Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Un enamorado entra en una tienda especializada en lencería y artículos para uso de la mujer. Su propósito no era otro que el de adquirir unos guantes para su novia. Al propio tiempo una Sra. estaba efectuando la compra de unas bragas color de rosa.

El joven tímidamente solicita los guantes que deseaba. Cuando ya estaban en el mostrador los paquetes, primorosamente exornados con una cinta color violeta, sin olvidar, por supuesto, el sello de la casa, en una distracción inexplicable que no se supo nunca si fue por culpa de la dependienta o de los compradores, que estaban prácticamente codo con codo, lo cierto es que, por error, se intercambiaron los paquetes. La Sra. se llevó los guantes, y el joven las bragas.

Javier, totalmente ajeno a esa broma del destino, se dirige a su casa con el animo de enviárselo por medio de su hermana a su novia con la siguiente carta:

«Queridísima Pilar: en el adjunto paquete encontrarás lo que tuve la dicha o desdicha de romperte anoche jugando. No sé si serán de tu agrado, pero puedo asegurarte que son de los mejores que había en existencia. A mi exigua economía le hizo un pequeño descalabro, pero ya sabes como soy, siempre pago lo que rompo.

La Srta. que me los despachó, ante mi indecisión por el color, me enseño los suyos, asegurándome que los venía utilizando hace más de un año; claro que quitándoselos cuando trabaja, cuando va a lavarse o si tiene visita en su casa. Además se los estuve palpando y por su fino tacto pude comprobar que eran como ella manifestaba, de excelente calidad. También son iguales a los de tu prima Elisa, que el otro día se los vi y me gustaron bastante.

Quisiera, amor mío, que ninguna mano que no fuera la mía tuviera el gusto de acariciártelos, pero es seguro que otras también lo harán. Si no es pedir demasiado, desearía que los tuvieras puesto cuando vaya a verte esta noche, sólo para comprobar si se ajustan a tu medida, aunque sé de sobra que los rellenarás. Te recomiendo que no te los quites en el autobús, como tienes por costumbre. En el cine ya te los quitarás cuando lo creas conveniente.

No hago más que pensar en la manera en que los voy a besar cuando estemos esta noche en tu discreta casapuerta. Así que, para que te vayas acostumbrando, póntelos cuanto antes, más que nada para ver si te están bien, además, no deseo que te entre frío por ninguna parte ni que se te arrugue la piel.

Adiós, amor mío, dentro de unas horas podre gozar de la suavidad de su contacto, para posteriormente quitártelos apasionadamente. Tu enamorado Javier.

Cuando Marta le entrega el primoroso paquetito a Pilar, ésta la invita a que entre en la casa para charlar y tomar algún refresco, pero se disculpa, ya que su nuevo pretendiente la estaba esperando a no mucha distancia.

Después de la cordial despedida, Pilar, con ilusionado interés, desprende el bello papel que envolvía el regalo. Cuando aparece ante sus ojos la diminuta prenda íntima, siente un poco de sonrojo por lo inesperado, pero el sofoco no alcanza el límite hasta después de leer la carta adjunta. Su expresión cambió como por encanto mientras pronunciaba llena de furor:

-¡No me lo puedo creer! Esto es una broma verdaderamente inadmisible. Atreverse a decir que me rompió anoche las bragas jugando, ¡que pretensión!, y anoche que precisamente no las llevaba. ¡Deja que venga, me va a oír, que se habrá creído el muy sinvergüenza!

Las dos horas hasta llegar Javier se le hizo interminables. Al fin, lo ve aparecer desde el amplio ventanal. Sale Pilar hasta el portal precipitadamente y, nada más tenerlo frente a ella, le dio una sonora bofetada que lo dejó estupefacto. Él, con la mano protegiéndose el rostro por si reincidía el ataque, le dice sorprendido.

-Pero, Pilar, ¿a qué viene esta agresión?

Entonces ella le tira las bragas y la explosiva carta a la cara diciéndole:

-Me has defraudado, te creía más serio. ¡Hemos terminado!

-Pero, mujer, esto es un lamentable error, yo te compré unos guantes, fue la dependienta o quizás la Sra. que adquirió las bragas las que han metido la pata al confundir los paquetes. Te juro que es así. Mañana, porque ya debe estar cerrado, me acompañas al comercio y todo se aclarará.

Ella, algo más calmada, va tomando conciencia ante las explicaciones de Javier que no dejaba de hablar dándole amplia cuenta de todo, por lo que lo escucha con mayor comprensión.

El la coge suavemente por la cintura mientras le dice muy cerca de su oído:

-Vida mía, yo te quiero con toda mi alma y jamás he pretendido ofenderte. Tú sabes, Pilar, que anoche te rompí un guante al tratar de ponérmelo, y por la cara que pusiste pude darme cuenta que te contrarió.

Ella le asegura que los guantes tenían ya mucho uso y estaban resquebrajados.

-Tenía que suceder, Javier, así que no le des más vueltas. Quizás, en el fondo me alegre, ya que ha servido para que nos reconciliemos con mayor ímpetu. Yo también te quiero...

Sus cuerpos se ciñeron fuertemente, sellando las palabras con un cálido beso, que desato todo el fuego que llevaban dentro.

Esta tierna escena que acabo de describir, me hace recordar un poema de Soledad Lozano:

Imposible dominar el deseo
cuando penetra
como un virus en la sangre,
hasta a tu pensamiento enajena,
sólo podrás calmarte
de la oleada que corre por tus venas
si el río vuelve a su cauce...
Pero, ¡qué gran tormento
si con tus ansias quedas!

Evidentemente, Pilar y Javier sabrían sacar partido de sus mutuas pasiones hasta el extremo de olvidar aquella ironía del destino que estuvo a punto de romper unos lazos preñados de amor.

Me imagino que al final terminarían riéndose, porque la «bromita» que les había hecho padecer la inoportuna casualidad, indudablemente tenía «sal y pimienta»...





 

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