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Ella misma estará convencida de que «escribir es cosa de hombres». Cuando el Gobierno belga le conceda la Cruz de Leopoldo en recompensa por su obra «Relaciones populares», adoptada como texto en las escuelas belgas, se negará rotundamente a aceptarla porque ella «es una señora y no un hombre»...

 

Cecilia Böhl de FaberCecilia Böhl de Faber nació -accidentalmente- el 24 de diciembre de 1796 en el pueblecito suizo de Morgue y murió en Sevilla, a la longeva edad de 80 años, el 7 de abril de 1877. Era hija de D. Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul de Federico Guillermo III de Prusia en Cádiz, y de Doña Frasquita Larrea, gaditana con sangre irlandesa, traductora de Byron y anfitriona de una de las tertulias gaditanas más interesantes del s. XIX. El padre, Juan Nicolás, alcanzaría cierto renombre por su apasionada defensa del romancero y el teatro español, prácticamente menospreciado en beneficio del teatro francés modernizante, tanto como por su famosa polémica con el gaditano José Joaquín de Mora, con Calderón como eje o prototipo del buen teatro clásico español. El abuelo de Cecilia -no está demás recordarlo- hacía años que residía en Cádiz como propietario de una de las muchas empresas comerciales que había en la ciudad, que, aunque con mengua manifiesta si se la compara con su esplendor dieciochesco, aún conservaba un digno esplendor.

Cecilia llegó a Cádiz en los albores de su juventud, contrayendo, a lo largo de su vida, tres matrimonios: el primero, a los dieciséis años, con un capitán de artillería; el segundo, en 1822, con el marqués de Arco Hermoso y, una última vez, con un artista rondeño, suicida en Londres en 1859. Educada por su padre, es lógico pensar cuál fue su talante ante su tiempo, pues siendo mujer, poseyó un amplísimo conocimiento sobre la literatura, amén de excepcionales dotes para la pluma, colaborando desde muy joven en diversos periódicos, como «La Bética», «La España Literaria» o la «Revista de Ciencias», todos ellos sevillanos. En «El Heraldo de Madrid», periódico que dirige José Joaquín de Mora, será donde publique una de sus más genuinas novelas: «La gaviota».

Es curioso, y por demás revelador de su talante conservador, cómo siendo mujer hubo de adoptar, para ser leída, un seudónimo, el topónimo manchego de «Fernán Caballero». Ninguna queja por la marginación femenina. Ella misma estará convencida de que «escribir es cosa de hombres». Cuando el Gobierno belga le conceda la Cruz de Leopoldo en recompensa por su obra «Relaciones populares», adoptada como texto en las escuelas belgas, se negará rotundamente a aceptarla porque ella «es una señora y no un hombre»...

Fernán Caballero, aferrada al moderantismo, preferirá siempre la España tradicional a la España revolucionaria y liberal. Su adscripción al realismo nace, según Carlos Blanco Aguinaga, como oposición a la novela francesa, con el fin de «contrarrestar la avalancha de ideas transpirenáicas vertidas en novelas sociales de tendencia democrática y socialista» (Hª Social de la Literatura española»). Realismo impregnado de costumbrismo, a través del que Fernán Caballero adopta rasgos muy críticos hacia quienes, según sus criterios, soliviantan a la sociedad con sus ideas democráticas a través de novelas y folletines, donde, como decía «La Censura» (París, 1844), se exponen «doctrinas escandalosas, inmorales, anticristianas...». Ella, a través de su obra, llevará -intentará llevar- a esa sociedad en vías de corromperse por el buen camino. Para Blanco Aguinaga, «cada una de sus obras es una admonición contra el mal del siglo, contra la hidra de la anarquía, defendiendo a ultranza la superstición -con la envoltura del folklore y costumbres- y los privilegios señoriales, tal cual lo hiciera su padre.

Tal vez sea exagerada esta crítica de la prolífica escritora Cecilia B. de Faber, pero lo que hizo lo hizo con un estilo nuevo y ágil, con contenidos muy del gusto de la burguesía de su tiempo. Menéndez y Pelayo afirma que fue ella la creadora de la novela de costumbre española, aunque también se quejará de cierto sentimentalismo «a la alemana o a la inglesa» y de su manía en interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos, si bien encaminados sermones». En cualquier caso, su prosa es profundamente gráfica y natural, pintando con acierto a sus personajes y a las costumbres que sustentan, ensimismando, desde luego, al lector, al que moraliza con la doctrina reinante: la que imprime el catolicismo a la sociedad decimonónica española.

La reseña de su obra está, desde luego, fuera de la misión de estas páginas, pero no por ello dejaremos de destacar, de entre toda ella, «La madre o el combate de Trafalgar» (1835), «La familia de Alvareda» (1849) «La gaviota» (1849), traducida del francés por José Joaquín de Mora; «Clemencia» (1852) y «Un servilón y un liberalito» (1857).

Una buena parte de su obra tiene por escenario la Andalucía rural, en la que «Fernán Caballero» encuentra historias, coplas y refranes en boca del pueblo sencillo fundamentalmente formado por trabajadores y campesinos. Ella misma nos da la clave de su obra en el prólogo a «La gaviota»: «se trata -dice- de un ensayo sobre la vida íntima del pueblo español, su lengua, creencias, cuentos y tradiciones». Sin embargo, no me parece muy cierto que este costumbrismo novelado fuera auténtico, sino muy «tamizado», hasta perder su verdadera autenticidad. Se ha dicho, incluso, que en sus pasajes andaluces no hay más verdad que en la «Carmen» de Merimé, viajero por España en 1830 y 1840/42 y, por consiguiente, coetáneo de Cecilia. 

En conclusión, Cecilia Böhl de Faber nos muestra en sus narraciones, ante la subversión y la anarquía que ella creía amenazaban con destruir los fundamentos de la sociedad, una España, o por lo menos una Andalucía, fiel a los valores religiosos y a las costumbres de antaño, que tanta seguridad le daban ante un mundo en permanente convulsión. No olvidemos que le tocará vivir la España de la Constitución liberal de 1837; el bienio progresista de 1854/56; el pronunciamiento de la escuadra en Cádiz contra Isabel II (1868); el primer Congreso obrero español en Barcelona (1870) y el sexenio revolucionario con la proclamación de la primera República en 1873. Un inquietante período de luchas y contradicciones, de servidumbre y liberalismo, que la hubieron llenar de angustias y temores. No debió ser fácil para la escritora vivir felizmente estos retazos de la historia hispana, dada su tradicionalista forma de pensar. No supo ver que estaba viviendo un tiempo de reformas, de luchas, de búsqueda de derechos y libertades, permaneciendo «incorruptible», social y políticamente, toda su vida. 

Pero fue una escritora con todos los merecimientos para figurar en la Historia de la literatura española de su siglo.





 

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