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Para mi nieta Beatriz, a quien Dios
ha concedido la maravilla de llegar
airosamente a sus 8 años.


Si a los siete años su hijo tenía ya una interioridad, a los ocho ésta se estabiliza mucho más, es decir, mejor y con más poder incluso. Como dice Osterrith: «aprende a no exteriorizar todo lo que piensa y lo que siente».

Y es que a los ocho años aprende el niño a tener SUS SECRETOS y llega a preparar, por primera vez, sus mentiras afectivas que pueden servirles de coartadas conscientes para conseguir sus deseos. Hasta esta edad, cuando el niño mentía lo hacía con las «mentiras-reflejos». Mentiras de negar o de afirmar, diciendo que no a lo que sí y a la inversa... y bastaba.

Era un no reflejo sin preparación alguna, de fácil descubrimiento. Pero la mayor madurez mental del niño de 8 años le permite preparar ya sus mentiras afectivas con sus coartadas, y lo que son las estadísticas, generalmente son los niños cohibidos, los sometidos a la rigidez de una familia dura, agobiante en su disciplina, convertidos así en los hipócritas de un mundo agobiante donde les falta toda clase de libertad de movimientos.

Y ahora, ha poco de pasada la Pascua Florida, la maravillosa Pascua de la Resurrección, tengo que recordarle a mis lectores que el ocho es el número de la Resurrección. A ello se debe el que los antiguos baptisterios tuviesen precisamente forma octogonal, por el número de la Resurrección a la vida de Cristo. También el niño de ocho años resucita a una vida nueva, de nueva relación con sus amigos, y, más entrañable, con su madre. No es extraño entonces que el niño de ocho años esté siempre pendiente de su madre, de sus gestos, y que contempla embobado todos los actos de su progenitora. Llegando al extremo de recurrir -picardía más madura- en la discusión al tira y afloja, para así mantener mejor el «suspense» de una ligazón íntima que busca, en el fondo y como sea, la relación más profunda que nunca.

Resulta entonces natural la necesidad de mantener un contacto más nuevo y profundo que hasta ahora, ya que antes la relación fue tan consciente, tan cerebral y tan sensitiva como lo va a ser la del niño de ocho años con su madre desde ahora.

Nos encontramos con que la madre tendrá necesidad de atender y comprender esta agobiante actitud, comportándose de la forma más humana y maternal posible, consiguiendo de esta forma que las relaciones en el futuro sean cada vez más optimistas y mejores. Pero es preciso ayudarle en esta fase haciéndole saber a la madre que este afán infantil se va a terminar, que no va a ser un martirio para toda la vida y permanente, sino que va a ser transitorio. Así lo soportará mejor como es natural.

Su prolongación puede ser anormal y hacer preciso, en ocasiones, el tener que echar mano del Paidosiquiatra para tratarla y corregirla. También es característico de los niños de 8 años el que ya valoren, como afirma HUBERT, el sentido de la propiedad de los objetos que tienen.

No debe extrañarnos que si registramos los bolsillos del niño de 8 años nos los encontraremos llenos, repletos, de las cosas más inverosímiles, como gomas de borrar y hasta trozos de bizcochos, trozos de lápices de colores, plumas y hasta bolindres de cristal, quizás los más preferidos por sus colores y su brillo. Y es preciso respetar su cartera, su pupitre absurdo y sus bolsillos, sin intervenir demasiado en la limpieza de los pupitres y otros lugares de depósito de las pertenencias, resultando hasta importante que les falten bolsillos para poder guardar el «tesoro» que poseen, porque el valor personal que tienen sus pertenencias a lo mejor es el mejor y, seguramente, la mejor afirmación de su yo.

Claro que el niño de 8 años entra sexualmente en una fase más madura, de curiosidad más intelectual. Le interesa saber más que gozar, su sensualidad es inferior, incluso que la del niño de 2 a 3 años. Pero ya se da cuenta de la diferencia de los sexos que desemboca en una tendencia de la segregación de los mismos, sufriendo las desavenencias, los desprecios del sexo contrarios, sobre todo de los niños hacia las niñas, como resentimiento a esa ventaja de la maduración y del desarrollo de éstas sobre aquellos y de la maduración más precoz del desarrollo de las niñas que, además, cada vez es más acusada para desgracia de los niños.

También hay niños que a los 8 años tienen una sensibilidad especial a los ruidos, a la oscuridad, con manifestaciones de terror que en edades anteriores e inferiores no habían padecido.

También, querido lector, es necesario e importante tenerlo en cuenta, ya que haciéndolo, y con una pequeña ayuda cariñosa y caritativa, podemos conseguir fácilmente vencer estos trastornos que, como dice GESSELL, es que el niño de ocho años conserva aún algo de su primera infancia, pero ya no es un «bebé», y es feliz, tolerante, alegre y liberal en su audacia para investigar lo desconocido. Por eso resulta corriente la anécdota de PAGERI cuando nos cuenta que a un niño de 8 años le preguntaron si las cosas vivían y contestó tajante: «No pueden sentir», dando a entender que era imposible que vivieran. Entonces, le volvieron a preguntar: «Si este banco de madera se rompe: ¿siente algo?» Y el niño de 8 años, sin pensárselo más y sin tener en cuenta su contradicción, afirmó tan tranquilo «Sí.» «¿Por qué?» -le volvieron a preguntar. «Pues, porque se ha roto.» -afirmó el niño. Con esa inconsciencia, demasiado pueril, de sus ocho años.

Y es que el sentimiento de realidad-ficción aún no se liberó totalmente en el niño de 8 años, porque, además, para este niño o niña, los padres empiezan a perder su omnipotencia a pesar de todo lo afirmado.

Comienza a darse cuenta del poder de sus preguntas y hasta le resulta excitante, emocionante, a este niño el preguntar incesantemente sobre temas que ellos ya conocen y en los que sus padres puedan «patinar» con el fin de ponerlos en un aprieto. Esa necesidad afectiva que necesita de los suyos no concuerda con la pérdida de sentido «divino» que estos niños van teniendo para una consciencia cada vez mayor de la realidad de todo lo que les rodea.

El niño de los 8 años, ¡cuidado! Empieza a apoyar los pies en la realidad y comprende, cada vez más y mejor, el mundo que les rodea. Y es tan fácil hacerles daño...





 

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