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Don Basilio, sentado en su nuevo despacho, recordaba cuando esperaba a sus niños volver del recreo. El aula olía a lápices, a gomas y a sudor de niño; a libros, a carteras, a tiza y a pizarra: a inocencia. Despacio, el profesor bajó las persianas, pues el astro rey, a pesar del otoño, dejaba huellas de picor sobre la piel. Por el aire flotaba inquieta la humedad de octubre, cubriendo de terciopelo dorado las copas de los árboles. Las hojas crujían, se quejaban de dolor por su vejez irremisible. Cuando conseguían desprenderse de las ramas volaban liberadas durante un instante hasta acariciar el suelo para luego ser barridas por el viento. 

Desde su ventana, Don Basilio gozó mañanas como esta durante treinta años. Lejos, muy lejos, dormía el día en que cruzó el pórtico del colegio para entrevistarse con el padre prior. Treinta cursos de «buenos días, don Basilio», notando clavarse en sus entrañas las miradas nerviosas de sus alumnos al preguntarse quién sería aquel señor adusto, de cabellera cana e hirsuta, con quevedos sobre la nariz y terno oscuro animado por el paso plateado de la culebrilla asentada a ambos lados del chaleco. Treinta cursos viéndolos acomodarse en los pupitres, algunos encogiendo las piernas y encorvando la espalda, llenando segundos de silencio aterrador con su voz de trueno, anticipo de tempestad al identificarse como profesor de griego. Entonces las caras de los alumnos verdecían al intentar digerir la bola que les subía por la garganta, que iba esponjándose mientras intentaban bajarla con la poca saliva que les quedaba en la boca, con la lengua pegada a un paladar seco y amargo. Don Basilio intentaba por todos los medios suavizar la situación y al final siempre conseguía un curso ameno y aprovechado, pero los niños suspiraban al verse librados de él.

Había llegado su último día. Los años de docencia, los cursos, los seminarios y los exámenes le habían permitido conseguir una plaza en la Delegación de Educación. En cierto modo le atraía el cambio, aunque el trabajo iba a ser más cansado: viajes, entrevistas, conversaciones; en fin, salir de las cuatro paredes del aula y enfrentarse a caras nuevas. Todo un reto. Días después, don Basilio entró en su nuevo despacho: no era muy grande pero lo disfrutaría él solo, sin aquellos pares de ojos inmiscuyéndose en sus correcciones o en sus lecturas. Al fin podría decir en alta voz «qué solo estoy, qué bien estoy». Unos golpes en la puerta cortaron en seco la exclamación. Al abrirla, el profesor de griego sintió desbocarse su corazón, la boca se le secó, como a los niños, y la sangre se le volvió más cálida porque su cuerpo se humedeció cuando vio delante de él a una mujer de edad incalculable, impecable, sencilla, quien dijo ser su secretaria. Don Basilio, cuando se repuso del susto, estaba sentado en su sillón con un vaso de agua en la mano. No sabia qué le había ocurrido. Estaba vacío, como desinflado, con los huesos derretidos por ese calor interior que inexplicablemente aumentaba cuando pensaba en ella. Entonces intuyó por qué siempre fue indiferente a las mujeres, por qué incluso molestaba su presencia. Nunca supo ser amable ni con ellas ni con nadie. Nunca abandonó su vida casi monacal, discurriendo entre libros y sesiones de música clásica. Nunca se preocupó, según los otros, de vivir, mas había un detalle que pasaba desapercibido: él era feliz. No necesitaba nada más. Hasta que la vio.

Don Basilio andaba inquieto, no sabía cómo actuar ante ella. No tenía ningún amigo con quien compartir su angustia. Se contentaba con llamarla a cada momento sólo por verla aparecer con el bloc en la mano, mirar sus piernas. Cuando se iba, notaba cómo la estela de su perfume se estiraba para envolverle, para acariciarle. No podía seguir así. Debía hacer algo, insinuarle... pero ¿y si la ofendía? De pronto recordó algo que le hizo sonreír, mas no quiso seguir con aquella idea, pues una persona como él no podía creer en patrañas. Pero nadie tenía por qué enterarse si lo hacía con la suficiente discreción. Aquella tarde, al salir del trabajo se encaminó a los suburbios. Allí buscó la casa de una mujer extraña que se dedicaba a hacer preparados y demás cocimientos para la salud. Tras una vieja puerta, ascendía una escalera oscura, mugrienta y maloliente donde una cortina aislaba del mundo real el misterio de la superstición. Al entrar encontró a una anciana verrugosa frente a un caldero humeante removiendo su interior con una tibia, acompañada de un gato negro y un murciélago. Sin saludos, el profesor explicó el motivo de su visita. Ella con voz aguardentosa y aliento de menta exclamó: «Usted necesita un filtro de amor», y le entregó un papel. Don Basilio, sentado en su mesa acariciaba el remedio salvador. Tomó un vaso usado por él donde vertió zumo con un poco de aguardiente de manzanas, unas cucharadas de miel de rosas y unas lágrimas suyas. Ahora tendría que conseguir unas gotas de la sangre de su amada y añadirla al preparado junto con tres granos de sal de mar y un grano de trigo, hervirlo y hacérselo beber muy frío. La situación se le escapaba entre los dedos. Ofuscado no reparó en la delgadez del vaso. Cuando vio la mano teñida de rojo llamó a la secretaria. Ella, sin perder la calma, le atendió y con mucho cuidado, sin que él se diera cuenta, tomó un trozo de cristal con un poco de su sangre. Esa noche la secretaria hizo el preparado que don Basilio bebió sin saberlo al día siguiente. 

Pasado un tiempo se casaron y vivieron felices, aunque el profesor aún no acierta a adivinar cómo su secretaria se fijó en él si nunca llegó a prepararle el bebedizo. Y es que los hombres, algunos hombres, no terminan de crecer.







 

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