Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Pareces distinta. Tus ojos desparraman una mirada viva, incierta. Algo ha trastornado tu rutina. Desde tu vuelta no eres la misma. Me temo que Cuba te ha cautivado con su magia».

El rapsoda de la oficina la acosaba con sus tontería de siempre. Se lo tenía creído. Si supiera que ella le apodaba «el poetastro» muy distinta sería su actitud. Todos le rendían la falsa pleitesía de reírle sus asnadas, de escuchar sus razonamientos del tres al cuarto, de apreciar su vasto conocimiento en adagios y modismos, sus frases sabiamente declaradas, masticadas para sus oyentes, porque a él, por su condición de erudito, le costaba encontrar interlocutores. Eva podía demostrar sobradamente que él aprendía de memoria antes de salir de casa las cuatro frases célebres de los clásicos del crucigrama que aparecía en el periódico matinal, porque también lo compraba. Si ella había estado en Cuba, ¿qué le importaba a él ni a nadie? Le daban ganas de soltarle un rosario de razones para dejarlo estampado contra la pared, pero como era tan cobarde su boca permanecía cerrada con todos los candados habidos en el mercado. Aquella fue la primera, la única vez que se aventuró al extranjero, quizás atraída por lo exótico, por el turismo tan distinto expuesto en la propaganda escondida del buzón. A nadie debía explicaciones de sus idas y venidas porque a nadie pedía nada. Una amiga le habló de la isla, de sus playas y de todos los tópicos conocidos. Atiborrada de pastillas, remedio infalible para atajar la fobia, embarcó en un avión rumbo a lo desconocido.

El borbolleo incesante de la cascada de Habanilla adormecía los pensamientos de Eva. Las burbujas enjalbegaban la piedras negruzcas, desperdigándose como un manto de estrellas, recostándose perezosas durante el instante precedente a su estallido mudo, desesperándose por perpetuar las tufaradas de agua danzando en el aire. Eva, con la mirada perdida, sintió por su cuerpo un chorro interminable de instantes que se volvieron minutos para luego ser horas, trozos de eternidad que iban cayendo sobre ella como gotas de lluvia menuda y fresca. Las copas de los árboles jugaban a ocultar el azul, pero el sol, sabedor de su poder, con su soberbia de oro, lanzaba sus rayos por entre las ramas. Estas, nerviosas, se estremecían con su calor, se sacudían sus besos tórridos frotándose entre sí, hasta que vencidas le franqueaban la senda para coronar su victoria pintando el espacio con arcoiris fugaces.

Eva oyó unos pasos acercándose. Se asustó, pues se sabía sola en aquel lugar bastante apartado de la avenida. Notó las pisadas cada vez más cerca. No se movió. «Ahora daría lo que fuera por ser invisible y seguir disfrutando de todo esto sin ser vista», pensó, sin poder detener el tamborileo en el estómago. Al notar una mano acariciándole el hombro no tuvo más remedio que volverse. Lo hizo con toda la calma que pudo reunir. Tras ella, un joven muy delgado, con gafas y vestido de negro le habló, con ese acento meloso tan particular.

 «No te asustes. Llevo observándote un buen rato. Veo que te gusta este sitio. Cierto que es uno de los lugares más bonitos de Las Villas. Yo tampoco soy de aquí, pero vengo bastante. Mi oficio es divertir a los turistas. No. No pienses en la propaganda. Yo soy cuentero. Ya sabes, un cuentacuentos de mayores, como me conocen los forasteros. En realidad soy maestro, pero la economía, aquí, ya sabes. Y necesito algo más. Por eso algunas noches, sobre todo durante las vacaciones, cuento historias en el pub del hotel de aquí al lado, el mismo donde te hospedas».

Eva ya no se pudo contener: «Sólo llevo un par de días aquí. ¿Cómo es posible que sepas tanto de mí?». El cuentero la miró: «Nosotros solemos ser muy observadores, y yo, aunque miope, me gusta recrearme en mi alrededor. Cuando detecto a alguien especial mi imaginación se pone en marcha hasta encontrarle una historia adecuada. Yo te elegí desde tu entrada al hotel y ahora te voy a entregar mi regalo. No esperaré a la madrugada... Hace mucho, muchísimo tiempo, en una isla de la Polinesia vivía un joven llamado Tuna. Este se enamoró locamente de una muchacha muy bella llamada Sina. Ella, cuyo cortejo de pretendientes era interminable, eligió a Tuna por marido. Los pretendientes, al sentirse rechazados por tan preciosa doncella, resolvieron matarla. Sina, antes de morir, sacando la fortaleza de los débiles, pidió a su marido que cuando cortaran su cabeza la plantara en la tierra. Tuna así lo hizo. Al cabo del tiempo de aquella cabeza brotó el primer cocotero. Desde entonces los maoríes creen que las tres depresiones que se encuentran al extremo de la nuez del coco son los ojos y la nariz de Sina». El cuentero hizo una reverencia y se alejó tan despacio como había aparecido. Eva no volvió a verle.

Días más tarde retornó a su trabajo. El rapsoda la interrogaba queriendo intuir en su mutismo una aseveración a sus malintencionados pensamientos. Él jamás entendería que Cuba era algo más que un paraíso de propaganda. Por eso Eva no volvió a salir de vacaciones, porque sabía que no volvería a vivir una experiencia tan fantástica como aquella. Ojalá hubiera podido transmitir el sonido y la cadencia de aquellas palabras cargadas de vida. Porque, ¿quién iba a creer una historia semejante, una historia que quizás nunca existió? Eva, como siempre utilizó el silencio por respuesta y su silencio, como siempre, dijo más que las palabras.







 

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