Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Tuvimos que crear nuestra propia banda antes de proponernos la aventura. La Loli sugirió el nombre de la Banda de la Rana Verde, pero, ante la ingenuidad de su propuesta, se salvó la mía, más acorde con nuestras futuras actuaciones. Así pues, el grupo funcionaría bajo el nombre de Banda de la Rana Roja, por aquello del color de la sangre. Con el entusiasmo que me caracteriza, me nombré capitán, pues para eso era un chico. A la Loli la nombré teniente y este nombramiento le gustó sobremanera.

Quedamos en vernos a las siete menos cinco, dentro ya de la iglesia, escondidos entre los bancos. A las siete, las beatas se habrían dado los últimos golpes en el pecho y el señor cura cerraría las puertas.

A partir de ese momento la iglesia quedaría a nuestra merced. Dejaríamos transcurrir un tiempo suficientemente largo para sabernos a salvo de cualquier sorpresa. Entonces la Loli encendería la linterna y con pasos mesurados nos dirigiríamos ante el altarcito de San José, repleto de flores. Acuciados por nuestro deseo de aventuras tomaríamos la imagen del Santo y lo dejaríamos en el suelo. La Loli besaría el manto del Santo y haría la señal de la cruz, pidiéndole perdón por el secuestro a que le someteríamos. La Loli escondería la imagen en su casa, dentro de la cuadra donde dormía el caballo, bien protegida con una amplia sabana.

 -¿Tú crees que si pidiésemos un rescate nos iban a soltar el dinero?
 -¡Pues claro, tonta! Cuando el pueblo sepa de su desaparición se pondrán todos a una para recuperar la imagen -respondería yo.

Lo de los mecanismos oficiales que seguirían al trámite lo había escuchado yo mil veces en la radio y era cosa santa. Que funcionaba, vamos. Con sólo pedir dinero, la policía y los poderes gubernamentales se ponían todos a una para resolver el asunto.

La Loli creía en mis afirmaciones.

 -Pediremos mil duros -le informé-. No es cosa de pedir fortunas, sino de ganarnos un prestigio. Si empezamos con mil duros, en la próxima aventura podemos pedir la luna.

Las cosas irían así. El dinero lo aportarían entre cuatro beatas. Deberían entregárnoslo dentro de un sobre y colocarlo en el cubo de la basura de la plaza del Ayuntamiento.

Con aquella aventura la Banda de la Rana Roja empezaría sus andanzas. A partir del primer éxito nuestras demandas irían creciendo y nuestro prestigio con ellas.

A las siete menos cinco, la Loli y yo nos colocamos bajo los bancos. Las beatas nos miraron como si dudasen de nuestra religiosidad. Algunas fechorías cometeríamos, sospecharon, porque yo, Juanito y la Loli teníamos bien ganadas sospechas de indeseables.
Cuando el señor cura cerró las puertas y quedamos solos, en el silencio de la iglesia la Loli preguntó si no estaríamos pecando y si valía la pena condenar la eternidad por mil insignificantes duros.

 -Tú estás tonta -le dije-. No es por mil duros de nada que vamos a secuestrar a San José. Es para que el pueblo nos tenga respeto.

La Loli se tragó unas lágrimas. Yo bajé la imagen del pedestal. Pesaba como si en vez de yeso hubiese sido moldeada con acero.

 -Ahora conviene no movernos. El más pequeño de los ruidos nos delataría y el señor cura nos daría un buen tirón de orejas.
 -Vale -respondió mi teniente.

Deberíamos esperar el nacimiento del día, cuando el señor cura abriera de nuevo las puertas para la primera misa. No abriría antes de las seis por lo que la espera sería larga. Por eso propuse descansar un rato. La Loli se tumbó bajo los bancos y yo la imité. El suelo era incómodo; seguro que no nos alcanzaría el sueño. Con tan duro suelo decidimos sentarnos en el banco. Cogidos de las manos sentimos el placer de ver correr el tiempo. ¡Qué larga se presentaba la noche! ¿Llegaríamos a conciliar el sueño?

En la quietud de la iglesia sentimos cómo temblaban los pórticos y cómo se dolían las bisagras. La Loli se hacía la dormida, aunque yo sé que dormir era pura fantasía. Tanto silencio a nuestro alrededor nos llenaba de miedo; por esto nos dábamos fuerza con nuestras manos, cálidas y complacientes.

 -¿Estás bien? -le pregunte.
 -Tengo pis -respondió mi teniente-. Tengo tanto pis que no podre aguantar.
 -No pienses que tienes pis y no lo tendrás.

Suspiró, pero a los pocos segundos volvió a la carga.

 -Sigo teniendo pis. No puedo retenerlo.

Aunque habíamos previsto algunos problemas, como el de tener hambre o sueño, no habíamos pensado en aquello tan normal. Ante tan evidente necesidad sólo cabía una fácil solución. Cuando la Loli la escuchó lanzó un grito.

 -No voy a mearme en la iglesia por más que me lo ordenes -se rebeló.

Pero la Loli, por más fuerza de voluntad que tuviese, no pudo con el pis y a escondidas dejó que susurrase entre las losas.

 -Ahora estoy mejor -me informó-. Pediré al Santo que me perdone.

La Loli no podía sujetar la lengua y empezó a contarme cosas de su vida: lo de papá que siempre la reñía y de mamá que también la reñía siempre.

 -Mi vida es un asco, Juanito. Cuando sea mayor me iré por esos mundos a crear mis propias vivencias.

Sentí que sollozaba. Enternecí la voz.

-Cuando seas mayor tú y yo nos casaremos -le propuse.

Fue entonces cuando entraron en la iglesia, desde la sacristía, el señor cura, los papás de la Loli y alguna de las beatas que nos habían visto. La iglesia se iluminó; salieron de la oscuridad las imágenes de Santa Rita, con ojos amenazantes y, al fondo, la dulce imagen de la Madre con el Niño en brazos.

 -¿Qué hacéis aquí? -rugieron los padres de la Loli y, al decirlo, amenazaron con el obsequio de unos bofetones.

El señor cura dijo que allí no se abofeteaba a nadie, que se bastaba él solo para hacerlo.

Entre la gente distinguí a mi padre, lleno de ira. Los padres de la Loli y mi papá nos prometieron una buena sacudida apenas llegásemos a casa.

Cuando el señor cura se percató que la imagen de San José no se encontraba en su pedestal sino en el suelo, lanzó un grito que debió cruzar todo el pueblo.

 -¡Macarrones! -gritó. Nunca daba una maldición superior a aquella. -¿Qué pensabais hacer con nuestro Santo?

La Loli fue la que habló.

 -Queríamos sacarle el polvo -mintió con descaro.

El cura no pudo contener su ira y nos dio los bofetones que no nos habían dado nuestros padres.

 -A mí con historias...

Salimos hacia la calle, cabizbajos y vencidos. En la calle nos esperaba el resto del pueblo.

 -¿Qué fue? -preguntaban.

Yo me hice el gallito.

 -Son cosas de la Banda de la Rana Roja -informé.

El tumulto fue creciendo. Me sentía humillado y héroe a la vez. La Loli lloraba como una tonta.





 

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