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Para cualquier joven que siente la vocación de escribir es una delicia acercarse a las antologías y, sobre todo, a las preceptivas literarias. Es como si quien estuviese llamado a ser carpintero o electricista entrase en un taller con todos los utensilios de la profesión. Es obvio que sentirá una profunda alegría que incrementará su entusiasmo. Las herramientas en sus manos le sugerirán ilusiones y proyectos, y sin ellas percibirá un vacío en su alrededor y un sentimiento de insatisfacción.

Este ejemplo puede ilustrar el afán del o de la joven poeta. Entrar en el atrio de los manuales con sigilo y devoción. Las clases de versos y estrofas, los géneros literarios y las épocas con sus respectivas tendencias le plantearán bellas incógnitas que su aprendizaje irá como descifrando lenta y satisfactoriamente.

A todo individuo que esté de verdad vocacionado le resultará un reto prometedor hacer incursiones en ese maravilloso bosque de las figuras, que en muchas ocasiones acuden espontáneamente al papel. También encontrará autores que le aconsejan. Por ejemplo, oigamos a Boileau: «El que no sabe limitarse, jamás sabrá escribir». Se podrá sentir vanidoso cuando lea en Carlyle: «En verdad, el arte de escribir es la cosa más milagrosa de cuantas el hombre ha imaginado». Pero, como vemos, Carlyle pone el dedo en la famosa llaga: el arte de escribir. ¿Cuándo se aprende en verdad a escribir? Los que han llegado a una alta escala de prestigio dicen que todavía siguen aprendiendo. «El escribir es un ocio muy trabajoso», dice Goethe. Otro consejo muy oportuno nos lo da Horacio: «Vosotros, los que escribís, escoged un sujeto a tono con vuestras fuerzas, y pensad mucho qué es lo que vuestros hombros se niegan a recibir y qué es lo que pueden llevar». Y queda un consejo, el más importante de todos, el que nos advierte contra la temeridad. Es de la Epístola a los Pisones, de Horacio: «En todo tiempo, poetas y pintores tuvieron libertad idéntica para atreverse a cualquier osadía».

La mayoría de los que hacen literatura se han contentado con ir de herederos, de discípulos de tendencias y maestros; han sido muy pocos los que han intentado ser originales, creadores de un estilo. Pero es muy cierto que tal decisión no es nada fácil. Todo el que escribe ha deseado en algún momento ser único, abrir un filón de posibilidades y mimar un estilo propio. Esta idea no está libre de polémica y se me objetará, con toda razón, que un supuesto estilo propio puede estar amalgamado con influencias del pasado muy bien metamorfoseadas en una hábil combinación. Nos preguntamos que qué hubiera sido de un Lope, o Góngora o un Quevedo sin Garcilaso, un Fray Luis de León o sin San Juan de la Cruz. Modernamente podríamos plantearnos el mismo problema con Juan Ramón, que en su primera época, que él llamó «sensitiva», acusa la influencia del Romancero y Bécquer muy especialmente. También la de Rubén Darío, en su fase modernista. Más adelante, como sabemos, evoluciona hacia una poesía «desnuda». Realmente ningún genio inventa nada. Para dilucidar esta hipótesis tendríamos que confrontar teorías como la del creador único en solitario y la de la tradición amalgamadora. Es muy probable que una y otra lleven razón y como en muchos otros planos de la vida tengamos que admitir un inevitable sincretismo.

En todo caso, la tentativa de originalidad es una ambición que persigue a muchos creadores, pero, como la originalidad no es pura, tenemos que considerar al genio como un gran talento que baraja los naipes decisivos de la nueva partida de un movimiento literario.






 

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