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Aquel día, tanto en el plató del Telediario como en los pasillos y despachos de la redacción, se notaba un ambiente raro. Los cámaras miraban a los de control y estos a los presentadores. Las caras de todos, mohínas y expectantes, reflejaban que algo gordo se cocía entre bastidores. Entre paneles y monitores, el editor bufaba mientras iba de un lado para otro y de un teléfono a otro. 

¡No puede ser -decía-, no puede ser! A ver, Jacinto... ¿Dónde se ha metido el cabrón del Jacinto? ¡Que alguien llame a realización! ¡Que llamen a Dirección!, ¡...y que llamen al médico de guardia! 

La tonalidad azulada, cianótica, de su cara reflejaba que el infarto estaba a punto de redimirlo de aquél y de todos sus problemas...

La cosa era bien sencilla: no había noticias. Aquel día no había ni una sola maldita noticia para componer el telediario. El corresponsal de Chechenia había efectuado su llamada habitual para decir que no había nada que contar, que no había muertos porque ya no quedaba nadie a quien matar. Tampoco mandaba el reportaje gráfico vía satélite porque sería el mismo enviado días atrás, es decir, unas tomas de edificios derruidos, caseríos arrasados y sin un muerto que llevarse a la cámara. 

Lo mismo referían los enviados a Kosovo, a Zinbabue, a Palestina... Tampoco había muertos en Sudán o Uganda ni demás países de África donde la gente morían de hambre. Se había conseguido erradicar el hambre por completo. Ya no había hambre ni gente famélica muriéndose a chorros ante las cámaras. Ni gente... Tampoco había gente. No quedaba ya nadie que pudiese morir de hambre en África.

En nacional ocurría otro tanto. Ni Pujol había hecho su habitual visita diaria a La Moncloa ni Arzallus había abierto la boca para llamar calzonazos a todo aquel que no fuera él. Tampoco los ministros habían prometido nada, ni un pantanito para Andalucía y ni siquiera un nuevo plan de estudios eliminando Matemáticas y Literatura. Tampoco se había cogido a ningún político o banquero llevándose los "pillones" a su casa. Por no haber no había ni siquiera la habitual matanza a tiros de escolares en Ohio o Connecticut. El culebrón de Eliancito se había acabado cuando el chaval fue llamado a filas e ingresado como Mariner en la USA Navy. Pinochet murió de puro viejo en su residencia de Santiago. El Bill Gates, junto con Botín y Villalonga, no eran noticias tras su retiro espiritual como cartujos. Y de fútbol, nada: no quedó ni un equipo tras la intervención de Hacienda, poco después de lo del «tocomocho» Anelka...

Y para colmo, aquel día ni siquiera habían subido la gasolina. Un desastre...






 

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