Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


A primeros de abril, todos los años hacía la ruta del norte. En esa época, los hoteles y restaurantes de la zona se preparaban para la campaña de verano. Revisaban la maquinaria, hornos, calderas, planchas, freidoras y, todos los años, con el portadocumentos repleto de catálogos novedosos, me presentaba en ellos, y mostraba las mejores ofertas del mercado, incluso admitía como entrada, si se decidían a comprar los nuevos aparatos, todos sus elementos usados que, más tarde, en los talleres de fábrica, se utilizarían para recambios. No siempre conseguía buenos pedidos pero, a mi edad y soltero, era más que suficiente lo que económicamente me suponía. Buenas comisiones, un fijo más que aceptable y unos importantes diferenciales que me procuraba administrando bien las dietas y el plus de kilometraje.

Estaba casi oscureciendo, la sombra de los eucaliptos, un momento antes alargada, desaparecía perdida en el verde negro de los prados. El cielo cántabro, como siempre, amenazaba lluvia. No habían pasado diez minutos desde que, en Barreda, dejé la autopista nueva para tomar la carretera de Suances. Lo previsto era estar allí el lunes y el martes y seguir luego a Comillas y San Vicente de la Barquera para acabar con otras paradas intermedias en Asturias. Esa zona me había proporcionado en los años anteriores buenos pedidos, incluso los pequeños establecimientos próximos a Potes o Covadonga, que se mantenían gracias al turismo nacional, renovaban constantemente sus cocinas.

Para llegar a Suances me quedaban unos quince minutos de carretera mala y, en circunstancias normales, con denso tráfico, pero aquel domingo era diferente, desde Santander la circulación fue más fluida de lo normal y en los últimos kilómetros tenía la sensación de que me hubiesen dejado solo.

Notaba algo raro en el sonido del motor y detuve el coche en la entrada de un camino. Al apearme, pisé el barro y me puse perdidos los zapatos. Abrí el capó y miraba tuercas y tornillos, cables y manguitos, consciente de mi ignorancia. Volví a sentarme en el coche, dejando la alfombrilla asquerosa y girando la llave del contacto, intenté ponerlo en marcha. No hubo manera, se negaba a arrancar, hacía como que quería, pero algo dentro del motor lo impedía. Eché la mano hacia el asiento de atrás para alcanzar la chaqueta y cogí el teléfono. Dudé a quién llamar y tomé de la billetera una de esas tarjetas de ayuda en carretera que nos dan con el seguro del coche. Busqué en la letra pequeña del reverso el número que me sacaría del apuro. Tardé un poco en descifrarlo porque estaba machacado por el troquel de mi propio nombre que, con errores en el apellido, figuraba en el anverso. Cuando lo tuve claro conecté el teléfono, pero fue en vano, no tenía batería. ¿Cómo era posible que estuviese descargada?. De un manotazo lo tiré al asiento de al lado y me quejé en voz alta: “o no tienen batería, o no hay cobertura o la línea está saturada, pero esta mierda que no funciona nunca”.

Empezaba a cabrearme, la noche avanzaba y me parecía mentira que Suances estuviese tan cerca y tan lejos, no sabía cómo llegar.

La ría, que veía abajo, estaba horrible, fea, negra, sucia, la marea baja dejaba al descubierto un fondo asqueroso que desaparecía dejando paso a la belleza de las aguas que besan los prados cuando el mar se decidía a avanzar tierra adentro, pero en esa noche de domingo hasta el mar se había retirado para hacer más desesperante mi soledad y mi avería, avería que también parecían tener las pequeñas barcas apoyadas sobre sus costados en la embarrada orilla.

Ninguno de los cuatro coches que pasaron distanciados se detuvieron. A lo lejos vi venir a otro que, por la altura de sus luces, me pareció un camión, y me alegré, pues los camioneros tienen fama de ser caballeroso en la carretera, pero me tocó el que no lo era.

Al fin un vehículo se detuvo, arrimándose a la derecha unos metros más adelante, y con pasos rápidos, me acerqué. No había llegado a él cuando, al bajarse, una chica morena pisaba el barro. Era delgada pero no huesuda, más bien alta, con unos tejanos que podrían gangrenarle las piernas y una blusa blanca, de manga corta, escasamente abrochada.

-Hola, ¿se te ha estropeado el coche? Me preguntó sin que yo reaccionase ante la inesperada auxiliadora.

-Hola -contesté yo-, llevo aquí un montón de rato y no hay manera de que pare nadie, no lo entiendo, pocos que pasan y no son capaces de ayudar.

-No te preocupes, a ver si se te pasa el cabreo que yo sí me he parado y no tengo la culpa de que la gente sea tan gilipollas. Me llamo Estrella, ¿y tú?

-Yo Javier.

-Bueno, ya nos conocemos y siento decirte que no tengo ni la más mínima idea de mecánica, pero si quieres te llevo a algún sitio.

-Pues no sé qué decirte, porque quería llamar a una grúa, pero tengo el teléfono sin batería.

-Solucionado, llama por el mío.

Mientras caminaba hacia su coche, me quedé mirándola olvidando mi motor, los ojos incontrolados (o controlados) no se apartaban de su culo duro, apretado, se movía como el más bonito culo de la más insinuante película. Debía tener alrededor de veinticinco años, dos o tres menos que yo y quería adivinar qué osadía la había hecho parar en carretera y de noche para prestar ayuda a un chico solo que no conocía. La verdad es que mi coche, de importación, tenía atractivo para las jovencitas y gracias a eso y a alguna que otra de mis virtudes (que todo cuenta), mi agenda estaba llena de números telefónicos con nombres de mujer.

Volvió a mí y, extendiendo su mano, me alcanzó el teléfono con la batería completamente cargada y, al comprobarlo, sonreí dándole las gracias.

La telefonista era extraordinariamente servicial. Algo funcionaba. Me pidió el nombre, la matrícula del coche, el número de la tarjeta y mi situación, después, se interesó por la avería y por mi lugar de destino. Terminado el amable interrogatorio, dijo: espere un momento, voy a localizar la grúa más próxima. Mientras esperaba, charlé tímidamente con Estrella. La tenía más cerca, pude verla bien, sus ojos negros y tristes contrastaban con su conversación jovial de chica moderna y liberada. Su cutis me pareció suave en aquella oscuridad y los pequeños pechos se me antojaron suficientes.

-Sí, dígame -contesté al oír de nuevo la voz de la telefonista.

-Lo siento señor, las tres grúas de Torrelavega son las más próximas, pero están haciendo otros servicios, de todas maneras una de ellas acudirá en cuanto termine, no tardará mucho, déjeme un número de teléfono para avisarle.

-Un momento, por favor.

-Estrella, ¿tienes mucha prisa? Si pudieses quedarte un rato aquí conmigo, te lo agradecería, tengo que dar un número de teléfono para que me avisen y el mío ya sabes que está descargado.

-No te preocupes, Javier, no tengo ninguna prisa, sólo iba a tomar unas copas a Santillana, allí tengo muchos amigos.

-Entonces, dime tu número, por favor.

En menos de diez minutos nos avisaron y la grúa llegó otros diez minutos después.

Con el chófer venía un mecánico que intentó hacer la reparación “in situ”, pero no lo consiguió y decidimos llevar el coche hasta Suances, allí había, según vi en la lista de concesionarios y servicios autorizados que me entregaron con la documentación, uno que podía arreglarlo con la garantía de las piezas originales.

En todo el rato que el mecánico, ayudado por las opiniones del conductor de la grúa, estuvo hurgando en el motor, Estrella y yo mantuvimos una distendida charla en la que le había propuesto, como agradecimiento a sus servicios, cenar juntos y después tomar algunas copas, como pensaba hacer con sus amigos.

La grúa arrancó portando mi coche sobre sus riñones de metal mientras nosotros, Estrella y yo, la seguíamos por la sinuosa carretera que bordeaba la ría ya desaparecida en la noche. Ni los montes de eucaliptos se dejaban ver, las negras nubes se acercaron a nosotros y se disponían a descargar su agua en los crecidos prados de esa parte de Cantabria.

En Suances dejamos mi coche aparcado en la puerta del taller que indicaban en el librito y puse en el parabrisas, por dentro, una nota que decía: «Está averiado vendré a primera hora».

No tuve que pagar ni la grúa ni al mecánico, de todo eso se encargaba la tarjeta, así que, dándoles una propina y las gracias, subí de nuevo al coche de Estrella.

-Qué, ¿aceptas la cena?

-Sí claro -contestó ella-, a estas horas es lo mejor que podemos hacer.

-Pues vamos al restaurante del faro, les conozco de otros años, allí se cena bien y aprovecharé para decirles que mañana volveré a verles con los nuevos catálogos.

Bajamos hacia la playa, pasamos por la curva donde años atrás estaba el club de tenis, el solar estaba rellenado de apartamentos. Seguimos por la recta de El Esquilar, la tienda en la que se encontraba de todo, y enfilamos la subida del castillo, continuamos hasta el faro y, después de aparcar, nos asomamos a la barandilla del acantilado que deja ver abajo, muy abajo, la “Playa de los Locos”. Aún no llovía, pero hacía frío y Estrella de eso se quejó. Me quité la chaqueta, la puse sobre sus hombros y ella subió una mano cruzando el brazo por delante de su pecho para sujetarla, por un instante nuestros dedos se rozaron y tuve la sensación de que ella se entretenía con los míos.

Después de cenar paseamos por la playa, el chaparrón descargó mientras tomamos un café y el primer güisqui en lo que antes fue el balneario. Paseamos por el antiguo pinar, nos asomamos al malecón y despacio, muy despacio, llegamos al pequeño puerto de pescadores. Para entonces, mi mano ya había descansado sobre su hombro y rozó en alguna ocasión la blusa, justo en la parte que cubría su pecho, para entonces, también, sabía que no llevaba sujetador, no le hacía ninguna falta sujetar sus pequeños senos redondos, firmes, siempre valientes hacia delante, y también para entonces sabía que esa noche no acabaría en una despedida vulgar.

A pesar del frío, estuvimos varias horas en la terraza de un solitario bar, el olor a gas-oil de los barcos se mezclaba con la brisa que llegaba de la playa. Los pequeños vasos de chupitos se llenaban y vaciaban insistentemente, rápidamente, de un solo trago cada vez, como haciendo carreras entre ellos para acabar pronto la botella. Los ojos tristes de Estrella eran ya mucho más tristes. A medida que avanzaba la noche y a medida que se vaciaba la botella, su aspecto juvenil se tornaba quebradizo, su alegre conversación se volvía lastimera y, sin motivos aparentes y sin causa que lo justificase, la imaginé enfermiza, aunque quizá fuera el cansancio y el vino de la cena y el güisqui mirando a la playa y el frío y la hora lo que mudó su aspecto.

Le pedí que me acompañase al hotel, siempre me había alojado en el mismo, en el “Hotel La Concha”, de gran solera, pero en la actualidad, sumido en una carrera descendente que le llevaría irremisiblemente a la demolición. Desanduvimos el camino del malecón, del pinar y de la playa y, frente al antiguo balneario, recogimos el coche.

Paró en la puerta del hotel, junto a la heladería cerrada desde octubre y, con un largo beso que me permitió acariciarla despacio, le dije adiós.

-¿Dónde voy a ir a estas horas?, no creerás que vas a dormir solo, ¿verdad?

Más me pareció un reto que una invitación. Yo lo deseaba con todas mis fuerzas y se lo dije.

-No me atrevía a decírtelo, pero estaba queriendo proponértelo desde hace mucho rato, gracias por decirlo tú. Me desperté más tarde de lo previsto y en la habitación no había nadie, me acerqué a la ventana, abrí los postigos de librillo pintados de verde y busqué, sin encontrar, su coche aparcado. Ni una nota, ni un adiós. Pedí el desayuno y después de ducharme me vestí con prisas, lo primero era ir al taller y me quedaba una buena cuesta por delante.

En octubre tocaba la ruta de Cataluña, desde la Costa Dorada hasta la costa Brava, incluida Barcelona capital. Era la zona más pesada, la cantidad de clientes que allí tenía la empresa me obligaba a dedicarle un par de meses. El primer año casi me pilla la Navidad sin llegar a casa.

Estaba cansado y eran muchos los restaurantes que aún me faltaba visitar y la pereza se apoderaba de mí. Algunas mañanas se me hacía muy duro el levantarme, me costaba poner los pies en el suelo y, al conducir, la somnolencia me obligaba a parar y tomar un café, por esa época creo que sólo me mantenía a base de cafés. Un día de noviembre me encontré muy mal. En el hotel pregunté por un médico y me aconsejaron ir a un hospital cercano, si llevaba la cartilla de la seguridad social no tendría ningún problema y ese hospital tenía buena fama. Así lo hice. Pasados dos días volví a recoger los resultados y la enfermera de recepción cuando sacó el sobre marrón, grande, lleno de dictámenes y radiografías me preguntó si era yo el que era y al decirle que sí, que yo era yo, me hizo esperar. Unos minutos después dos médicos vinieron a mí.

-Tenemos que repetirle algunas pruebas, no se alarme, es para descartar cosas, sus análisis nos muestran un tipo de infección que puede afectar a su sangre, además, si es lo que parece, es altamente contagiosa, no tardaremos mucho.

-Oiga, ¿qué me están diciendo? -increpé yo.

-No se preocupe, sólo le repetiremos unos análisis, será muy rápido.

La discusión duró un rato. Mi estado de salud era una porquería, de eso estaba yo seguro, hacía días que me temía algo, así que me dejé convencer y les seguí.

Nunca más salí de este hospital. Aquí, estoy hace mucho tiempo, en la sección de infecciosos, con un aspecto deplorable, delgado, calvo, ojeroso, sin fuerzas para caminar. Las otras tres camas de mi cubículo están ocupadas por otros tantos infecciosos, moribundos como yo. Nunca saldré de aquí y todos mis pensamientos me llevan a la carretera de Suances, al faro, al pequeño puerto de pescadores, indefectiblemente, al Hotel La Concha y a una cama con la desnudez de Estrella entre mis brazos.

Me miro y veo un seco pellejo ajado y mal oliente. Ya no me pinchan, no tienen dónde. Ni como ni bebo ni vivo. Sólo me muero. Este virus que me ha infectado, que me llevará al infierno cuando crea que he tenido bastante, es un hijo de puta. ¡El s.i.d.a. es una mierda!






 

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