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Una vez más la realidad nos inunda con las aguas profundas de la incertidumbre. Nuevamente ha sido en ese continente de África, a punto de ser isla, en donde se han dado cita los ejércitos de las preguntas. Cada uno de ellos representa a todos esos países que consideran estas maravillosas tierras como una despensa abierta en canal, cuya única razón de su existencia es la de dar sin medida, la de ofrecer sin recibir, en definitiva una tierra y unos moradores ideales para experimentar en ella y con ellos las reacciones de las ideas más oscuras de las mentes más oscuras.

Periódicamente las sombras de una pena, las cadenas del pasado, escogen un rincón de sus anchas espaldas para azotarla con una contundencia que produce perplejidad. Y esas mismas sombras a golpe de pobreza y miseria van formando una cruz inmensa en donde son colgadas de forma lenta, pero continua, una raza, un alma, un infinito destino agonizante. Ahora esa voz que agoniza grita el nombre de Mozambique. En él se resume nuevamente el Hombre y la Tierra, ese conjunto armónico al que no se le permite componer su propia música y que está obligado a interpretar, sin el más mínimo fallo, las sinfonías extrañas de un poder insensible y tremendamente ignorante. De esta manera las coordenadas del martillo de la actualidad golpean a través de mis manos, para que esta crónica, vía satélite, llegue a todos los rincones de este planeta, que cada vez es menos azul.

Pero en medio de tantas desgracias y con el agua por las rodillas, viendo pasar delante de mí a todas esas caras con las que el sufrimiento puede manifestarse en el teatro de la vida, el bloqueo mental es verdaderamente necesario y al mismo tiempo una tabla de salvación, pues todo pensamiento aquí se ahoga, todas las teorías aquí están debajo de las aguas y cualquier idea racional y equilibrada se mantiene flotando un segundo. Este es el lugar donde las justificaciones y las conciencias vendidas encuentran su verdadero cementerio, un cementerio donde la humedad termina por disolver hasta los corazones más rocosos, las mentes más pétreas.

Las aguas terminan por acogerme como a uno más en medio de sus innumerables brazos, no pudiendo delimitar mi presencia en este todo unitario, donde una vez más las fuerzas desatadas de la Naturaleza igualan en el dolor a los seres humanos. Pero sé que cuando terminen de salir las últimas fotos, este cuadro rebosante de H2O desaparecerá para convertirse en una imagen más en el archivo de nuestras mentes.

En medio de esta realidad que, como siempre, indaga en el viento la razón y el porqué de tanto dolor, comienzo a marcharme en dirección a esa nueva pena que se está gestando en otro lugar del planeta. Sin embargo tengo un presentimiento que me acompaña hasta el final. Seguro que ese nuevo brote de desesperación y dolor tiene como nombre África.

Marchar para volver es como nunca partir.





 

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