también juegan un papel preponderante. Se puede igualmente citar una falta de interés hacia un futuro que no les ofrece nada que le satisfaga, una soledad profunda que suelen paliar con alcohol y droga, falta de afectos por mal entendimiento con sus progenitores y, sobre todo, la falta de proyección en un porvenir que no saben o no pueden forjarse.

La misma opinión existe en Europa que en Estado Unidos. No existe causa y efecto. El suicidio, a todos los niveles, es motivo de escándalo, por lo que todavía sigue siendo tabú, especialmente para los padres que les avergüenza, produciéndoles una sensación de impotencia que no saben como reprimir.

Ningún padre, sea cual sea la relación con su retoño, querrá nunca admitir que fue por su culpa directa o indirectamente, ni tampoco el aceptar que tiene un hijo suicida. Prefieren pensar que su criatura perdió momentáneamente la cabeza antes que ponerse a pensar el tiempo que este hijo lleva con un problema que le atormenta, un calvario inenarrable que no puede exteriorizar y que prefiere sufrirlo solo. En la mayoría de los casos -comenta un profesor de la Universidad de Lausanne- el adolescente que encontró la manera de poner fin a su sufrimiento se calma y se siente mucho mejor. Ya sabe que tiene la solución a su mal y a la primera ocasión que se le presenta, después de un largo sufrimiento al que no sabía encontrar la salida, pone fin a su vida.





 

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