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La serenidad reflexiva que produce el silencio es interrumpida de forma drástica cuando la palabra EDUCACIÓN surge a debate. Da igual que sea en la pequeña intimidad de una familia, como en el Congreso de los Diputados a la hora de configurar Leyes. Nadie se queda insensible ante lo vital y las complejidades que manan de ella. De la misma forma que no importa que el que omite su opinión lo haga desde el «pedestal» de la ignorancia más supina., como el que lo hace desde el estrado del reconocimiento y admiración más académica. De nuevo, al igual que en otras cuestiones de la vida, la educación de alguna manera pone a todas las persona, sin distinción alguna, ante una asignatura pendiente.

En esta cuestión todos y cada uno de nosotros parece tener el convencimiento personal de que su punto de vista es la medicina que necesita la educación para sanar a todos los enfermos de la sociedad, pues es toda la humanidad la que, desde distintos niveles y coordenadas, estamos afectados de la responsabilidad de EDUCAR y ser EDUCADOS.

Y que quede claro que a la EDUCACIÓN a la que me refiero es aquella que posibilita a todo ser humano a desarrollar sus capacidades, cualidades e inquietudes para coordinarse de forma positiva en el medio social e integrarse en él sin conflictos, con la comprensión personal de un aprendizaje individual y colectivo.

Pues bien, esa aventura que tiene todos los colores del idealismo, la felicidad y la solidaridad, en fin, de la evolución más ecuánime y justa, en lugar de ser compartida de forma colectiva, se ha convertido en un monopolio de un grupo de personas que responden al nombre de profesores. Pero realmente un monopolio curioso, pues los citados profesores de alguna manera se ven obligados a aceptar esta situación impuesta por el resto de la sociedad que delega su protagonismo activo en este colectivo, con lo que comienza a generar un mar de tensiones, donde lo importante es tener siempre la justificación a mano para reafirmar un error

Es lamentable que esta profesión, imprescindible para esa evolución, tenga que aceptar la imposición de un sistema que le golpea por todas partes. De frente, por unos padres que, en algunos casos, consideran a su hijo como el único sobre la faz de la Tierra, en otras como una pequeña carga que necesitan colocar de forma temporal. Por la retaguardia le viene el golpe más doloroso. Una administración que, con sus normas, arma una metodología que dispara ráfagas de una pedagogía «interestelar», que en lugar de aportarles realidad a su trabajo, les deja colgados en un ideal, en un suspenso permanente ante la asignatura de la actualidad, del día a día.

También por arriba les llueven las preocupaciones y los bloqueos mentales. En la cabeza se van formando verdaderos atascos, ante los cuales se tienen que tomar unas medidas drásticas para no acabar engrosando la estadística de los deprimidos, pues este colectivo ocupa el primer puesto en afectados por esta compleja enfermedad.

No es de extrañar que en algunos casos, ante la imposibilidad de desarrollar ese poder creativo y la transmisión de inquietudes a sus alumnos, en unión a la incomprensión por parte de algunos padres, determinados profesores terminen por cumplir fríamente como si se tratara de una cadena de montaje», por hacer lo estrictamente necesario, para cambiar el chip un minuto después de la última clase. Pero no todos pueden, ni todos quieren ser así.

Y por último, también desde el suelo, desde la realidad más contundente, en ocasiones sufren los ataques de la indomable nómina, la reina de las normas y el control, a la cual le empiezan a fluctuar los números, pero curiosamente casi siempre a la baja. Si a esto le añadimos el tema de las plazas, las «calles», las vacantes, la interinidad y una legión de etcéteras, por fin completamos una obra donde los personajes viven totalmente estresados.

Con este panorama los alumnos, fruto de un proceso de formación permanente, reaccionan de múltiples formas, en ocasiones sin la referencia necesaria del respeto y la necesaria inquietud de conocer, cuestiones que sí son las referencias básicas que motivan a trabajar día a día a sus profesores.

Y lo realmente paradójico de esta cuestión es que si la educación es la asignatura clave de toda la humanidad, es la piedra angular donde se asienta el progreso en todos los órdenes de la vida, la evolución justa y equilibrada, la cultura necesaria y compartida, ¿cómo es posible que para realizar esta misión, trascendental en la vida del ser humano, hayamos designado a personas que viven casi permanentemente en un ataque de nervios?

Realmente todos tendremos que hacer mucho sobre la aventura de educar y ser educados, pero eso sí, cada cual desde la responsabilidad que le corresponda como padres, pedagogos, alumnos, desde la administración y desde la calle, para ser conscientes de que ha llegado la hora de transformar el drama de los profesores en una comedia donde todos podamos aprender con una sonrisa esplendorosa y sincera.

Y esto no es imposible de conseguir, simplemente es que nunca nos lo hemos propuesto con verdadera convicción.





 

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