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La noche fue larga y triste, más larga y más triste que ninguna. Ya calculaba que así sería, pero resultó mucho peor de lo que esperaba.

Amaneció un día espléndido, luminoso y cálido, un día para navegar por un mar en calma o caminar por una senda llena de flores. El cielo azul violeta, sin una sola nube y la brisa suave resultaba una caricia sin igual.

Al subir el primer escalón del Ayuntamiento se dio cuenta que se había olvidado el bolso, y al retornar sobre sus pasos para ir a recogerlo se dio de bruces con su ex-marido. Se saludaron fríamente, pero sin acritud; ella aún le amaba a pesar de tener la seguridad de que nunca volverían a reconciliarse después de «aquello».

«Aquello» consistía en la infidelidad de él con su mejor amiga, si podía llamarse así a quién, aprovechando su confianza y ausencia, se introdujo en su casa y, aquel día que llegó inesperadamente, sorprendiera en la cama con él.

No dijo nada: se limitó a dar media vuelta dejándolos atónitos y sin tiempo a reaccionar. Salió sin dar siquiera un portazo. No lloró ni se enfureció, comprendía que la vida tiene esas jugadas ...y otras peores. Pero ya pensaría qué hacer cuando tuviese tiempo; tenía que continuar su diario trabajo, ponerse al volante del taxi. Aquel día, precisamente aquel día, había dejado a un cliente tomando café mientras esperaba a un amigo, y tan cerca de su casa se encontraba que decidió subir al piso, ya que le había dicho que debería esperar algún tiempo, pues su amigo tardaría en llegar.

Su trabajo era agotador y peligroso, pero muy tonificante. Pensaba (y lo estaba llevando a cabo) escribir un libro con todas las anécdotas y tragedias vividas conduciendo su taxi -que no eran pocas-. Ahora tenía una más.

Desde entonces perdió la confianza en todas sus amistades femeninas, y, por qué no decirlo, en cuanto a asuntos sentimentales, en todos sus semejantes. Se formó una especie de caparazón y lo llevaba como un hábito del Nazareno o algo así, con la ventaja de que nadie se daba cuenta, cosa que le hacía vivir para ella sola y muy a gusto.

Nadie había comprendido aquella separación, pues los dos, al parecer, se amaban profundamente y la vida les sonreía.

Al volver de su trabajo ya se había planteado la forma de resolver aquella situación sin dar ningún escándalo. Económicamente no tenía ningún problema, pues ganaba mucho más que él. Sin embargo, llegada al piso, no necesitó resolver nada. Al abrir el armario encontró que faltaba toda la ropa y objetos personales de él, y sin ninguna nota explicativa ni la más mínima señal de que hubiese vivido allí por ninguna parte.

No podía pensar. Sentía alivio, a la vez que un gran dolor.

Lo primero que hizo fue mandar que cambiasen la cerradura de la puerta, después abrió todas las ventanas y el balcón, más tarde dio la vuelta al colchón (pensaba adquirir otro), cambió las sábanas de la cama -tirando éstas a la basura- y a continuación se dispuso a descansar.

Desde ese día no le había vuelto a ver. Pero sabía que lo seguía amando como se ama un buen recuerdo que nunca más se ha de volver a vivir. Y ahora se saludaban como dos antiguos conocidos.

Cuando regresó con el bolso observó una gran aglomeración de público en la avenida. En principio no le dio importancia, pero, tras oír un comentario que le hizo prestar atención, se acercó y pudo ver cómo introducían en una ambulancia a su ex... Sin pensarlo y sin darse cuenta se encontró a su lado. Cuando reaccionó ya era tarde para apearse del vehículo.

En el hospital le diagnosticaron insuficiencia cardíaca aguda y que habrían de operarlo dos días más tarde. Ella consideró que era su deber y se quedó a su lado todo el tiempo. Hablaron... Tantas cosas, tantos recuerdos, tanto camino recorrido juntos... Pero ya era demasiado tarde... Aquella noche, sin que los médicos pudieran hacer nada, su corazón se paró.

Si volviese a vivir, si la vida le diese otra oportunidad... -pensó-. Pero ya era demasiado tarde.

Allí se encontraba, aún joven y ya sin vida... Cuántas cosas le había confesado durante el día... Nunca pensó que sentía tanto amor por ella, ¿o era por presentir que llegaba su final?. En fin, eso carecía ya de importancia.

La noche fue larga y triste, más larga y más triste que ninguna...

Lo velaron. Frente a ella se hallaba su ex-amiga, pero no se saludaron ni cruzaron sus miradas. Los deudos y conocidos, al entrar en el Tanatorio, dudaban a quién dirigirse para expresar sus condolencias tras conocer la situación del fallecido, lo que hacía que se limitasen a saludarse entre sí. Llegaban grandes coronas con enormes lazos. De ellas, una en particular llamaba la atención por formar una frase con flores de diferentes colores. Cuando la trajeron las dos mujeres se miraron a los ojos. La amante sonrió con cierta malicia. En su rostro se podía leer la satisfacción de hacer ver que para él no existía ninguna otra mujer.

Pero ella se sentía superior, muy superior, tanto más cuando, no sólo tuvo hasta el último momento el amor del muerto, sino que, además, también le pertenecía la pensión de viudedad.





 

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