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Querido papá:

Hace ya nueve años que se fragua esta carta. No la he puesto antes en papel porque no he querido esconder tras la tupida cortina de la muerte el temor que siempre me inspiraste, pero durante estos años el miedo y el respeto han aprendido a tomar rumbos diferentes a pesar de que tú arraigaste en mi la tendencia de llevarlos siempre juntos, y ahora el miedo es tan sólo un viejo amigo de infancia que ya nada tiene que ver conmigo. Por eso te la escribo hoy, una vez aprendida una lección que tú no supiste enseñarme.

Los “te agradezco” y los “te perdono” alborotan la fila de mis pensamientos, organizando un revuelo al que llamo al orden y que se aplaca al decidir perdonar mientras te agradezco, agradecer al tiempo que te perdono, sin darle prioridad a ninguno.

Tengo tanto que agradecer y tanto que perdonar que podría enfilar un inmenso collar de cuentas blancas y negras en el hilo de la vida, y envolver mi futuro de sombras y luces del pasado. Si decidiera hablarte de ello en esta carta, la larga ristra de cuentas la convertiría en una epístola insufrible que, de cualquier modo, acabaría leyendo alguien que no eres tú.

Por eso decido que el hilo vuele libre, le permito ondear liviano al paso de aires nuevos; que no quiero llegar al futuro arrastrando todo un fardo de pasado ni configurar formas entre sombras y luces que ya no existen.

Tengo tanto que agradecerte y tanto que perdonarte que este epitafio lo subrayo con el trazo de una línea recta, concisa, firme y ecuánime, una línea que cierre el ángulo que forman esas dos fuerzas de gratitud y rencor que me dividen; sentimientos quebrados, direcciones opuestas por las que ha ido vagando mi amor por ti. Porque sólo tendrá sentido esta carta si logra que mi historia alcance la geometría de un triángulo que quepa en mi mano, y así poder llevarlo hasta tu tumba junto a un ramillete de flores frescas, símbolo de mi paz y la tuya, y colocarlas en el centro de la figura cerrada para que el vaivén del viento no pueda llevárselas.

María






 

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