Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Encogida sobre el camastro, con los brazos cruzados presionando el vientre, aterida por un frío que la vieja manta del ejército no aplacaba, mantenía los ojos abiertos perdiendo su mirada en la oscuridad de la sórdida habitación. Por entre las tablas mal clavadas del ventanuco sólo entraba el mal olor de aquel patinejo lleno de bajantes y tuberías que goteaban constantemente por sus juntas podridas y despegadas.

Cerca de ella, tendidos en viejos colchones desordenados por el suelo, dormían algunos compañeros sus tristes sueños de miseria.

Los espasmos aumentaban de frecuencia y la creciente intensidad del dolor provocó, para intentar soportarlo, los primeros mordiscos en los labios, brotando de sus ojos unas lágrimas incontenidas.

Verdaderamente nadie la había engañado. Antes de ingerir las pastillas, sabía perfectamente las consecuencias de su decisión, incluso leyó y releyó insistentemente la letra pequeña de la página fotocopiada que le entregaron con las cápsulas clandestinas. Tendría dolores, espasmos y posiblemente alguna hemorragia, pero nada de todo eso le supondría el más mínimo peligro. No debía hacer caso a historias o rumores que sólo servían para asustar. Todo sería relativamente rápido y sencillo. Ni siquiera necesitaría ayuda. Podía hacerlo sola y así nadie sabría nunca ni su estado ni su decisión.

«Tengo que levantarme -pensó-, tengo que ir al cuarto de baño.»

Sus escasas fuerzas perdidas entre dolor y llanto hacían más pesado su pequeño cuerpo de jovencita anoréxica. Ponerse en pie no era sencillo. El camastro, a nivel del suelo y sin nada firme donde agarrarse, hacía difícil incorporarse en su situación, pero lo consiguió y, con un gran esfuerzo, alcanzó el cuarto de baño, viejo, sucio, parecía la caja del hedor que te abofeteaba al abrir su puerta.

Buscó la perilla que colgaba de un cable trenzado y al presionar su botón se hizo la luz mostrando la guarrería de lo que un día debió ser un cuarto de baño auténtico.

Llegó al retrete, casi nadie se hubiera sentado en él, pero lo hizo. Abrió exageradamente las piernas, sus manos apretaron fuertemente debajo de la cintura, mientras la cabeza se descolgaba hacia la espalda, apoyándose en la tubería que bajaba por la pared desde la cisterna.

Soportó el dolor, ahogó los gritos y lloró en silencio la vida que mataba.

Permaneció un rato allí, sentada, sin decidirse a nada, enjugándose las lágrimas que no cesaban de brotar. Lágrimas de adulta, de vida y muerte, de soledad. Y estuvo tentada de contemplar el remolino de agua que se llevaba sus entrañas.

Transcurridos unos minutos, se lavó con desgana. Al otro lado de la puerta todo era silencio y sueño.

Arrastrando sus manos por las desconchadas paredes del pasillo, llevando por inercia su cuerpo tambaleante y dolorido, se dirigió al cuarto de estar. Una estancia más amplia que el resto de las de la casa, con viejas mesas y desechadas butacas que alguien había recuperado para la comunidad. Por el gran ventanal se colaba la claridad de la luna. La noche era fría y limpia, pero su aire se le hacía denso e irrespirable. Abrió la puerta de la terraza, tirando del frágil pomo y salió al exterior.
Desde aquel piso alto se veía todo.

Recorrió los campos, los solares cercados con alambradas rotas, llenos de escombros y basura. Las farolas sin bombilla, las calles de tierra, la ropa gastada que colgaba de las ventanas próximas, todo el suburbio estaba ante sus ojos.

En esa casa no les molestarían por el momento. Sólo habían transcurrido un par de días desde que, brutalmente, la policía había desalojado a un grupo de okupas que, como ellos, estaban instalados en un edificio del centro de la ciudad. Ese hecho causó gran revuelo y fue portada en todos los periódicos y primera noticia en los telediarios de todos los canales de la televisión, hasta el punto de que las autoridades tuvieron que dar múltiples explicaciones que no consiguieron minorar la creciente sensibilización de las gentes de la calle. Los sentimientos a favor de los okupas afloraban en la sociedad, en unos casos por solidaridad, en otros por simple hipocresía, y con el tiempo esa simpatía, casi generalizada, hacía que los llamados okupas pacíficos fuesen disfrutando de una tranquilidad inmerecida e injusta.

La ciudad de enfrente se mostraba íntegra, luminosa, distante y en silencio. No llegaban hasta el suburbio los sonidos del tráfico ni el cansancio de los noctámbulos ni el desperezarse de los madrugadores.

Recorrió su pasado, las grandes avenidas, los paseos arbolados radiantes de luz, la casa de sus padres.

Recuperó también su pequeño piso de soltera, al que se trasladó con el consentimiento y la financiación de los suyos, cuando decidió conquistar la libertad.

Seguiría estudiando la carrera elegida, sin rupturas familiares, y se convertiría en una jovencita de provecho ganándose la vida como secretaria de dirección, así mantendría su status.

Después de unos años de sueños cumplidos, con los estudios al ralentí, con una vida alegre y agradable, todo cambió.

Al morir su padre la economía familiar se resintió. Su madre tuvo que deshacerse de la casa de veraneo y ella no pudo volver a la playa de su infancia. No paseó más por el bulevar alegrado de bares ni volvió a oler los aromas del pescadito frito. Su madre se apretaba el cinturón y todo dio un giro que ella nunca pudo prever ni controlar, como tampoco pudo nunca acostumbrarse a la ausencia de su padre.

Hija única, ya no heredaría nada y quizás fue eso lo que hizo que su novio acabara con una estable relación. Era un golpe más a su vida en decadencia.

Abandonó definitivamente sus estudios para aumentar su jornada laboral, con el fin de incrementar sus ingresos, pero un insoportable montón de feas proposiciones de su jefe la llevaron a cesar.

Meses de paro, noches de alcohol y drogas blandas minimizaban su indefensión.

Vació el apartamento y se unió con gentes extrañas. Su vida no era su vida, se convirtió en la vida de los demás y con ellos compartía la soledad, la tristeza, la insumisión.

Deambulaban de un lado a otro haciendo de la limosna sus ingresos, del trapicheo su sustento, y cobijándose bajo el techo que más tuviesen a mano.

Algunos jóvenes contestatarios crearon un grupo sin que ella nunca supiera del todo su extraño fin, pero se unió a ellos. Había de todo, estudiantes, burgueses, deshechos de familias marginadas, en conjunto un heterogéneo grupo en el que cabía de todo.

Era libertad y libertinaje, compartir y repartir, y el sexo dejó de tener valor y pasó a ser un acto más en su forma de vida. Simples uniones carnales que tenían lugar en cualquier sitio, fruto del estado del momento.

Todos los principios que tenía aprendidos se truncaron. A su alrededor todo era extraño, inconsistente, todo arropado con un disfraz de amistad superficial.

Cada uno de los colegas tenía sus motivos y sus pesares, que casi nunca hacían públicos, y sus relaciones estaban llenas de silencios, como el que ahora la envolvía dejando que sus gemidos volasen hacia la ciudad de enfrente, pretendiendo llegar a los suyos, quizás en busca de ayuda o quizás tan sólo para comunicar su dolor.

La luna seguía en lo alto. Apenas la reconocía, no tenía ningún parecido con aquella otra luna que descubrió años atrás, la que venía a bañar sus rayos en el mar de plata de su pueblo de veraneo. Aquella que, junto a sus amigos de antes, contemplaba desde la playa, mientras todos a coro y con voz mimosa, cantaban canciones al son de los rasgueos de sus guitarras, pero estaba allí, inmóvil, esparciendo por el cielo un brillo más apagado de lo normal. Y tenía delante una vida sin contenido, vacía, sin ningún futuro. Y no encontraba un camino para avanzar, pero tampoco veía el de regreso, todo era negro y solitario.

No le restaban fuerzas ni para el sollozo, no se limpiaba la cara ni secaba su llanto. Todo lo sabido quedaba en teoría. Todo lo que se había propuesto para la vida había sido incumplido, nada se le había hecho realidad y su llanto era un constante reproche al mundo.

Seguía sola y lloraba sin fuerzas en aquella terraza inmunda, colgada en la fachada del derruido edificio, alargándose sobre una calle desconocida de un suburbio ignorado. La distancia que la separaba del suelo se hacía su amiga y su cómplice.

Alzó la cabeza y volvió a mirar a la luna en busca de un abrazo, de ese calor que dentro, en el piso sin dueño, nadie podía darle. Estiró los brazos para tocar su ciudad, buscaba faroles con bombillas y paseos repletos de flores, pero sus manos vacías, se desplomaron sin fuerzas sobre la oxidada barandilla y, sobre ellas, gimiendo, posó su cara de arcángel caído.

Ya no pensaba, su cabeza no daba para más. Se olvidó hasta de su vientre, que no albergaba esperanzas, y su cuerpo, y toda ella, traspasaron el vacío.

El ruido fue brutal. Ronco. Seco. Y crujieron sus huesos, y en el hueco de sus entrañas resonó el eco de la muerte.






 

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