Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

A Mariola la parieron rara. A pesar de sus veintipocos años siempre vestía de oscuro, como oscura era su vida sin haber salido jamás de aquel grupo de casas circulares hechas de piedra, techadas de juncos, diseminadas a ambos lados de un camino que conducía, tras un día y dos noches, al pueblo más próximo. Mariola nació para trabajar. Cuando pudo moverse de un lado a otro sus piernas carnosas y rollizas la llevaban hasta el gallinero. Allí se entretenía repartiendo el maíz, retirando los huevos del ponedero, acariciando a los polluelos en el nidal... En el establo tiraba del rabo a las vacas, paseaba bajo sus patas, pellizcaba sus ubres...

Imitaba con gracia las voces propia de los animales y todos reían al verla gesticular y expresarse con cloqueos y mugidos, pero nadie se extrañaba de su silencio cuando pasaba horas y horas viendo a las orugas estirarse o encogerse al carcomer las hojas de los árboles. Mariola crecía dentro de un mundo sin apenas palabras, pues hablaba lo justo, edificando su paraíso interior donde nadie tenía cabida excepto ella misma.

Su peculiaridad la diferenciaba del resto de los mortales, quienes la motejaban «mudita». No entendían su mirada de hielo cuando le reprochaban su costumbre de estar a solas con la noche y, a veces, si el tiempo lo permitía, dormir al raso. Ella sólo quería disfrutar, con sus ojos negros y brillantes, del temblor plateado de las estrellas, oír los gritos blancos de la luna, deshacer las perlas que el rocío de la aurora le regalaba algún amanecer, dejarse empapar de lluvia y sentir sus culebras de metal reptando por su cuerpo. Mariola, «la mudita», creció sola pero feliz entre los castros, manchándose los zuecos de barro, cogiendo flores de silvera, embriagándose de silencios, porque ella, como persona, como mujer, no existía para los otros: sólo era un cuerpo poseedor de un par de manos para trabajar. Su vida iba pasando, cambiando con las estaciones del año, sorteando etapas y temporales, como en las últimas semanas. Inexplicablemente, las noches continuaban tormentosas a pesar del calor de junio y eso no presagiaba nada bueno. Pero lo más preocupante era el encanijamiento y la falta de leche en las vacas. Apenas media tina lograba llenar. Mariola, desde su mundo, advertía algo raro en todo aquello, como si una fuerza oculta manejara el correr del tiempo. No. No quería ni pensarlo. Sería una coincidencia, pero varias madrugadas los truenos la habían rescatado de un sueño muy extraño, absurdo y repetitivo. Ella paseaba por un prado sin árboles. El sol brillaba en un cielo azul moteado de pájaros. Todo era belleza, hasta que un zumbido la hacía volverse. Por el horizonte se le acercaba una mancha oscura. Entonces ella se echaba en la hierba mientras por encima de su espalda pasaban miles de moscas.

Cuando el mosquerío se alejaba, contempló asqueada el remolonear de una mosca muy gorda sobre su hombro. Presa del pánico comenzaba a golpearse hasta hacerse daño. Entonces despertaba sudorosa y jadeante.

Una madrugada cálida y quieta libraba una dura batalla para no sucumbir ante la inminente caída de sus párpados. El cielo parecía estar hechizado por el fuego de la noche de San Juan. Las luminarias desplegaron toda su magia tiñendo de rojo las estrellas.

Mariola nunca había contemplado nada igual. De pronto, sus ojos entornados se espabilaron al ver acercarse una luz titilante portada por la mano huesuda de una anciana. La mujer se detuvo ante ella acercándose la lámpara a la cara. Mariola pudo ver las marcas de la vida alrededor de sus cuencas oculares, la caída de su nariz, sus carrillos fláccidos, el cordaje de su cuello. Parecía la guardadora del tiempo, todo él estaba estampado en su rostro. Sin palabras entregó a Mariola un hatillo con una castaña de indias, un diente de ajo macho y una ramita de hierba de San Juan. Nunca más la volvió a ver. El sol de la mañana la despertó llenándola de caricias amarillas. El aire traía calor y olor a rastrojos quemados. Al ponerse de pie tropezó con algo que la dejó perpleja. No había sido un sueño. Tomó del suelo el regalo de la anciana y lo guardó. Unas voces la obligaron a dirigirse al establo, pues una de las vacas había muerto durante la noche y a las otras les faltaban muy poco. Alguien se atrevió a decir en voz alta lo que los demás ocultaban: meiguería.

Las preocupaciones de Mariola comenzaron a remitir cuando una voz misteriosa le susurró al oído que debía encontrar una vara de avellano y esperar en el establo.

Aquella noche, cuando todos se retiraron, ella se dispuso a obedecer el mandato. Se escondió tras el abrevadero y ocultó, muy cerca de los animales, el legado de la anciana.

Hacia la media noche una mosca muy grande y muy negra revoloteaba alrededor de una vaca. Se posó sobre el cuello medio esquelético.

Mariola con mucho sigilo se acercó y vio cómo el díptero chupaba la sangre del animal. De nuevo, el susurro la obligó a decir: «San Silvestre, meiga fora», al tiempo que golpeaba a la mosca con la rama de avellano. Al cabo de unos meses las vacas mejoraron. Nadie se explicaba el motivo de tal cambio. ¡Quién iba a pensar que la rara de Mariola había ayudado a deshacer el maleficio! Ella decidió correr un telón sobre el «esconjuro» y borrar para siempre a la «chuchona», la meiga que transformada en mosca chupaba la sangre de todo ser viviente.

Desde entonces, Mariola vive más tranquila, sin pesadillas, pasando la noche al raso, contemplando el cielo, la luna y las estrellas, aunque intrigada por ignorar la autoría del susurro.







 

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