Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Se dice que ninguna guerra ha traído nada bueno, que matar es malo, que la culpa es de los políticos, los generales o los poderosos. Se oyen palabras tales como inhumanidad o barbarie. El fenómeno de la guerra se achaca a la ambición, el odio, la intransigencia y también a la estupidez. Con estos pocos tópicos funcionamos la mayor parte de las personas. Con estas pocas ideas pretendemos haber zanjado el asunto. Otros, que presumen de estar concienciados -como si el resto fuéramos unos inconscientes-, deducen con claridad aritmética que los ejércitos son los culpables de las guerras.

Piensan que todo lo relacionado con el mundo militar huele a sangre, que el armamento está hecho para destrozar la carne mortal de los hombres y que las consignas, himnos, banderas, uniformes y, en general, todo lo que es significante en el mundo de las fuerzas armadas es una mentira con la que justificar el sacrificio de la vida humana y el empleo de la siempre injusta violencia.

Otros más piensan de otro modo. Ellos serían felices echando los tanques a la calle en el País Vasco, por ejemplo. También piensan que cualquier día los moros se lían la manta a la cabeza e intentan la reconquista de Al-Ándalus. Muchos piensan que un país sin ejército está a merced de sus enemigos e incluso de sus amigos. En fin, como decían los latinos, si vis pacem para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra). En lógica conclusión de lo anterior, la existencia del ejército es necesaria y, a veces, no solo su presencia sino también su actuación. Se piensa, con sensatez, que la guerra es siempre una posibilidad y que la preparación de la defensa es siempre una prudente actividad de los Estados.

Al margen de lo que piensen unos y otros, lo que todos vemos a diario en televisión son escenas de muerte y sufrimiento, niños huérfanos, abandonados, enfermos, sucios y tristes. Madres que miran sin mirar. Piernas, brazos, torsos, espaldas y cabezas quemados, desmembrados, sangrantes, infectados... Las imágenes hablan de personas mientras el locutor muestra mapas, describe estrategias y movimientos de tropa, cita a los dirigentes e informa del número aproximado de bajas, esto es, de personas que han encontrado muerte violenta en el transcurso de los sucesos narrados, y que, por tanto, ya no son activos en el escenario de la guerra.

Los que están contra todo lo que huele a militar ven estas imágenes y dicen: ¿Ves para qué sirven los ejércitos y las armas? Los que están a favor de la militarización ven las mismas imágenes y dicen: ¿Ves lo que nos podría pasar si no fuera porque tenemos un ejército que nos defiende? Los templados, los amigos del tópico y la ambigüedad, ven estas imágenes y dicen: ¡Qué barbaridad! ¿Cuándo aprenderán esos salvajes a vivir civilizadamente (como nosotros)? Y es que las imágenes no aclaran qué debemos pensar. De hecho la interpretación de lo sucedido es algo que sólo un artista de la fotografía o del video puede plasmar en la imagen misma. Pero el periodismo no es arte, sino reflejo de lo que hay. Un reflejo, eso sí, amañado según los criterios y valores de quien selecciona y enfoca la información. Y el manipulador de imágenes, ya se sabe, quiere impactar, conmover, captar nuestra atención. ¿Cómo? Pues mostrando el horror, un horror no interpretado, absurdo, vacío de sentido.

Nosotros, los que fagocitamos el horror televisado, interpretamos. Si escuchamos el miedo y la prudencia apoyaremos la existencia de un ejercito español que intimide a nuestros congéneres. Si escuchamos al corazón, al sentimiento, sentiremos horror hacia lo visto y hacia las causas de lo visto: el ejército, las armas, los poderosos y la miseria. Si escuchamos la razón... me temo que la razón no habla nunca.

Cuando hablamos de guerra , el papel de la razón se limita siempre a justificar lo sentido por las vísceras. El sentido común obliga a ello, pues la razón necesita trabajar poniendo entre paréntesis las pasiones que despierta lo televisado, lo cual parece ser una infinita crueldad. En efecto, ¿cómo no conmoverse?, ¿qué clase de hombre es el que analiza sin pasión la muerte y el sufrimiento de pueblos enteros? Los filósofos, estrategas, políticos, los que usan eufemismos tales como bajas o conflictos, cuando en realidad habla de muertos y carnicerías, son percibidos por el sentido común como gente desalmada. Parece que juegan, que hablan en teoría, que no se toman en serio lo que está pasando. Son, en efecto, monstruos.

Y sin embargo es necesario teorizar. Igual que la ciencia médica distingue entre enfermedad y enfermo, el sentido común debería distinguir entre guerra y horror televisado. Deberíamos ser capaces de usar el análisis del primero para luchar contra el segundo. Deberíamos pero nunca lo hacemos. Nunca. Como digo, la razón permanece inactiva en el análisis que todos hacemos de la guerra televisada. La razón se limita siempre, siempre, a racionalizar las pasiones encendidas, a saber, el miedo, el escándalo del horror, el asco.

Tal y como yo lo veo, nuestra sociedad opina descerebradamente sobre la guerra. El pacifismo radical y el regusto enfermizo por lo militar que presentan algunas tribus urbanas de jóvenes que todo lo traducen al tamaño de sus cabellos no hacen sino confirmar mi juicio.

Hablar con sensatez, hoy como siempre, es difícil. El enemigo está dentro de nosotros y se llama pasión. Pero quizás la sensatez está demasiado valorada, o quizás no. Yo no soy sensato, pero aspiro a serlo algún día. Me he propuesto seriamente pensar desde el pensamiento y no desde el corazón, el estómago o los genitales. Puede que mi propósito sea una barbaridad, puede que yo sea un monstruo. A veces creo que lo soy, especialmente cuando pienso en la guerra desde la razón y cuando leo los pensamientos de los filósofos que han hablado sobre ella. Parece que nos importa más la claridad mental que la vida misma. Después de todo, también usted, como yo, somos monstruos que perdemos el norte, que preferimos un paseo marítimo a una marisma, que matamos animales por deporte o espectáculo y que paseamos por la calle sin mirar a nadie, como si los demás fueran árboles de un bosque, obstáculos de nuestro solitario deambular.





 

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