Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La noticia corrió como un reguero de pólvora encendida, según expresión popular.

-Han matado al niño Juli, el de la Paca.
-¡Pobrecito infante! -gritó el gentío-. ¿Y quién es el culpable?
-¡Quién va a ser, el Roque Dragón, el de los camiones!
-¡Había de ser, con la mala uva que se gasta el míster!
-¿Y cómo fue el luctuoso suceso? -preguntó un despistado.
-¡De criminales! El pobre niño sólo pretendía saludar al Roque Dragón, y éste le cogió por los sobacos y lo dejó bajo las ruedas para aplastarle!
-Yo siempre dije que el tal Dragón era un indecente y tiene las entrañas más negras que el carbón.
-Debió crujir como las cucarachas, el chiquillo...
-¡A ver! ¡Diez toneladas encima!
-¿Le han cogido al Roque?
-Nada se sabe de él. ¡Los asesinos siempre encuentran una salida para huir!
-Y la madre, ¿sabe algo la madre?
-¡Loca se vuelve la pobre viuda, sin ningún hombre que la ayude!
-La Paca desgreñó -informa otro-. La pobre mujer, tan viuda.

La gente sonríe, ella sabrá de qué.

-¿Y ahora, qué será de la infeliz?
-Llora como una Magdalena...

Y la gente, para colaborar con el drama, empezó a sollozar. Y del fondo de sus corazones maldecían al Roque Dragón.

-Eso ocurre -opinión una mujer- porque en este desgraciado pueblo no hay justicia.
-Si hubiese hombres que se atrevieran a...

Los hombres callaban, aunque pensaban represalias. Los gritos iban en aumento y la gente empezaba a ser numerosa. Y sospechaban que una vez más las cosas iban a quedar sin castigo, como siempre ocurría.

Y total (se lo aseguro a usted, que fui testigo), por un malentendido. Porque la cosa habla sido así: El Roque Dragón se topó con el Juli y le dijo que si quería hacer el favor de entregar en mano de la farmacéutica una carta, y el niño Juli, pensó en una recompensa, porque el Roque Dragón era una mala persona, pero dadivoso como el que más. Y el niño Juli tomó la carta y corriendo se fue tras la farmacéutica a entregarle la carta, carta que la mujer escondió en el buche de su escote.

Al Juli le vieron salir de la farmacia unas vecinas (que siempre son las vecinas las que lo ven todo) y comentaron que el chiquillo corría como un demonio.

-Seguro que iba herido y la farmacéutica lo ha curado -opinó una.
-La sangre debe correrle por todo el pecho -aseguró otra-. ¿No visteis lo blanco de su cara? La falta de sangre ha sido.
-Yo lo vi con el Roque -malinformó otra, con evidentes deseos de molestar.
-Este Roque Dragón es un mal bicho -acusó otra.
-Pero el chaval parecía encontrarse bien, pues iba cantando en tanto corría -se atrevió a suavizar otra.
-¡Infeliz! ¡La sangre que debía perder por el camino! -se creció otra de las mujeres.

Y la noticia fue tomando un cariz equivocado, porque las cosas no habían sucedido así. Ni habían sucedido, como se verá al fin del texto. Pero las mujeres seguían con sus afirmaciones y gritos.

-¡El chico de la Paca va como loco, sangrando pecho y espalda!
-¿Lo viste tú?
-¿Cómo iba a verlo si la sangre le salía por el pecho y la espalda?

Y, algo alejada, la voz de la madre de Juli, la Paca tan viuda ella.

-¡Me lo han desgraciado! ¡Le han roto el espinazo! ¡Apenas si podía correr!
-¡El infeliz, ya no será nada en la vida!
-Y las piernas -gritaba otra- ¡Le han partido las piernas!
-¡Y ese malvado de Roque Dragón, con él nadie se atreve! ¡Si yo fuese un hombre o los hombres do este pueblo fuesen hombres!

Pero los hombres de ese pueblo, precisamente de ese pueblo, parecían no oír y se perdían por las calles o en las tabernas.

-¡El pobre huerfanito, sin padre!

Y así fueron propagándose las noticias. De la rotura de la espalda se llegó a la rotura de las piernas y de esa rotura a la rotura de la cabeza.

-Mañana será el entierro -informó una de las mujeres que al parecer estaba en el ajo.
-La policía ha dado con el Roque Dragón y lo llevan esposado -informó otra.

Una información totalmente errónea, pues cuando dieron conmigo me encontraron bebiendo tranquilamente una cerveza, de las más rubias y perfumadas y conmigo el niño Juli comiendo vorazmente unas patatas fritas y sorbiendo, aún más vorazmente, unos refrescos de cola.

Y como las cosas son así y las mujeres pudieron comprobar que el Juli estaba totalmente completo y sin sangre ni nada que le salpicase, empezaron a esconderse, a disimular su disgusto. Porque hubiesen querido que todo fuese cierto y que el pobre Juli estuviese malherido o sangrante o que sé yo qué. Pero al verle tan feliz y devorador se santiguaron y empezaron a preparar sus comidas no fuese que los hombres de aquel pueblo se sintiesen, de pronto, más hombres que hasta entonces.

Ni al Juli ni a ningún otro niño le pedí desde aquel día que entregasen cartas a la farmacéutica.

Para evitar problemas habíamos resuelto lo de nuestras citas guiñándonos con los ojos. No era como lo de leer cartas pero servía igual.

A fin de cuentas un hombre ha de saber ingeniárselas para evitar que le tengan por un malvado.





 

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