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La obsesión de todo poeta joven, incluso no demasiado joven, es la de innovar, hacer algo nuevo que lo singularice entre los demás creadores.

Ese fue el ideal de los románticos: la libertad con respecto a las normas de los neoclásicos. La subjetividad ha sido desde entonces la verdadera divisa del artista.

Excavar dentro de sí como en el interior de una mina los filones de la originalidad ha constituido la autoexigencia inexcusable del que se siente avergonzado de imitar a los clásicos, aunque sean clásicos contemporáneos todavía vinculados a la preceptiva literaria. Con ciertas salvedades, esos escritores en cierne, impulsados por un sagrado entusiasmo, han acariciado la idea de «hacer algo distinto», «algo espectacular», «la creación pura», como si nada, ni siquiera el lenguaje, los vinculase al pasado. Ellos confían en una fórmula mágica que subyace en lo más intimo del yo. Es una ciega invocación que linda con la antigua creencia en la inspiración, en el favor de las Musas.

Ya conocernos aquella apelación que hacían los surrealistas al automatismo de origen freudiano. Esperar del inconsciente sin tamizar por la lógica el efluvio creador que sube desde fondos inexplicables. Ahora bien, tenemos que distinguir entre el poeta especialmente dotado para esa aventura y el que no se conforma con su medianía y opta por el disparate como derecho al pataleo estilístico.

Si nos acercamos detenidamente a los poetas representativos de los diversos movimientos literarios, encontraremos que quienes los abanderan no han rayado en la estridencia y sus obras más populares coinciden con las que mejor los caracterizan. La gente preferirá siempre el Alberti de Marinero en tierra o de los Retornos... al Alberti de Sobre los ángeles; lo mismo ocurre con Miguel Hernández. El gran público conoce más sus Nanas de la cebolla o algunos de sus sonetos de El rayo que no cesa, que Perito en lunas. ¿Qué decir del Romancero gitano de Lorca frente a Poeta en Nueva York, o Platero y yo y algunos poemas de su etapa modernista frente a la poesía de después de 1916 de Juan Ramón Jiménez?

La poesía española siempre se ha caracterizado por su moderado realismo. La fiebre de las vanguardias fue efímera, aunque dejó una semilla de renovación que recogió el 27 y en esa generación fructificó, pactando con ese moderado realismo hasta configurar una poesía libre de sentimentalismos y elementos decorativos de origen modernista, pero no por ello tan aséptica como se ha querido o pretendido demostrar. El feliz término medio ha proporcionado a la poesía española (y creo que también a la novela, si no, recuérdese cómo el naturalismo no arraigó tanto en España como en Francia, su cuna) un matiz equidistante entre la anhelante búsqueda de nuevos rumbos y una retocada tradición.

Pero volvamos a esos poetas y narradores empeñados en descubrir nuevos caminos «no trillados» ni siquiera bosquejados por otros creadores. Tal vez también a los maduros y viejos les acucia o les anima secretamente la idea, la inconfesable ilusión de innovar, de sorprender a sus contemporáneos, pero la sensatez o la comodidad les aconsejan una respetable medianía, desde la que, como francotiradores, pueden holgada y prudentemente esgrimir unas valoraciones literarias consolidadas ya por la nunca desdeñable experiencia.






 

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