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LA VOZ DE UN LIBERAL

«Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin.»
Gregorio Marañón


Gregorio Marañón

Marañón fue médico, hombre de ciencia, investigador, escritor e historiador. Pero, sobre todo, era liberal. Marañón era liberal, con profundo, entrañable liberalismo. En 1946, al frente de sus Ensayos liberales, escribió estas palabras: «El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe sino ejercerla, de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir». Antes, en 1930, había escrito: «Conservé siempre por Pablo Iglesias la respetuosa admiración que me sugirió el primer discurso que le oí, siendo yo un niño, en el Frontón Central... Luego le vi cuando estaba muy grave, en su cama de moribundo, vencido; pero ungido ya de la serenidad inmortal que aún le rodea».

Gregorio Marañón y Posadillo nace en Madrid el 19 de mayo de 1887. Estudia en la Universidad Central, obteniendo matrícula de honor y premios extraordinarios en todos los cursos de su carrera de Medicina. Dotado de excepcionales cualidades de inteligencia, laboriosidad y austeridad, es asombrosamente fecunda y meritoria su labor educadora como catedrático de Endocrinología en la Universidad de Madrid.

En el Hospital General creó una escuela de epidemiólogos y, en 1931, funda y dirige el Instituto de Patología Médica, al que asimila la recién creada cátedra de Endocrinología. Doctor honoris causa de varias Universidades europeas y americanas. Miembro de número de las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de Bellas Artes de San Fernando, de Medicina, de Ciencias Morales y Políticas. Caballero de la Legión de Honor. Conferenciante asiduo en cátedras de incontables países, ya como especialista en Endocrinología, ya como historiador y ensayista literario. Su fama, tanto médica como literaria, traspasó las fronteras españolas, convirtiéndole en una de las personalidades intelectuales más relevantes de la época. Trabajó con entusiasmo en el grupo de los ilustrados «amigos de la República»: Ortega, Pérez de Ayala, Azaña, etc. Con el nuevo régimen ya instaurado, sus entusiasmos primeros se fueron debilitando. Con todo ello, pasó a ser uno de los pocos hombres-puente que intentó dar a la España de la posguerra cierta dosis de liberalidad.

«Como médico y bueno -escribía S. de Madariaga-, Marañón conllevó la emigración sin grandes penalidades materiales; porque eso de «los duelos con pan son menos» también se aplica a la emigración política».

Escritor de profundos conocimientos, de estilo depurado y de gran belleza, ha escrito numerosas obras de carácter científico y literario entre las que destacan: Biología y feminismo (1920), Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), su libro más difundido, Amor, conveniencia y eugenesia (1929), Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), Amiel. Un estudio sobre la timidez (1932), Raíz y decoro de España (1933), Las ideas biológicas del padre Feijoo (1934), Vocación y ética (1936), El conde-duque de Olivares, o la pasión de mandar (1936), Tiberio. Historia de un resentimiento (1939), Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda (1940), Luis Vives. Un español fuera de España (1942), Ensayos liberales (1946), Antonio Pérez. El hombre, el drama, la época (1947), Cajal. Su tiempo y el nuestro (1950), El Greco y Toledo (1956) y Las tres Vélez. Una historia de todos los tiempos (1960), póstuma.

Gregorio Marañón muere el 27 de marzo de 1960. Con él desaparecía la seguridad de una palabra ejemplar, oportuna y convincente. Pero este hombre tan apto para la comunicación y la irradiación era además un sabio, un hombre de ciencia.

El día 23 de marzo de 1947, apareció en el diario La Nación de Buenos Aires un artículo de Marañón titulado «Humboldt en España», en el que al referirse a la estancia en Cádiz del naturalista alemán, escribía: «Cádiz, claro es, le entusiasmó. Cádiz es divino. Todo lo andaluz -la humanidad y la tierra- en Cádiz es fino y noble, cosa no siempre fácil de lograr pero cuando se logra no se puede comparar en gracia con ninguna otra humana cualidad».

En el prólogo del libro Cádiz de las Cortes, del escritor gaditano Ramón Solís, Marañón escribía: «Corre por mis venas sangre gaditana, la de mi madre, que era por mitad italiana; y por mi padre, sangre montañesa; es decir, sangre de los grupos humanos que contribuyeron con su trabajo a la paz y al bienestar de la clara ciudad, tendida en la playa más abierta a todos los pueblos de cuantos hay en el mundo».

Con su sosiego velazqueño, entre melancólico y atento, Marañón, iba teniendo cada día conciencia más clara de sus posibilidades y su responsabilidad. Esto es, de su autoridad. Se contaba con Marañón, porque tenía prestigio auténtico, autoridad personal y una bondad cuyos límites costaba encontrar. Marañón era respetuoso y respetable.

Más que un liberal en sus ideas, Marañón fue un liberal en sí mismo, en su vida, en su conducta de hombre libre y obligado a la inteligencia, a la comprensión, a la justicia, a la solidaridad y al trabajo. Y por encima de todo, su ansia de libertad: «Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.»






 

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