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Teatro de Las Cortes en 1810Desde aquel memorable 24 de septiembre de 1810 en la Isla de León, en el que 104 diputados, bajo la siniestra mirada de un ejército enemigo, poderoso y cercano, se constituían en las primeras Cortes extraordinarias y generales de la Edad Contemporánea de España y América, la augusta Asamblea ha iniciado su difícil periplo liberal, como jamás hasta entonces se había hecho en representación de un pueblo al que ahora se le ofrece asumir nada menos que la soberanía nacional.

En la vieja Casa de Comedias isleña, ese puñado de hombres, en calidad de suplentes, representando a ciudades, provincias y reinos de ultramar y la península, se han puesto «manos a la obra» para dar a la Nación, sin rey legítimo, la soberanía de decisiones políticas; la libertad para expresar sus ideas, la definitiva igualdad, como españoles, de aquellos que viven más allá del Océano con los que viven en la península, sede de la metrópoli. Son cinco meses de intensísima labor, en sesiones agotadoras de mañana, tarde y noche, forjando el futuro de un vasto imperio, al propio tiempo que dando armas y recaudando caudales para expulsar al invasor bonapartista de todo el territorio nacional. Ahora, sólo la Real Isla de León y Cádiz constituyen la España libre: el resto es tierra conquistada, con un rey extraño, nombrado por el gran tirano de Europa, que extiende sus dominios desde Finisterre hasta Varsovia, desde Hamburgo a la Calabria.

Pero la evolución de las operaciones militares bonapartistas son cada día más angustiosas para los asediados, lo que no podrá, por menos, que provocar la búsqueda de un nuevo emplazamiento más seguro, no tanto por el alejamiento del enemigo, sino porque en el caso de ser inminente el peligro, sea el mar, el gran Océano, quien permita la huida hacia un puerto libre de la otra España, América, donde mantener a la Nación constituida en Cortes y seguir legislando para regir con espíritu liberal su nuevo destino.

Oratorio de San Felipe Neri,Será un diputado americano, José Mejía de Lequerica, quien, en la sesión del 19 de enero de 1811, insista ante la Asamblea para que se trasladen a Cádiz las Cortes, donde se dispone de puerto, buques y la fervorosa adhesión de la ciudad a las tareas legisladoras liberales. El 20 de febrero, en la Isla de León, tenía lugar la última sesión de las Cortes, que pasarían a la historia como «Cortes de Cádiz». Días después, el 24, en el Oratorio de San Felipe Neri, se iniciaba la primera sesión de las Cortes puramente gaditanas. Las últimas palabras en la Casa de Comedias habían correspondido a D. Joaquín Lorenzo Villanueva, poeta, historiador y eclesiástico, diputado por el Reino de Valencia, quien dijo:

«Señor: A pesar de los desastres y horrores de esta guerra, ha tenido nuestra monarquía desde su origen pocos días más plausibles que el de la instalación de estas Cortes, día en que acaso por primera vez se presentó España al mundo sentada en el trono con todo el esplendor de su majestad y grandeza, armada para su defensa de justicia, de honor, de esfuerzo y de constancia, pronta a sacrificarse por la religión santa, por su amado rey, y por su propia independencia; intrépida entre los mayores peligros, confiada en que vengará los ultrajes hechos a su dignidad y a su piedad el Dios de los ejércitos. Digno es del decoro de V.M. que se grabe este glorioso acontecimiento con caracteres indelebles, que eternicen para consuelo y alivio de la nación en las edades futuras. Al paso que la vil adulación, para afrenta del género humano en la persona de Bonaparte, erige monumentos públicos a la irreligión, a la rapacidad y a la perfidia, esculpa V.M. en bronce, en mármoles, este brillante rasgo del honor nacional para estímulo de las virtudes patrióticas de España que han excitado la admiración y la envidia del mundo, y mientras el tirano en el frenesí de su ambición aspira a convertir en monumentos de gloria aquellos mismos lugares que han sido teatro de su torpe y mortífera exaltación, V.M., impelido del honor y de la virtud, eternice con una digna memoria este dichoso recinto, donde por primera vez se ha congregado el pueblo Español a abrir los cimientos de su verdadera grandeza y prosperidad. No se arruine ni se desmorone, Señor, este edificio que ha levantado a tanta gloria vuestra monarquía, ni menos decaiga de su dignidad, destinándose otra vez a diversiones públicas el que ha llegado a ser templo de la patria. Por el decoro, pues, de la nación Española, por la grandeza de V.M. que la representa, por la salud del estado que ha comenzado a tratarse dignamente en este recinto, imploro la generosidad del augusto Congreso para que se digne aprobar la proposición siguiente:

En el caso de que los dueños de este edificio lo cedan generosamente a la patria, o convengan en ser recompensados por otro medio, sea en adelante una de las fincas de la nación. Adórnese su fachada sencillamente, colocándose en ella esta inscripción: ESPAÑA LIBRE, 24 DE SEPTIEMBRE DE 1810"

Y terminaba Villanueva pidiendo se encargara la custodia del edificio al Departamento Marítimo, para que en su recinto «se celebren los exámenes y distribución de premios de los jóvenes que han de defender a la Patria, y tengan su corte los Capitanes Generales en los días en que solemnicen a la nación...». Y que «cuando recobre la Patria su libertad, se erija en su seno un templo dedicado a Nuestra Señora en gratitud a la especial protección que por su medio le ha dispensado Dios en la presente guerra».

El 24 de febrero, ante la gozosa expectación del pueblo de Cádiz, el Presidente de las Cortes, Don Joaquín A. Pérez y Martínez Robles, diputado por Puebla de los Ángeles, cuyo padre era originario de la ciudad libre, abría la sesión con un encendido discurso en elogio de unas Cortes que nada tenían que ver con aquellas pasadas convocadas por «soberanos desgraciados, cuya solicitud por el bien de los pueblos era casi ninguna...»

Todos aquellos diputados, afirmó el orador, eran honrados, honorables y austeros, pues no de otra manera podía entenderse su estancia en unas Cortes «instaladas sobre una roca erizada de baterías, sostenida por bayonetas...». En la ciudad de Cádiz.

«A Cádiz, Señor, a Cádiz debía venir V.M. con preferencia a otro cualquier punto -dijo a diputados y autoridades-; dígolo así, porque siendo Cádiz la hermosa ciudad que hasta ahora no se ha mancillado con la huella enemiga; siendo Cádiz el puerto anchuroso que almacena todas las preciosidades del universo, país de la abundancia, país de la riqueza, y por fin el pueblo leal y generoso que tantas ofertas tiene hechas por el bien de la patria...» «¡No veo muy lejos el día en que todas (las ciudades de España) puedan decirle: tus socorros nos han salvado!» (...) «Cádiz, patria dichosa de mis mayores... no me dejará mentir si en su nombre aseguro a V.M. que, como haya de nuestra parte todo el tesón del verdadero patriotismo y la recta administración en todos los ramos del Gobierno, tendremos soldados que hagan la guerra, tendremos dinero para continuarla, tendremos la dicha de ver entre nosotros al verdadero rey que deseamos...»

Cortes y Cádiz serán, desde ese día inaugural, cuerpo y alma; indisolubles...





 

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