Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

El verano lleno de luz y de alegría se iba acomodando en el pueblo. Llegaba lento, extendiendo su manto tórrido y su luz cegadora, bañando los amaneceres con olores a polen y a hierba húmeda, despertando mañanas eternas y rosadas nacidas de las entrañas de las noches cortas y azules. Llegaba de puntillas, con chorreones de rocío y azotes de brisa dorada. El campo lucía con todo su esplendor, la hierba bailaba al compás del vals de la naturaleza, los árboles iniciaban su lluvia de frutos y los hombres se reunían para recolectarlos. El fin de la cosecha se festejaba a lo grande, era el premio a todo un año de trabajo, era el homenaje del hombre al agro, a la madre tierra. Durante la mañana se exhibían los animales más cebados y a mediodía se comían las verduras más tiernas y se degustaban los mejores embutidos. Sobre un mantel de cuadros rojos reposaban platos blancos repletos de quesos, chorizos, longanizas y hogazas de pan crujiente por donde habían resbalado en completa armonía el ajo y el aceite de oliva. El postre, ese momento tan esperado por todos, venía envuelto en un paño inmaculado, velando la redondez, la tersura, la turgencia y el colorido más vivo y rabioso de la fruta jugosa y madura. Con los estómagos a un paso del reventón y los cuerpos humedecidos por los sudores del hartazgo, todos, sin librar uno se recostaban bajo los árboles a cabecear el sopor de la inevitable siesta.

El atardecer llegaba entre tufaradas de chocolate caliente, caprichos confiteros y delicias de pasión. Eran unas yemas adornadas con una guinda roja en el centro y espolvoreadas con azúcar moreno, la «arena hechizada» según las ancianas del pueblo. El mozo que las probaba quedaba prendado de la moza ofrecedora del pastelillo. Ello formaba parte de una antigua tradición para formalizar relaciones. Más tarde, cuando Venus llamaba a las estrellas, emparejados ya de manera oficial, se dirigían al baile en la plaza.

Muy cerca de allí se alzaba la casa de Frasco. Era este un hombre con muy mal carácter, irritable y dado a maldecir por cualquier motivo. Sólo vivía para trabajar, no concebía la vida sin faena ni perdía el tiempo en relacionarse con los demás. Tenía un hijo de veinticinco años, un muchacho robusto, con la mirada profunda y verde, muy bueno, siempre acatando la voluntad de su padre y amigo, por su juventud, de la diversión. Por eso, aquella noche, mientras se perfumaba con agua de lavanda y vestía sus mejores ropas decía: «Padre, el trabajo de hoy puedo hacerlo mañana, pero la fiesta, pasado el día ya no vuelve». El padre dando brincos desesperados y cegado por la ira exclamó: «¿Quieres fiesta? Pues vete. Pierde las fuerzas haciendo el gamberro, mientras hay trabajo por hacer. Algún día no tendrás qué comer y entonces buscarás el bocado como si fueras un lobo»

El baile acabó de madrugada, por consiguiente el muchacho volvió cansado, sin embargo le fue imposible conciliar el sueño al padecer una extraña agitación.

Arrastrado por una fuerza invisible abandonó el lecho y se encaminó monte arriba. El terreno escarpado iba mordiendo sus pies descalzos. Los rastrojos se habían convertido en rastrillos que arañaban sus piernas. La humedad del rocío le aliviaba momentáneamente, pero pasados unos segundos el escozor se apoderaba de sus miembros doloridos. Cansado, se tumbó sobre la hierba. Sin saber por qué empezó a lamer la sangre que fluía por las heridas, más cuando quiso erguirse sólo pudo permanecer a cuatro patas. No sabía qué le estaba ocurriendo y como un loco echó a correr aullando como un lobo.

A la mañana siguiente el padre no encontró al hijo en la cama. Con la sonrisa dibujada en el rostro le adivinó afanado en sus tareas de labranza y dejó pasar la jornada. A la hora de comer sacudió con energía la campana, pero el hijo no apareció. Ni al atardecer ni al anochecer. Pasaron varios días y el muchacho seguía sin dar señales de vida. En el pueblo se hablaba de su desaparición y también de un lobo gigantesco que había devorado a varias ovejas. La mente de Frasco era una maraña de ideas confusas, terribles, pero los hechos, desgraciadamente, iban derramando un poco de luz después de tantos días de oscuridad. Un escalofrío le sacudió el interior.

Esperó a la oscurecida. Llegado el momento, tomó un cordero, un candil y un cuchillo en prevención de un daño mayor. Sin más dilación se dirigió al bosque. Con varios nudos en el alma decidió tender una trampa a quien suponía víctima de su mal carácter y su maldición. Notó que el cordero se estremecía y entonces supo de la cercanía de la fiera. Un gruñido acabó con el animalillo. Frasco salió de su escondite, cuchillo en mano, candil en ristre, abrigando la esperanza de una equivocación.

Encontraron a Frasco encogido, como si de un feto se tratara. Le dieron un trago de coñac y lo llevaron a la casa del médico. Horas más tarde lo subieron a un carro. A voz en grito repetía: ¡Tenía la mirada verde. Tenía la mirada verde!»







 

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