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El todo terreno verde y blanco de la Guardia Civil se adentraba lento y cauteloso por la pista forestal que, naciendo en la carretera general, se estiraba por entre el frondoso bosque de pinos. La luna llena, desde lo alto, iluminaba con luz de plata la fría noche de inocentes.

Silencioso junto al chófer, el sargento. En el asiento trasero, un joven, también de uniforme, recién incorporado al cuerpo, sostenía en sus manos, sobre las piernas, una carpeta a la que, en su portada, habían rotulado con tinta roja: “Libro de atestados”.

Hacía un rato que dejaron atrás la cerca que separaba lo público de lo privado y a lo lejos veían ya, entre luces y sombras y rodeada de pinos, como centinelas en formación, la silueta del viejo caserón. Era de piedra, fortificado, de planta cuadrada y rematado de almenas. En la fachada sur, la principal, se alzaban dos torres recias y misteriosas. El sargento fijó su vista en la única luz encendida junto a la puerta. Miró al chófer y le ordenó que bordeara el gran lago situado frente a la entrada y allí detuviese el coche. Una vez apeados, el novato pulsó el timbre que oyeron sonar ronco en el interior.

La casa era grande y el sargento supuso que la tardanza en abrir se debía a que la única sirvienta estaría atendiendo a su amo, o al doctor.

Fue éste quien, una hora antes, se había puesto en contacto con el cuartelillo y alertó de lo sucedido.

Unos minutos después, la enorme puerta maciza, de madera de roble, se abrió lenta y pesada, haciendo chirriar sus goznes, con un sonido estridente que rompió el frío silencio de la noche.

- Buenas noches. Dijo el sargento.

- Buenas noches. Respondió, educada y respetuosa, la sirvienta.

- Pasen, síganme. Continuó ella. Y comenzando a andar, añadió: es horrible, ha sido espantoso, el señor está destrozado.

Lenta y ceremoniosamente, el sargento y el joven guardia siguieron a la sirvienta, bordearon el jardín interior, resonando sus pasos firmes por el claustro solitario. En el lado opuesto a la puerta por la que habían accedido al caserón, la enorme escalera de piedra les conduciría a la planta superior. Todo el interior estaba pobremente iluminado y el joven guardia civil descargaba la tensión a través de sus manos que apretaban exageradamente el libro de atestados.

El señor vivía allí desde hacía muchos años. Ya viejo y solo, su única compañía era la sirvienta. Todo el día pendiente de él, dormía en una pequeña casa, mal acondicionada en el lugar que antes fueron las cuadras, adosada a la fachada norte, con acceso directo a la vivienda principal por una abertura que practicaron en la muralla cuando hicieron las obras de reforma.

Había vuelto el señor, solitario y rico, de Cuba. Se instaló en aquel lugar que antes habían habitado sus antepasados y allí, retirado, sin apenas acudir a la ciudad, pasaba sus días a solas con los libros. Con el paso del tiempo, fue cerrando habitaciones y salas, bibliotecas y despachos, respetando tan sólo el gran comedor, donde le gustaba cenar al poco de anochecer.

En el piso superior, las obras de reforma fueron profundas. En su dormitorio, corrió paredes, modificó, mejorando, la instalación eléctrica y abrió una puerta para comunicar la alcoba contigua en la que construyó un vestidor, un cuarto de baño y su estudio con chimenea.

Aquella tarde de inocentes no hizo nada anormal, paseó con el último sol, tomó en la cocina, como todos los días, el café con bizcochos que en silencio le preparaba la doncella y sintió, como siempre, los ojos de aquella chiquilla que le observaban respetuosos. Subió a su estudio y allí leyó y escribió. Al rato, y tras ordenar los papeles de su escritorio, se acercó a la chimenea, avivó el fuego y, sentado en su vieja butaca perdía la vista en las llamas y el humo y dejaba que su pensamiento le llevase a los años de La Habana, años de juventud dura pero aprovechada, años de ron y azúcar, años de cruenta revolución que él supo pasar sin involucrarse, acallando los gritos de su sangre que le reclamaba justicia.

Observaba el fuego y los leños en ascuas y se entretenía en asemejar las llamas, el humo, los troncos y las cenizas, a cosas reales, buscaba parecidos y semejanzas y aquella tarde imaginó, en un tronco ardiendo, una enorme cabeza de gavilán, con su mechón de plumas y su afilado pico.

La sirvienta abrió la puerta del dormitorio del señor, el doctor giró la cabeza y extendió su mano para encontrar en el aire la que el sargento le ofrecía.

- Obsérvele mi sargento, dijo el doctor, está destrozado, tal como se lo relaté por teléfono, por eso le he hecho venir, a pesar de la hora y el frío, ¿está nevando ya?

El sargento no le contestó, miraba a aquel hombre envuelto en vendas por las que se había abierto camino la sangre que no dejaba de manar.

Toda su cara herida, su pecho desgarrado y los brazos extendidos, separados del cuerpo, como en cruz, aparecían inmóviles por los cortes y el dolor.

El señor, con voz temblorosa y asustadiza, había relatado por tres veces lo sucedido.

El sargento no podía creer ni una palabra. Al joven guardia civil, le daba órdenes contradictorias, escriba, borre, esto sí, no, esto no.... y así durante el tiempo que duraba el repetido relato del señor.

- Doctor, por favor ¿sería tan amable de repetir su opinión sobre el arma que le ha causado tales heridas?

- Desde luego, como ya le he dicho, no sé qué tipo de arma haya sido, pero creo, a la vista de las múltiples incisiones, todas iguales en forma y profundidad, que han debido ser hechas con algún cuchillo estrecho, una navaja, un estilete, en fin, no sé, algo muy punzante y no demasiado largo. Ninguna de ellas, por sus características, es suficiente para matarle, pero verdaderamente ha estado al borde de la muerte, por el incontable número de heridas y cortes que tienen su pecho y su rostro.

- Señor, perdone que insista, si aún le quedan fuerzas, ¿querría relatar una vez más, lo sucedido?

El señor, para repetir una y otra vez lo sucedido, sacaba fuerzas de su alma, sabía lo importante que era que el sargento entendiese y aceptase todo lo ocurrido, por eso relataba y relataba, estaba dispuesto a hacerlo las veces que fuese necesario, allí, en su cama, en el cuartelillo o donde hiciese falta.

- Claro, mi sargento. 

Una vez más su voz sonó temblorosa. Debí quedarme dormido, de pronto algo me despertó y mis ojos, tal como se habían cerrado, se abrieron fijos en el fuego. El tronco ardiendo con forma de gavilán se había hecho más grande, se movía y el gavilán fue tomando forma. Sin abandonar las llamas, abrió sus alas enormes que, al agitarse, revolvieron las cenizas. Incrédulo, no supe reaccionar, el gavilán alzó el vuelo con el pecho hinchado de ansia y brillante el pico, en un instante cruzó el estudio con su ruidoso aleteo, me encaró de frente y, a gran velocidad, se abalanzó sobre mí buscando mis ojos, que protegí con los brazos, se aferró a mi pecho y, con voraces ataques, pretendió mi muerte. Cuando me tuvo en el suelo sin fuerzas, muriendo por cada una de mis heridas, se apartó y, posado sobre mi butaca, fijamente me miró. Con un solo golpe de alas volvió al fuego, asentó sus patas sobre los rojos leños y acomodándose en su nido de llamas, ardiendo, pero sin quemarse, como una ancestral bruja que se hubiera reencarnado en él, se dejó llevar por el humo, ascendiendo y desapareciendo por el tiro de la chimenea. Desde el suelo, casi inconsciente, le oí aletear en las almenas.

El sargento rogó al doctor y a la sirvienta que, en calidad de testigos, firmasen el atestado.

Era evidente que en el relato del señor había errores producidos por el dolor, la fiebre y el miedo. Era evidente que la agresión sufrida la había llevado a cabo algún fugitivo o maleante que debía rondar por la zona, por eso el sargento inspeccionó la casa, revisó los cuartos cerrados, comprobó las ventanas y puertas clausuradas e interrogó, a solas, a la sirvienta.

Cuatro días duraron las patrullas, cuatro días en los que la guardia civil y sus perros no dejaron por pisar ni un palmo de la finca del señor, ni de la comarca entera.

No encontraron nada, ni pistas, ni huellas, ni señales, ni gentes extrañas, pero durante los cuatro días un gigantesco gavilán sobrevolaba sus cabezas.






 

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