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Es muy mayor ya. Cuando oigo hablar de él, cuando se asoma a la pantalla de mi televisor, es como si algo ya lejano viniera a mi de nuevo, como si el pasado corriera a ser otra vez presente para hacerme recordar. 

Ya es muy mayor, y quizá por eso el reconocimiento se une a la ternura que sin más sienta por Antonio Buero Vallejo. No sé si he dicho alguna vez en esta sección que mi afición en serio a la literatura partió de la lectura de obras teatrales. El teatro me cautivó antes que la novela o la poesía. Recuerdo perfectamente aquellas tardes de verano en las que yo, ávida de vida y de querer saber, me empapaba de aquellas obras completas de Lorca, Casona, Mihura... 

Libros conseguidos en la Biblioteca Pública y que llevaba a casa con la ilusión de quien portaba algo muy especial. Era Buero a qué dudarlo, uno de mis favoritos, uno de los que me hizo verdaderamente sentir. Historia de una escalera, Las cartas boca abajo, El concierto de San Ovidio, En la ardiente oscuridad, El tragaluz.., me hicieron vibrar de tal forma que, en aquellas tardes largas, huérfana de clases y del frío de invierno, el calor que a su vez desprendían las historias y los personajes, calentaban mi corazón y hacían crecer mi alma. 

Es Buero Vallejo, como bien se refiere en los manuales de literatura, un trágico de nuestro tiempo. «Solitario y solidario», como él mismo se definió, pone al descubierto sobre el tapete de nuestra vida, las miserias y los dramas que nos circundan para que no seamos unos simples actores pasivos, sino que reflexionemos aunque nos duela el pensar y la verdad. 

Sus personajes son así, hombres y mujeres que desde la contemplación o desde la acción, han de sufrir hondamente la cara y la cruz del vivir. Y, como tema recurrente, el de las taras físicas o psicológicas. La ceguera, por ejemplo, es fuente temática para dos de las obras que más me impresionaron: En la ardiente oscuridad o El concierto de San Ovidio. Los protagonistas de ambas tragedias son ciegas lamentablemente frustrados por ello, pues la sociedad no les deja simplemente ser persona. 

En el tragaluz, sin embargo, va a ser la locura el centro de atención para el lector. Buero nos pone frente al drama de un hombre que, tras ver morir de hambre a su hija pequeña en la guerra civil, se encierra su mundo. Claro que lo verdaderamente grave para ese padre es el hecho de que fuera uno de sus hijos mayores quien huyera con el alimento que hubiera salvado a la pequeña.

Solidario, en fin, se definía este escritor. Y no cabe menos que pensar así de un hombre que se puso como segunda piel la de los otros, la de una sociedad que él observaba callar agónicamente ante unos dramas a veces fatalmente venidos de una situación injusta. Pero por encima de cualquier pesimismo -al menos así lo intuí yo en aquel verano adolescente que hoy rememoro, y del mismo modo sigo intuyendo-, por encima de cualquier lamento desmoralizador, subyace el mensaje hondo, vibrante, que a todos ofrece este dramaturgo: siempre queda el coraje, el afán por terminar cuanto sus personajes comenzaron. 

Si queremos seguir creyendo que todo y todos aún tenemos solución, nada mejor que entender el canto valiente, generoso, que voces de nuestro tiempo nos continúan lanzando desde cualquier verano, porqué no, hambriento de vida.





 

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