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Para mí ya todos los días serán siempre iguales, grises y melancólicos.

Quisiera amodorrarme y, en el regazo infinito del amanecer, liberarme de un presente desesperanzado que agita y perturba las lentas horas que tengo que vivir.

Desde el momento en que en mis ojos se adentran en la luz del día el temor y desaliento se apoderan de mí. Son pensamientos disparatados y trágicos, y, sin embargo, repletos de una realidad ineludible que me acobardan y no me dejan reaccionar.

Ni yo misma puedo comprender por qué ahora que tengo a mi hijo conmigo, y pienso que será para siempre, vivo en perenne sobresalto y, sobre todo, me destroza la incertidumbre de no saber si habré arruinado su futuro para siempre. A Quique me lo arrebataron de mi lado ilegalmente, y entonces, acobardada por mi desesperada situación, no fui capaz de rebelarme. Pude comprobar al poco tiempo que todo fue orquestado previamente. ¿En qué aturdimiento me vería sumida cuando no supe defender el derecho que tenía como madre, que por mi torpe actitud perdí todos mis derechos? Con el tiempo y una enorme desesperación no me quedó más solución que tomarme la justicia por mi mano. Con todas las consecuencia que este arranque impetuoso pudiera acarrearme años más tarde.

Nada transcendental sobresalió jamás en mi vida, excepto el nacimiento de mi hijo que me envolvió en una felicidad inenarrable y maravillosa, que de tan profunda sabía que no podía durar. Esa dicha, tan efímera y transitoria, me llenó de confusión y acabé por sentirme humillada por lo poco que he significado como ser humano. Nadie fue capaz de ayudarme para defender mis derechos de lo que era legítimamente mío. Me vi sola ante la justicia que arbitrariamente me denegaba la custodia de mi hijo, cuando su padre me aseguró entonces que siempre la tendría.

Todo esto sucedió hace ya varios años, cuando trabajaba como costurera en la casa de un notario de mucho prestigio y dinero, y en donde yo era un número más de la servidumbre, que era más numerosa que los componentes de la familia misma.

El cuarto de costura estaba situado en una espaciosa habitación, repleta de sol, en la que yo solía canturrear entre puntada y puntada. Sin más futuro que este, disfrutaba de aquella primavera cálida sin mayor contratiempo, hasta que un día inesperadamente todo cambió.

El señor y dueño de aquella casa era para todos don Justo. Un hombre esbelto, atractivo y sobre todo un gran seductor. En la misma medida se le podía tachar de despótico e inmoral; hombre más egoísta que él no he conocido en toda mi vida.
Tengo que reconocer, sin falsa modestia, que yo fui una hembra espléndida que atraía a los hombre nada más mirarme, y también tengo que confesar, con extrema amargura, que tanta perfección y hermosura fue la mayor desgracia de la que Dios me pudo dotar.

Todavía recuerdo aquel día ya muy lejano en que este miserable entró en el cuarto donde yo estaba, buscando a la costurera que no conocía, para que le cosiera un botón de su chaqueta que por descuido de su mujer lo llevaba colgando, algo intolerable en una persona que no tenía nada que hacer; estas fueron las amables palabras que tuvo para su cónyuge.

Nunca podré olvidar el descaro vergonzoso de aquella mirada. Fue a partir de entonces cuando el temor, la turbación y sobre todo la inquietud acabaron con mi aplomo y sosiego. Mis horas y mis días ya fueron diferentes. Mi incapacidad de rechazarle me desestabilizó para convertirme en una persona sin voluntad y que además le temía hasta detestarle. Y, si no hubiera sido porque vivir mal a nadie le causa placer y el poderoso dinero atrae, no hubiera ocurrido todo lo que sucedió después.

No tuvo que pasar mucho tiempo -aunque yo creo que me resistí cuanto pude- hasta admitirle regalos que no presagiaban nada bueno. Meses después, y con mucha seguridad y poco tacto, me dijo que no llegaría muy lejos dándole a la aguja todo el santo día. Pensaba sin equivocarse que la vida mediocre que llevaba no podía satisfacerme de manera alguna. Y abiertamente y sin preámbulos me habló de un apartamento que tenía muy confortable donde podía comenzar una vida nueva.

Con toda sinceridad, la oferta que me hacía me sedujo desde el primer momento y, aunque estaba segura que no era por generosidad a mi persona, no me paré a pensar en las consecuencia que me traerían después. Si hacia un balance de lo que el me dio y lo que yo perdí, fue sin duda la peor idea que pude tener a lo largo de toda mi vida.

Todo un mundo de contrariedades e infaustos momentos se pueden resumir desde el día aquel que me propuso adoptar al hijo que tuvo conmigo. Deseaba darle su nombre para que el niño tuviera un futuro próspero y holgado, aunque siempre aceptaría que estuviese bajo mi custodia.

No sé cómo convenció a su mujer ni qué le diría para que aceptara la presencia del chico, eso en verdad no me importaba gran cosa, pero sí que a Quique, que pasaba al principio un día a la semana con ellos, cada vez lo reclamaba más y más.

Me fue convenciendo, primero con súplicas y después con grandes sumas de dinero -qué yo lo aceptaba como una medida de seguridad por si él me dejaba-, para que al chico lo pudiera tener más a menudo. Después me amenazó con quitarme la casa y todo lo que me daba si no lo dejaba llevárselo de vacaciones. Poco tiempo después el colegio tenía que ser el mejor, y era más acertado por el bien de Quique que pasara toda la semana con ellos, por el ambiente en que ya se desenvolvía, que era incomparablemente mejor al que tenía conmigo.

El desasosiego me consumía. Veía con verdadero terror cómo este hijo mío, que era lo único que tenía en este mundo, me iba siendo arrebatado de manera solapada y sin que yo pudiera decir basta. El tenía todo de su parte. Con sus influencias y su dinero no tardó en poner en marcha la forma legal para quedarse con mi hijo, sin que yo pudiera retenerlo alegando que yo era su madre y me pertenecía.

El día que un abogado vino a verme para que firmara unos papeles en lo que constaba que yo no era capaz de cuidar a mi hijo por la vida tan desordenada que estaba llevando, me hundí por completo, porque sabía que lo tenía todo perdido.

Y, desde luego, nada de lo que hice después me ayudó a recuperarlo. Me atiborré de pastillas para los nervios, que mezclaba con tragos de alcohol, que me atontaban por completo. Así pudo afirmar ante un tribunal sin mentir que la pobre criatura tenía una madre alcohólica que estaba arruinando la vida del niño. La desesperación e impotencia no me dejaban discernir con claridad de lo que sería capaz y hasta dónde podría llegar. El odio me devoraba por el mal que me estaba haciendo. Mis sueños eran sólo pesadillas que conspiraban con mi dormida conciencia nutriéndose de abominación y desprecio.

Y así fue cómo, sin saber de dónde sacaba la fuerza, me presenté un día en el colegio. Llegué una hora antes que llegase la chica de servicio a buscarle y me presenté en el despacho del director. Le dije que venía a buscar a mi hijo una hora antes que de costumbre porque me iba una larga temporada para una cura de nervios y quería despedirme del niño y estar con él un rato más largo. No sé cómo fueron dichas estas palabras que conmovieron a ese señor. Fue una petición tan legitima y le pareció tan sincera que me lo dejó llevar.

A partir de ese momento, y lejos de la ciudad en que vivía, estoy con mi hijo huyendo siempre. Tiemblo que me encuentren y se lo vuelvan a llevar. Y a pesar de que soy feliz teniéndolo conmigo, me oprime el remordimiento de haberle quitado la oportunidad de que algún día llegara a ser alguien importante. ¿De qué forma me reprochará mi hijo el día de mañana el haberle alejado de un mundo que le ofrecía todo? A cambio le estaba dando una vida penosísima. Le inculcaba rencor y odio contra esa sociedad que tanto me humilló y me aniquilara tan injustamente...





 

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