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Amadou Lamine, con la mirada entre avergonzada y arrogante, me dijo: “No olvide, señor, que hemos sido esclavos durante 300 años...”

Habíamos dejado Dakar hacía apenas una hora, después de recorrer a pie sus calles más importantes, plagadas de gentes, de ruidos, de suciedad, de destartalados e inimaginables vehículos que mezclaban sus broncos motores con sus no menos estridentes bocinas, sus interminables puestos de venta de todo lo imaginable (nunca nuevo, por supuesto), sus mendigos, sus casas a medio construir y a medio pintar, sus olores indefinibles con predominio de un amargo olor a carburo viejo... y estábamos, más tranquilos y aislados, en la isla de Gore, donde los cipayos portugueses, ingleses, holandeses y franceses (con la nada inestimable colaboración de los negociantes sin escrúpulo de África) habían centralizado el lucrativo negocio de la venta de esclavos africanos.

Llevaba tiempo preguntándome, mientras recorría los 80 km. de carreteras a medio construir entre Saly y Dakar, cuántos años necesitarían estos antiguos esclavos para acortar distancias estéticas y económicas con sus antiguos amos del primer mundo. Pero estaba llegando a la conclusión de que era posible que en algunos años, y siempre con unos administradores, no digo ejemplares, pero al menos no podridos, pudiera ser factible que la enorme distancia que hoy nos separaba se acortase de una forma drástica, pero albergaba y albergo grandísimas dudas de que las diferencias estéticas que nos separan fueran algún día a reducirse.

Y fue entonces cuando Lamine me sacó de mis elucubraciones metafísicas y me trajo de golpe a la realidad de África. Senegal, país de cultura, educación y lengua francesa, con un presidente que le dio la independencia y que fue uno de los escritores más prolíficos y profundos de la cultura contemporánea africana, académico de la lengua por la Sorbona, acuñador del término y de la poesía de la “negritud”, a pesar de sus casi 40 años de independencia y de sus buenos principios, sigue siendo un país de esclavos. Y ahora los cipayos no son tanto los colonizadores franceses u holandeses, ahora los negreros no son de tez blanca y pelo rubio o panocha, ahora los nuevos amos son los viejos amos del mundo: los políticos y los religiosos.

Faltaban apenas tres días para las elecciones presidenciales y Lamine me confesaba, enseñándome por otro lado ufano su carnet electoral, cómo no creía en los políticos, cómo el P.S. (Partido Socialista) que llevaba 20 años gobernando ininterrumpidamente su país dejaba al pueblo sumido en la más absoluta ignorancia y podredumbre; cómo el dinero (ese famoso 0,7 que aunque escaso para los ciudadanos del mundo rico va logrando establecerse como ayuda) que llega a su país desde el extranjero es ávidamente repartido entre los caciques de la política y del partido.

Evidentemente mi amigo Amadou, musulmán como el 90% de los senegaleses, nada quiso comentar sobre los amos religiosos de su tierra, sobre la poligamia establecida como ley coránica no escrita, pero asumida con proverbial facilidad por los machitos de la tierra, de la apabullante superioridad del varón y del miedo que la mujer senegalesa empieza a crear en una sociedad que quiere modernizarse sin saber qué hacer con sus políticos corruptos y con sus leyes injustas.

Al final, cuando ya habíamos recorrido la casa de los esclavos con sus distintas dependencias donde se engordaban a los hombres que no daban la talla para el viaje a las Américas, cuando nos habíamos perdido entre las callejas silenciosas de los antiguos fuertes y las casas de los negreros de la isla de Gore, ya en la amplia y sucia sabana africana, salpicada de casas a medio construir o a medio destruir, cerca del bosque de los baobab, que es el árbol milenario y el símbolo de este país, le pregunté a Lamine:

-Dime una cosa, Amadou, ¿tu crees de verdad que la mujer es inferior al hombre?

-Si te digo la verdad, señor, yo creo que no. Yo creo que es muy superior al hombre. A mí me dan mucho miedo las mujeres... 

(¡Pobre Amadou, símbolo y bandera de un pasado y un presente que se bambolea entre los antiguos y los nuevos, y no menos perversos y crueles, amos!)






 

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