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Nacemos en sociedad. En ella nos convertimos en hombres, nos humanizamos, esto es, aprendemos a hablar, a pensar, a querer, a vivir. Es un hecho.

La sociedad consiste en muchas cosas, tal vez demasiadas para un sólo vocablo. Es la familia, los vecinos, los amigos, la escuela, los medios de comunicación, la gente de la que tenemos noticia por los medios de comunicación, la gente de nuestro municipio, provincia, autonomía, país, continente y planeta. Además están las ideas, artes, gastronomías, deportes, lenguas, hablas, dialectos, técnicas, teorías, complejos, prejuicios, tópicos y todo lo demás que forma parte de la cultura, la cultura de nuestra sociedad. Pero hay más, mucho más, porque todo lo anterior es de naturaleza temporal, esto es, fue de otro modo en el pasado y será de otro modo en el futuro.

Humanizarse es, por tanto, un aprendizaje siempre vigente y siempre incompleto. Que usted y yo vivamos, de hecho, en sociedad no significa que nuestra humanización sea absoluta. En efecto, para llegar a tal estado sería necesario que nada humano sea ajeno para nosotros. Deberemos viajar a todos los continentes, hablar todas las lenguas, compartir con nuestros congéneres todo el conocimiento y la experiencia que la humanidad ha ido atesorando en los 30.000 años de existencia del homo sapiens sapiens.

Pero eso es imposible.

¿Qué conclusión podemos deducir de este razonamiento? Siguiendo la lógica, parece evidente que nadie puede ser humanizado del todo. No es que no seamos hombres, que no pertenezcamos a la especie del homo sapiens sapiens. No es que no seamos humanos . Sucede que resulta del todo imposible asimilar la enorme riqueza cultural acumulada por nuestra especie a través del espacio y el tiempo y, por otro lado, nos es imposible participar por igual de todos los aspectos incluidos, antes y ahora, en el concepto de sociedad . Dicho de otro modo, cada cual tiene una circunstancia: cada cual está en un determinado círculo , fuera del cual, evidentemente, no está.

Estos círculos son las subdivisiones de la sociedad. Somos españoles: ni coreanos, ni franceses ni lapones. Vivimos en el año 2000, no en 1936, por ejemplo. Yo trabajo en un gremio determinado y usted en el suyo, y las circunstancias de mi trabajo, que para mí son muy interesantes, a usted no tiene por qué parecérselo, y viceversa.

La gente se siente mejor con las personas afines a su socialización. Si a mí me gusta la Semana Santa y a usted también, sentiremos de forma instantánea una corriente de simpatía (lo cual es decir una perogrullada, pues simpatía significa, etimológicamente, sentir común). Esta corriente será mayor si a usted y a mí nos gusta más el estilo de los cargadores que el de los costaleros, y será mayor aún si los dos preferimos, de entre todas las imágenes que existen en nuestra ciudad, a la Virgen de los Dolores, por ejemplo.

Seguro que usted se ha dado cuenta alguna vez de esta invisible corriente de simpatía que surge entre las personas cuando notan que comparten determinados aspectos de la socialización. Si descubre que el desconocido o desconocida que tiene ante usted realizó sus estudios en su mismo colegio, en seguida aparece una cierta familiaridad. Compartir equipo de fútbol, gustos musicales, hobbies e incluso perímetro craneal (en efecto, hay por ahí una peña de cabezones) convierte a los desconocidos en colegas (etimológicamente del mismo colegio ).

Paralelamente, sentimos desasosiego ante lo distinto, ante la humanidad de la que carecemos. Los miembros de otra religión, de otro país, de otra raza, de otro género... son extraños a nuestro concepto íntimo, subjetivo y parcial de humanidad.

Esto no es necesariamente malo. De hecho, somos mayoría los que nos sentimos atraídos por las personas del otro género.

No es necesariamente malo, pero a menudo lo es. Por ejemplo, muchos hombres no ven dificultad en mostrar adoración hacia el cuerpo femenino a la vez que repudian todo lo demás que tenga que ver con la feminidad: sensibilidad, cuidado personal, sensatez, autocontrol, etc.

En conclusión, todos nos enfrentamos tarde o temprano con el hecho de que hay otras formas de ser hombre aparte de la nuestra. Hay otras maneras de realizar la humanidad . Esto produce confusión, desasosiego, impulsos de atracción y odios viscerales.

La xenofobia (aversión y temor a lo extraño o distinto), es la palabra que engloba a conceptos tales como racismo, machismo, fundamentalismo, y demás formas de discriminación. Por desgracia no existe el concepto opuesto, que bien pudiera ser el de xenofilia (amor a lo distinto). Y no existe dicho concepto porque no hace referencia a nada real: hay que afirmar que la xenofilia no existe. Lo que sí hay es curiosidad : por ella viajamos a otros lugares, probamos otras comidas o entablamos conversaciones con otras gentes con otros intereses. Si la curiosidad es satisfecha, pueden ocurrir dos cosas: o bien comprendemos y asimilamos, o bien se nos atraganta el exotismo.

En el primer caso, la curiosidad deja lugar a una especie de confraternización que es muy sana y que permite estrechar lazos de todo tipo. Yo, por ejemplo, casi no me siento extraño a la psicología femenina y diría incluso que he llegado a comprender por qué las mujeres gustan de ir juntas al cuarto de baño (un gran misterio para la mayoría de los hombres).

En el segundo caso, la curiosidad consiste en el intento de demostrar la supremacía de nuestro modelo de humanidad a costa de despreciar, criticar, insultar y condenar el modelo de humanidad que se opone al nuestro.

El razonamiento es simple: sólo hay un modo de acertar y muchos de equivocarse y, o bien yo tengo razón o bien la tiene el otro; pero el otro no puede tener razón, porque entonces se cae todo mi mundo; por tanto, yo soy mi modo de vida, mi raza, mi género, mi físico, etc., es el correcto y el otro es un salvaje, o un ignorante, el sexo débil, o lo que sea.

La lógica es aplastante. La capacidad para racionalizar los motivos de la supremacía hace el resto. Por ejemplo, muchos hombres dirán que las mujeres son débiles, que si la menstruación, los altibajos hormonales, que si patatín y si patatán. Y las mujeres dirán que los hombres son todos unos aprovechados, unos brutos, unos inmaduros, etc.

Así son las cosas y así serán mientras que no nos demos cuenta de que el simple razonamiento de arriba está equivocado. Pues, en realidad, hay muchos modos de acertar, cada uno con sus ventajas e inconvenientes, y sólo uno de equivocarse, a saber: creer que sólo hay un modo de acertar y muchos de equivocarse.

Por cierto, que hay una encíclica (es decir, una carta del Papa a los obispos) que se llama Veritatis Splendor, que traducido significa El esplendor de la Verdad, una Verdad única que se supone ilumina y alimenta al resto de las verdades parciales y que, al menos en teoría, abre la posibilidad a que diversos puntos de vista puedan llegar a un punto en común.

¿Ven alguna conexión? Yo sí.





 

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