Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Me cargan las modas y más cuando me afectan tan directamente. Esto de ser rey ya es espantoso y tener que desprenderse de una hija cuando un caballerete termina con la vida de un hipogrifo, un dragón, un dino o un gigante con sólo un ojo en la frente es algo con lo que no termino de acostumbrarme ¿Quién fue el primer caballero que a cambio de degollar un dragón me exigió la mano de mi hija, la princesa?

Mi hija Eduvigis, tan preciosa, fue la elegida de aquel cabroncete y seguro que la está acostumbrando a las rabiosas comidas de ajos y pimientos picantes con que se solazan los caballeros de mi reino. Mi pobre hija Eduvigis, tan blanca ella, tan maravillosa. Pero exigió su mano, y como mató a un dragón tuve que acceder a su capricho. Y ¿quiénes fueron los caballeros que, siguiendo la moda, empezaron a solicitar la mano de mis hijas? Los caballeretes iniciaron una moda que persiste todavía hoy, diez años después. Diez años, pero todavía mi reino no se libró del olor sulfuroso de los dragones, esos monstruos de larga lengua de fuego. Mi reino estaba infestado de estos animales grotescos y de gigantes de un solo ojo. Diez años y me quedan apenas doce hijas para darlas en recompensa. Mis ministros me plantean la cuestión fríamente. Me quedan doce hijas por ofrecer y en mi reino habitan todavía un centenar de dinos y de dragones. Sobre esta base matemática no es necesario ser demasiado listo para comprender que me faltarán hijas para corresponder a la demanda de los caballeros.

-¿No podríamos ofrecerles un castillo en vez de una hija? -pregunto tímidamente.

-Los caballeros se lo tomarían como una ofensa -me responden los ministros.

Yo observo con disgusto que mis ministros se sienten felices al fastidiarme con sus réplicas. Presiento que de no encontrar una solución mi porvenir será dudoso.

-De todas formas podríamos intentarlo. Un castillo no es una bagatela, es cosa digna de tenerse en cuenta. Un castillo y un par de doncellas de mis vecinos, con que alegrar sus noches.

-No les conformaría. A esas mujeres ya las tienen cuando les apetece. Pero una hija del rey es otra cosa; da más prestigio.

Pido quedarme solo a fin de estudiar la situación. ¡Sólo me quedan doce hijas para atender tanta demanda! ¡Qué ridículo más espantoso para un rey! ¿Qué son doce hijas para tanta posible demanda?. ¡Qué pobre me siento, qué ridículo? ¿Cómo no preví semejante cosa? ¿Qué son las doce hijas ante este centenar de caballeros dispuestos a destrozar las cabezas de los monstruos que en mi reino habitan? ¿No se correrá la voz de que he sido un rey poco previsor o poco hombre, pues sólo di al mundo medio centenar de hijas? ¿No seré el hazmerreír de todo el reino y de los reinos vecinos y de los reinos vecinos de los reinos vecinos? Hundido en la angustia propongo una treta: que los condenados a muerte en mis mazmorras se les perdone la vida a cambio de sacrificar a dinos, gigantes, dragones e hipogrifos. Esa será una solución fácil y liquidaré a los monstruos que todavía asolan mi país. Esa será una excelente solución -pienso- y doy la orden para que sea ejecutada, y aunque mis ministros ponen terciados los párpados exijo que se haga la prueba. Como quien manda aquí soy yo -como siempre, no faltaría más- los ministros entornan los párpados, se muerden la lengua y salen a dar la orden. Y se abren las puertas de las mazmorras y ahí van saliendo los infelices en busca de la libertad que les ofrezco. Salen con el pecho altivo, demacrado el rostro y con ojitos de sapo entristecido. Les han expuesto las condiciones y ellos las han aceptados: la libertad a cambio del exterminio de los monstruos que asolan mis tierras.

Y apenas entienden la propuesta y tienen en las manos las espadas salvadoras, degüellan allí mismo a los guardianes y se largan hacia las montañas y los bosques en busca de la libertad prometida.

Y total... Total, ¿qué conseguí? No he conseguido nada, pues siguen infestando mis tierras los dragones, los maldecidos sapos gigantes, los dinos y toda esa caterva de hipogrifos. Debo, pues, volver a utilizar los servicios de mis caballeros. Y pienso, porque es bueno pensar de vez en cuando, qué sucederá cuando se corra la voz de que el rey sólo dispone de doce hijas para tanta demanda? ¿Se unirán como un solo hombre para exigir mi cabeza u otra cosa peor?

¿Qué hacer? ¿Adquirir hijas adoptivas, procrear a toda marcha o aniquilar al resto de mis caballero?

En estas dudas me hallo y sé que no saldré del embrollo. Mi imprevisión me aboca a serios problemas. Por eso maldigo las modas que se propagan sin pensar en sus consecuencias. Y las maldigo porque a causa de ellas pasaré a las páginas de la historia como un rey tonto, como una figura torpe, con un cerebro de estropajo...





 

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