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Detectar un agujero negro no resulta fácil y hasta hace poco parecía tarea imposible. ¿Cómo puede buscarse algo que sabemos de antemano que es invisible y que, además hace invisible a todo cuanto se le acerca?

Existen razones para creer que los agujeros negros se presentan muchas veces como parte de un sistema binario de estrellas, en el que la otra componente sí que es visible. La atracción del agujero negro provoca en su compañera una especie de marea cósmica, arrancándole girones de gases de sus capas exteriores, formando, a veces, una especie de puente incandescente entre ambas. Naturalmente, todas las moléculas que componen ese puente acaban por precipitarse en torbellino dentro del agujero, continuándose el proceso cada vez con mayor ímpetu. 

Como un monstruoso parásito, la estrella invisible va consumiendo a su compañera y engradeciéndose a sus expensas. A velocidades altísimas, las moléculas de gas chocan unas contra otras, aumentan enormemente de temperatura y, antes de hundirse en el pozo hacia el que son arrastradas, emiten potentes estallidos de rayos X. Esas emisiones son uno de los dos indicios que pueden delatar la presencia del agujero negro. El otro es la aparición de ondas gravitatorias, similares a formidables ondas de choque a nivel galáctico, pero su detección es mucho más dificultosa, hasta el punto que todavía no ha sido posible identificar ninguna con absoluta seguridad.

El telescopio Hubble, a raíz de que en 1993 se le corrigiera la miopía con la que había nacido, ha aportado datos de casi todos los fenómenos estelares, entre ellos, como no podía ser menos, de los agujeros negros. El perpicaz ojo del telescopio, instalado en órbita baja (unos 600 km.) alrededor de la Tierra, evidencia su existencia y confirma que en 1999 encontraba agujeros negros a la deriva.

En tanto prosiguen los estudios del Hubble, podemos decir que se conocen varios puntos del firmamento que parecen albergar un agujero negro. El más probable, casi seguro, es Cygnus X-1, una gigante azul a 8.000 años-luz de nosotros. A su alrededor gira «algo» de masa por lo menos superior a la de tres o cuatro soles, que es origen, además, de una potente emisión de rayos X: ni más ni menos que el cuadro de síntomas típico de un agujero negro.

Otro candidato es Epsilon Aurigae, treinta y cinco veces mayor que el Sol, que se ve eclipsada cada veintitrés años por otro objeto invisible, de masa equivalente a la de veinte soles. En total, cada eclipse dura setecientos días; durante la mitad de ese tiempo, la estrella invisible devora, literalmente, más del 50% de la luz que emite Epsilon Aurigae.

Una teoría afirma que todo el centro de nuestra galaxia (invisible desde la Tierra) está absorbido por un gigantesco agujero negro. De ser cierto, es sólo cuestión de tiempo (millones de años) el que se expanda y llegue a abarcar toda la Vía Láctea, incluido nuestro modesto planeta. Todo cuanto conocemos, tierras, océanos, animales y plantas, se vería reducido a unos pocos metros cúbicos de neutrones densamente empaquetados en las profundidades de una de estas fantasmagóricas estrellas.






 

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