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Ya está aquí el verano, y con él la temporal suspensión de trabajos y estudios, la holganza, el asueto, la inacción, el descanso... en suma las vacaciones, las deseadas y «merecidas» vacaciones para todo aquel que haya sido bueno durante el resto del año. Un tiempo magnífico, si me lo permiten, para ejercitar -o iniciarse en- el singular, relajante, ilustrativo y sanísimo hábito de la lectura. 

Correlativo a esto, lo lógico sería que ahora continuase hablándoles de los libros y sus bondades, o bien -introduciendo en esta simplísima caterva de letras la trivialidad del conocido parónimo interlingüístico llamado tópico-, que les sugiriera un título.

Pues, ni lo uno ni lo otro: de los libros y sus excelencias han hablado ya, no digo todos los que leen, sino incluso todos los que escriben en España (unos cuarenta millones). Y en cuanto a señalarles un título -o un autor-, sería, además de una descortesía por mi parte hacia los demás autores, una necedad -cuando no una sandez-, pues que sólo reflejaría mis gustos más particulares. Además, para ello ya tienen toda una legión de ilustrados plumillas, bustos parlantes, degüellaondas, meacables y boligrafistas que les ponen al día sobre qué libro es la novena maravilla del mundo. No obstante, como de libros se trata, permítanme referirme a ellos desde el punto de vista de lo jocoso y anecdótico.

Cuentan que aquel señor, un tal Gil y Gil, hombre de orígenes humildes y subido a la cumbre de la pela en el campo de la construcción con la consigna «¡Más ladrillos, más arena, menos cemento!, como sabía que los libros eran elementos que daban postín a su poseedor, pues, apenas le crecieron los millones, se dedicó a comprar libros a diestro y siniestro. Más de veinte mil volúmenes acopió en las cuatro espaciosas habitaciones contiguas a su despacho.

Medrando entre gente de posición elevada, refirió lo de su «gran biblioteca» a su recién conocido amigo el catedrático. Éste, tras algún que otro elogio, preguntó que cómo tenía clasificada tan variada y densa obra, si por el sistema de clasificación decimal de Dewey o alguna otra metódica, alfabética o cronológica. El señor Gil dudó la respuesta, pero reaccionó con rapidez: 

-No, no... por el sistema lomocromático...

El de la cátedra, pensando que aquel nuevo y desconocido método podía ser interesante, accedió a la invitación y fue al día siguiente a echar un vistazo. Cuanto tuvo ante su vista la surtida colección, tras observar durante algún rato aquellas hileras de libros, lomos azules todos los de arriba, negros los de más abajo, etc., lo comprendió todo.

Entonces fue la carcajada...





 

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