Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La avioneta, vieja y amarillenta, nos esperaba en una esquina perdida del aeropuerto de Mombasa. Parecía hacer mucho tiempo que tuviese la apariencia de no soportar ningún otro vuelo y, al subir, me cruzó la mente la idea de que otros muchos pasajeros anteriores habrían pensado lo mismo. No era un viaje largo, pero se hizo interminable. Como un niño que desde su ventana cuenta los coches rojos que pasan, desde mi ventanilla yo contaba las veces que parecía que íbamos a estrellarnos… Al final del eterno trayecto el viejo pájaro voló cada vez más bajo hasta que pareció deglutir bruscamente el polvo de una pista de tierra, formando la arena restante una alta y tupida nube de polvo al otro lado de nuestras ventanillas. Una última sacudida anunció el aterrizaje de aquel accidentado vuelo y la quietud del miedo reciente inundó el aire.

A pocos metros se encontraba el embarcadero de la Isla de Manda y allí subimos al centenario dhow de madera grisácea y de vela raída que nos llevaría hasta Lamu. En total habría unas cuarenta personas en la cubierta del barco, y tan sólo cinco éramos blancos. Desde los rostros oscuros de los demás pasajeros, una treintena de pares de ojos nos miraban inquisidores y curiosos. La impaciencia escudriñó con los míos el horizonte, buscando indicios de la nueva costa que acercarse el momento de huir de aquella intimidación.

Una fila de palmeras altas, una muralla medio en ruinas y, al fin, la playa… Allí estaba la isla de Lamu, dando la impresión de que era ella la que se iba acercando hacia nosotros. La tarde tocaba a su fin y nos recibía dándonos un primer atisbo de la belleza de las noches en África.

Fue la primera vez que vi a Madubi, aunque entonces no sabía su nombre. Estaba de pie, en la orilla, la tez extraordinariamente oscura y su figura corpulenta cubierta de arriba abajo con un khanzu blanco, a juego con sus dientes que mostraban una sonrisa amplia como el mar. Su sonrisa y el mar no dejaría de verlos durante los siguientes nueve días.

Tomó nuestro equipaje mientras ahuyentaba, con voces ininteligibles, a un montón de chiquillos que se empujaban entre si para cargar algo que supusiera una propina. «Amigo Chris. Watu wazuri» -nos dijo. Y hasta el día siguiente no supe que quiso expresarnos que al ser amigos de Chris teníamos que ser buenas personas. Algo así como «los amigos de mis amigos, son mis amigos». Madubi sólo hablaba bantú y swahili, pero su mirada expresiva y su gesto amable y servicial lograban que el idioma no resultase imprescindible. Recordé las partituras que me dio Chris para él, y me pregunté qué podría hacer en aquel rincón del mundo un hombretón sencillo y humilde con unas partituras de música.

Me bastó dar unos cuantos pasos sobre la arena de la playa salvaje, guiada por la espalda ancha y fuerte de Madubi, bajo un cielo azul cobalto, con más estrellas de las que hubiese visto nunca, para comprender la magnitud del regalo de Chris; aquel peculiar hippie de los 70, productor de Hollywood en los 90, había compartido con nosotros el descubrimiento de ese recóndito lugar, único y extraordinario, en el que él, en celoso secreto, disfrutaba de sus vacaciones.

La casa que nos habían preparado -la misma en la que se hospedaba siempre nuestro amigo- estaba muy cerca de la playa. Hecha de adobe y de cal, servía de marco a un único lujo: un magnífico portón de madera tallada.

La entrada daba directamente a una sala grande, en la que lo rústico tenía ese sabor inconfundible de la auténtica sencillez. El centro lo ocupaba una mesa grande y robusta de ébano sobre la que ya estaban dispuestos nuestros servicios para la cena. Fue Madubi quien nos sirvió lo que él mismo había cocinado para nosotros en el rincón de la sala destinado a la cocina; pescado fresco, simple y sabroso, unos bollos kaimati, con sabor a especias, y zumo fresco de tamarindos.

Después de traernos una fuente de barro con “haluvas”, típicos dulces árabes elaborados con almendras, y un delicioso café coronado con gotas de jengibre, desapareció de nuestra vista. Volvió enseguida con una magnífica guitarra acústica y se sentó junto a uno de los ventanales que daban al porche, lejos de la mesa. “Chris regaló Madubi” -dijo mirándonos sonriente mientras se acomodaba la guitarra sobre las piernas y apoyaba sus grandes pies desnudos sobre el travesaño del taburete.

Alguna vez leí que la vida consistía en aquellos momentos que luego podemos recordar, y aquel sería uno de los instantes lúcidos y vivos que se graban para siempre en la memoria.

Mientras me deleitaba con uno de aquellos sabrosos dulces, dejando caer libremente el cansancio de mis caderas sobre la silla y disfrutando de la quietud en la que nos envolvía el lejano rumor del mar, Madubi rompió el silencio con unos diestros arpegios de guitarra y comenzó a interpretar una canción de los Beatles. Su acento en inglés era extraño, pero su voz, …su voz era tan clara y tan bella como la misma noche, como África, como aquella sencilla casa de adobe y cal. Una voz mágica como los maravillosos nueve días que me esperaban en Lamu, durante un viaje que grabó en mi memoria muchos momentos de vida.






 

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