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Con paso firme, haciéndose la fuerte, aunque el temblor de sus piernas la delataba, avanzó por el largo pasillo que conducía a la habitación de aquel hospital recién construido. Un edificio de arquitectura avanzada, con capacidad para diez mil enfermos, del que podía decirse sin lugar a dudas que constituía toda una «ciudad», en el más amplio sentido de la palabra.

Allí se estudiaban a fondo las más raras enfermedades con miras a poder atajar el mal desde sus raíces, aunque no siempre se lograba la mejoría del enfermo. A veces, con tantos estudios y pruebas se empeoraba la situación, pero ello no era obstáculo para seguir investigando.

La esperanza de encontrar un remedio para combatir la enfermedad de la violencia la tenían puesta en el estudio de un virus que, creían, se reproducía a sí mismo, resultando inútil todos los avances de la ciencia, por más empeño y millones que aportaban el gobierno y las fundaciones particulares.

Los investigadores aseguraban que se trataba de algo ingénito en el ser humano, y que el único remedio era «ojo por ojo y diente por diente», pero, al haber dinero por medio, el problema no se solucionaría jamás, por lo que el Centro siempre se encontraría lleno de pacientes.

Todos cuantos se hallaban allí ingresados habían tenido que someterse a un minucioso reconocimiento previo tras haber sufrido una crisis de «mala leche».

Y allí se encontraba ingresado el marido de quién, con paso firme, avanzaba por el pasillo a pesar de temblarle las piernas, como ya dije al principio.

Este hombre, que para todo el mundo jamás había roto un plato, religioso, amable, servicial, con una educación exquisita y con todas las virtudes que Dios puede conceder a un ser humano, un buen día la emprendió a golpes con su mujer.

Nadie se explicaba cómo pudo cometer semejante acción, si parecía no tener energías ni para soplar... Nadie se creía que pudiese haber sido él; un caso increíble, inaudito, imposible...

Al final del largo pasillo, al traspasar la puerta de la habitación, vio con asombro que su marido no se hallaba solo, sino que se encontraba conversando con su amigo; aquel hombre que entraba en su casa sin avisar por tener en su poder las llaves del piso, del chalet, del comercio, del garaje, del coche... y ser de toda la confianza de ellos -o, mejor dicho, de él-.

Al verlos dialogando tan animadamente, se dio la vuelta y salió sin que los hombres se apercibiesen de su presencia.

Por culpa de aquel sinvergüenza se encontraba su marido ingresado en aquella «ciudad sanitaria». Y él fue también quién le dio a ella la descomunal paliza que nadie llegaba a comprender, excepto quién estuviese al corriente de lo que sucedía.

Aquel día, cuando llegó de su trabajo y se disponía a vestirse con ropa cómoda, sintió que alguien le tiraba de los cabellos fuertemente, diciendo que no estaba dispuesto a perder lo que más quería, siendo -cómo ya sabía- que se trataba de su marido.

No le dio tiempo a reaccionar, los golpes le llegaban de todas partes, y sin posibilidad alguna de defenderse. Mientras, su marido rogaba al pegador que no la matase, que le daría cuanto quisiese y que seguiría con él aunque ya no lo amaba.

Tras algún tiempo recuperándose de la lesiones, ésta era su primera salida a la calle. Quería decirle a su marido que había solicitado el divorcio siguiendo los trámites normales, y que había interpuesto una querella criminal contra él por haber sido víctima de su violencia. Pero, en vista de la situación, prefirió salir y esperar en una cafetería el fin del horario de visitas para enfrentarse a aquel tipo y pedirle explicación de los motivos por los que descargó sobre ella toda su ira, cuando, al fin y al cabo, ella lo sabía y nunca se lo había reprochado por serle indiferente.

Cuando, junto a la cafetería, lo tuvo frente a frente le pidió una explicación, contestándole éste que ya le podía dar gracias a Dios, y a su marido, por no haber terminado con su vida, ya que el otro se interpuso y no pudo rematarla. Estando conversando con él se acercó una mujer rubia, muy atractiva y elegantemente vestida.

Con voz dulce y casi en un susurro, le preguntó al hombre que si era a ella a quién le había propinado la paliza qué le refirió, y de la que tan orgulloso se sentía... El hombre le contestó que sí.

La rubia se volvió a ella y la abrazó y besó en las mejillas con cariño. Luego, tras unos instantes de mirarla en silencio, le dijo con voz firme: 

-No temas, no te va a pegar más... ni a ti ni a nadie.

No tenía ni idea de quién se trataba, pero sí estaba segura de que podría ser una víctima como ella. De repente, con extraordinaria rapidez y habilidad, la mujer rubia sacó algo del bolso. En unos instantes, y sin que nadie se diese cuenta, avanzó la mano hacía el hombre y le introdujo en el cuerpo los veinte centímetros de la navaja que empuñaba.

Fue recogido del suelo inconsciente e ingresado cadáver en el hospital.

El juicio fue seguido con gran expectación por todos los públicos y especialmente por las asociaciones de mujeres. La prensa se hizo amplio eco del caso por ser algo contrarío a lo habitual.

Ante el estrado compareció y declaró la testigo que se encontraba junto a la acusada en aquellos momentos, la cual afirmó haber visto cómo ésta, después de ser amenazada de muerte, pudo quitarle el arma al agresor y así salvar su vida.

Tras largas deliberaciones, el veredicto fue favorable para la acusada de homicidio, por haber actuado en legítima defensa, pues no era la primera vez que recibía amenazas de muerte y malos tratos por parte del agresor, como constaba en sus antecedentes.

Al prestigio del abogado defensor se unían los sentimientos amorosos hacia ella. La había conocido hacía poco tiempo, en una Comisaría, donde fue a poner una denuncia por malos tratos y donde él se hallaba en ejercicio de su profesión.

No cruzaron palabra alguna, pero, aún así, se dijeron muchas cosas sólo con la mirada. Desde ése día no podía alejar de su pensamiento la imagen de la mujer que le miró suplicando justicia en un mundo donde ésta brilla por su ausencia.

Implacable con los agresores de mujeres, su defensa resultó aún más brillante al poner todo su corazón en ella...





 

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