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GravinaEs de notar que en la noche del fallecimiento de Gravina, su íntimo amigo don Antonio de Escaño, desde su casa de la calle del Cuartel de la Marina, número 6, escribía la siguiente carta al príncipe de la Paz: «Excmo. Sr.: Penetrado del más vivo y justo dolor por la pérdida de un digno jefe, cuya amistad y fina correspondencia desde que comenzó hasta que terminó su brillante carrera no me ha sido jamás desmentida, pongo en conocimiento de V. E. que el señor capitán general don Federico Gravina falleció a las doce y media de la mañana de hoy, después de ciento cuarenta días de padecer, dejando edificados y enternecidos a cuantos hemos sido testigos de su fervor y conformidad desde el día que predijo su muerte, cuando aún no lo creían los facultativos».

El 10 de marzo de 1806 el Ayuntamiento de Cádiz hace constar en acta su pesar por la muerte de Gravina, lamentando que por su estado no se le pudo felicitar en su día por su ascenso a capitán general. Se hace referencia de los servicios que prestó a Cádiz desde 1797.

En la sesión municipal celebrada con posterioridad a la muerte de Gravina, el procurador mayor don Juan de Landaburu propuso que doblara la campana de las Casas Consistoriales por la muerte de don Federico Gravina, pues la legacía que había ido a visitarle en noviembre no pudo verle debido a la continuidad y agudeza de sus dolores.

El día 14 de marzo, el Ayuntamiento, en nombre de la ciudad, le da el pésame a Monseñor Gravina. Este, que se encontraba en Madrid, contestó al regresar a Cádiz.

El 29 de marzo de 1806 se celebran en el Carmen funerales por Gravina, dedicados por su hermano Pedro y los albaceas.

El túmulo, que fue colocado en el centro del crucero, tenía una altura de diecinueve varas. Sobre el primer cuerpo del túmulo descansaban cuatro figuras que representaban a la Religión, la Justicia, la Liberalidad y la Fortaleza, como atributos de los sufrimientos padecidos por Gravina, de su recto proceder, su caritativo desprendimiento y su fuerte temple.

El frente principal del segundo cuerpo ostentaba las armas de la Casa de los Gravina. Ocupando los tres frentes restantes había varias pinturas alusivas a sus condecoraciones (gran cruz de Carlos III, militar de Santiago, etc.) y trofeos militares y marineros. Estos dos cuerpos sostenían una cornisa, destacando sobre ella una figura de mujer que descansaba la cabeza sobre su mano derecha en afligido ademán, mientras que con la izquierda sostenía un ancla dorada. Esta figura se hallaba rodeada de libros, cartas náuticas, sextantes, cronómetros y otros instrumentos náuticos y representaba a la Marina. En cada uno de los cuatro ángulos de la cornisa ardían cinco grandes cirios amarillos. El remate de tan suntuoso catafalco estaba constituido por una base imitando jaspes, coronada por una esfera que sustentaba una pequeña pirámide. Desde la cúpula del túmulo pendían sobre él, en forma de pabellón, cuatro colgaduras negras, cuyos extremos se hallaban afianzados en las cornisas de los arcos torales. Sobre los arcos del cuerpo de la iglesia había cuadros alusivos a los empleos del finado capitán general. El retablo mayor se hallaba cubierto por un velo negro, sobre el que se extendía una gran cruz blanca. La homilía fúnebre la pronunció el sacerdote don José Ruiz Román, que por entonces tenía a su cargo la capilla del Sagrario de la catedral. Entre los asistentes se hallaban el teniente general don Juan Moreno, almirante Rosilly, contraalmirante Gordon y los tenientes generales don Ignacio María de Álava, don Antonio de Escaño y don José de Córdoba. El templo estaba totalmente lleno de jefes y oficiales del Ejército y de la Armada.

Con respecto al esplendor de estos funerales hay que hacer constar que si el aparato funerario fue majestuoso se debió a que la familia Gravina tenía derecho a sepultura real. Este privilegio les había sido concedido en Sicilia por el rey Martino. En la catedral de Catania, donde existe la capilla real, se encuentra el panteón de los monarcas, en cuyo frente se hallan colocados juntos los escudos de las armas reales y el de la Casa de los Gravina.

Durante la guerra de la Independencia, Monseñor Gravina regresa a Cádiz en calidad de nuncio apostólico de Su Santidad. Exhuma los restos de Federico, que se hallaban en el cementerio de San José, trasladándolos a la iglesia donde se le habían celebrado los funerales, convento de Carmelitas Descalzos, que había sido fundado en 1737 en la antigua capilla de Bendición de Dios.

Quedó enterrado en el muro del costado izquierdo de la puerta del crucero, frente al Sagrario, en un mausoleo de mármoles blancos y negros con adornos de bronce dorado, costeado por Pedro, y que decía:

Ofrenda de Inmortalidad
R. I. P.
«Gravina»

«A Federico Gravina, de Palermo, que por el esclarecido valor y nobleza de su estirpe fue tenido en gran estima por los reyes católicos Carlos III y IV; que fue bien distinguido con las más altas encomiendas; que supo desempeñar sabia y felizmente el cargo de embajador en París en circunstancias bien difíciles; que ejercía el mando supremo en el Ejército y la Armada; que dio siempre en todas partes, en la mar y en la tierra firme, en las guerras de África, Portugal, Francia e Inglaterra, pruebas de invicto valor acreditado con sangre y propio de un caudillo esforzadísimo; jefe por mar y tierra, en la guerra mauritana, lusitana, gálica, britana, siempre y en todas partes con invencible valor, habiendo recibido heridas, y que finalmente, en la batalla naval cerca de Trafalgar, fue mortalmente herido y muy luego arrebatado a la vida; su hermano Pedro, arzobispo de Nicea y nuncio del Pontífice en España, habiendo sido trasladados los restos después de cuatro años desde el cementerio público, le dedico afligidísimo este monumento. Vivió 49 años. Murió en 1806".




BIBLIOGRAFÍA
El Almirante sin tacha y sin miedo: Carmen Fernández de Castro.
Guía oficial de Cádiz y su provincia: Años de 1870 y 1927.
Diario de Cádiz: 11 de junio de 1869 y 12 de mayo de 1931.
Índice de acuerdos de actas capitulares de Cádiz: 1717-1807. Julio Guillén.
Escaño, en Cádiz: José M. Blanca. REVISTA General DE MARINA número 196, de enero de 1979.
Oración fúnebre al Excmo. Sr. D. Federico Gravina: José Ruiz Román.







 

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