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Hace ya algunas décadas, el matrimonio García Pimentel, compró un «Seat 127» color amarillo. Este era el segundo automóvil que estrenaba la pareja, por lo que la practica adquirida con el primero era toda una garantía para su disfrute; aunque, haciendo honor a la verdad, la Sra. Inés estaba mucho más puesta en su manejo que su consorte. El conducir, como todo en la vida, te tiene que gustar, y ella no hay duda, había nacido con esa predisposición, por lo que no hay más remedio que admitir que el llevar la afición en la «sangre» le hizo superar más de un contratiempo.

El «Seat 127», pese a ser un buen utilitario, tenía su «coletilla», precisamente en el cambio de marchas. Bueno, esto no es que lo diga yo, porque nunca he conducido ese vehículo, lo han comentado algunos usuarios, entre ellos, Pepe García Pimentel, que según manifestaba desde que lo adquirió, siempre le costó trabajo meter la «primera velocidad», no así le sucedió a su esposa que superó con habilidad este pequeño problema. La verdad es que a Pepe nunca le apasionó la conducción, pues siempre afirmaba que el someterse a esa aventura fue por ella. El era muy feliz con los transportes urbanos, y con ellos hubiese seguido hasta el fin de sus días, pero el «erre con erre» de más, lo lanzó irremisiblemente hacia el peligro, que aunque afortunadamente no lo sufrió en sus carnes, sí lo vislumbró en más de una ocasión, y no precisamente por su culpa, sino por la de ella, que era mucho más lanzada e irresponsable, todo hay que decirlo, ¡qué caramba! Precisamente el móvil que me induce a escribir hoy este breve relato no es otro que el problema del «Seat 127» de mis amigos, por lo que me dispongo a entrar en materia.

Una tarde, como tantas otras, en la que se disponían a dar un paseo en su lindo coche, Pepe una vez más luchaba lo indecible con la palanca de velocidad en la mano. Ante sus infructuosos intentos repetía con mal humor: «¡Nada, que no entra la primera!» Inés lo veía manipular, pero por no disgustarlo más no se atrevía a decirle nada, pero, viendo que se prolongaba el intento y Pepe no lograba introducir la palanca en su velocidad, no puede contenerse y acaba por exclamar con un dejo de ironía: -¡Chiquillo, la velocidad del coche tiene que entrar en su sitio, igual que lo que tú sabes y por vergüenza no te digo... -Ahora resulta que el defecto es mío y no del coche -contesta él-. -Yo no digo eso, pero veo que estás muy alterado, y a lo «Napoleón» y con esas «tembladeras» ¿cómo quieres tú, entrañas, que te entre la primera... Tranquilízate un poco e inténtalo de nuevo. Además, no es justo que quieras echarle toda la culpa al coche, porque yo también lo manejo y no me ocurre lo mismo. -Claro, porque tú eres muy buena conductora, te diré para que te calles.

-¡Ay, si el coche hablara!, cuántas cosas diría y no de mí precisamente. 

Pepe completamente fuera de sí, se baja del coche y le dice a ella: 

-Anda, superdotada, arráncalo tú. 

Inés toma el mando y no supo si por el estado de nervios que la dominaba o porque aflorara en la cara de él una sonrisa, lo cierto es que tampoco pudo meter la «primera». Pero no sería aposta, ya que al intentarlo nuevamente tampoco lo consiguió. Al fin, al tercer intento el coche arrancó bruscamente, producto quizás del clímax que reinaba en su interior.

Indudablemente, no hay nada más placentero que un matrimonio bien avenido al volante. ¡Que suerte que estoy aún soltera¡, y no será porque no tuve pretendientes, pero perder la libertad, ¡es algo muy serio.

Mi madre, por supuesto, no está de acuerdo con mí manera de pensar, ella preferiría que estuviese como mis hermanas, atadas y bien atadas a sus cónyuges, y total, para qué, para estar todo el día «dale que te pego», guisando, fregando y teniéndolo todo a punto. Esa vida no es para mí, yo solita, con mi buen sueldo, mi coche y la confortable casita, en la que admito a quien me da la gana. Si pudieran comprender lo plácidamente que me siento en esta tarde primaveral, escribiendo cosas que aunque no me incumben me distraen y, además, recién salido del horno».

Ayer lo pasé fenomenal con todo lo que me contó Inés sobre su «Seat 127» ¡Tendría material, no sólo para esta breve narración, sino para muchísimo más, pero el detalle que a Pepe la velocidad del coche no le entrara a la primera, me hizo gracia, y más contado por ella. Al final, me dijo muy seria: -Y no creas, Inmaculada, que mi marido el problema automovilístico lo tenga sólo con la palanca de marcha, cuando le da por meterse a mecánico «amateur», entonces ya ¡ni le arranca! Se me ocurre preguntarle:

-Me imagino que seréis socios de «AUDA», ¿no? 

-Naturalmente, mujer, si no, ¿quién crees tú que es el que al final nos salva...?





 

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