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Ese desfasamiento de esta vida de hoy puede ser lo mejor y lo peor, que suele ser siempre lo más bello pero no por eso lo más cómodo.

El desfile maravilloso, ya, estos días, de los niños, azucenas fantásticas que van a ponerse por primera vez en contacto con nuestro Dios, seguramente cubrirá cada día de fiesta de estos meses primaverales muchas de nuestras ciudades, porque van a recibir la Primera Comunión. Ellos se enterarán de «cosas» nuevas de su vida y de su alma, de esa hermosa religión nuestra que es la del amor... Y que también es la de la humildad; precisamente por esto último.

Y junto a las hermosas enseñanzas religiosas, van a vivir el carnaval social de una montonada de regalos excitantes que les sacarán de sus casillas, y la visita constante de las amistades invitadas, que a lo mejor los apartan de su necesidad de vivir el amor de Dios, más que nunca en estos días. Como que hasta las autoridades eclesiásticas tuvieron que intervenir muchas veces, en este sentido. Porque se ha dado el caso de que la realidad, la mayoría de las veces, fue ésta que escuchamos de una madre: «Hija! Es que llevamos tantos miles de duros gastados (y aquí la cifra impresionante) que vengo a pedirte que me prestes el rosario; total es sólo para llevarlo un momento, mientras dure la ceremonia.»

¡Qué verso más bonito, más del alma, podría tener el rosario tuyo, el rosario albo, de tu Primera Comunión!

Y este niño tiene que sufrir una ambivalencia afectiva de un amor de Dios lleno de estrellas, y el de su hogar en el cielo, tan bajo, tan de la tierra. Y la cosa se acrecienta cuando desde su menor edad, le hacen Comulgar, antes de tiempo, con sus hermanos o primos: «Está tan alto que llevándose meses parecen gemelos.»

Pero si esto no es problema de alturas, ni estaturas, de olvidarse de la sensibilidad psicoafectiva que es y que cuenta haciendo que el niño tenga que soportar un precoz y lamentable complejo de culpabilidad.

Y todo tenia sabor de tierra amarga cuando oímos la voz de aquella madre llena de supersticiones: «Mira que comulgar el día 13, ¡qué ocurrencia!»

Por un lado Dios con su justicia, su paz, su equidad; y por el otro la sin razón supersticiosa del número 13 ¿es posible?

Cuánto tienen que sufrir los oídos y ojos siempre abiertos de estos niños y echar de menos la voz de oro de aquélla otra madre que dijo lo «otro».

Y la cosa toma altura cuando los padres (o lo que sean) claman convencidos y seguros: «Nosotros le damos más de lo que él se merece, ¡vaya Comunión que le hemos hecho, ya puede estarnos agradecido!

Pero la Comunión, ¿fue para vanidad suya, o para el amor y el cumplimiento católico de su hijo?

¡Qué maravillosas las palabras de Dahmel: «Si tu padre te habla del deber filial, no obedezcas.» No te aceptamos niño «bueno», del «amo absorbente o de la autoridad tiránica.» Te queremos con iniciativa ¡libertad! Autoconciencia, «más pájaro que flor.» Te queremos recibiendo la caridad infinita del amor, sin deberes ni esclavitudes. Tal como eres, con tus piernas flacas y tus negativismos. Porque queremos ayudarte a corregir tus defectos, humanos como los nuestros, te queremos así y siempre más. Sabiendo, desde luego, que en el sentir no está el consentir, ni mucho menos, pero que en el consentir, otras veces, seguramente pocas, sí que puede estar el sentir...

Tu vida está llena de tareas y trabajos y horas de inquietudes y agotamientos agobiantes y angustias infinitas, ante un mundo que te va llegando por sí mismo y por desconocido. Por todo esto seguimos pidiendo, para ti, caridad de amor, de comprensión de amparo, de saber hasta dónde y de conocer hasta cuándo y cuánto; de no herir, de conseguir que ante ti llegue el cielo en ese hogar tuyo de techo tan bajo.

Y para que todos lleguen a enterarse de una VEZ Y PARA SIEMPRE, DESENGAÑARSE, de que el reloj de ORO NO ES, NI MUCHO MENOS, EL QUE MARCA LAS MEJORES HORAS...





 

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