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Si tuviéramos que definir el carácter e idiosincrasia de un suizo, con pocas palabras lo podríamos definir. Se puede decir que en su gran mayoría son personas muy reservadas y poco dada a contar sus problemas íntimos. Son muy celosos de su vida privada, de la que no hacen participe a nadie y menos a un extranjero. En términos generales se puede casi afirmar que no son muy extrovertidos, aunque algunos excepcionalmente lo sean. Tienen dos hobbys, o pasión, que es donde saben expansionarse hasta convertirse en otra persona: el esquí y la música.

No se si todos los suizos tienen ese enorme entusiasmo, pero pienso que los ginebrinos si son capaces de levantarse al amanecer y hacer una larga cola para conseguir el abono anual de la Ópera o para algún concierto anunciado de renombre que se celebrará puntualmente en una fecha determinada durante el año. Y al que no se podrá asistir si no se tienen las entradas con muchos meses de anticipación.

Los conciertos que ofrecen los estudiantes del Conservatorio de Música que comienzan su vida profesional son constantes y por todas las ciudades helvéticas, hasta extenderse en los pueblos que hacen frontera con Ginebra.

Este pasado otoño me invitaron a un concierto que daban un muchacho austríaco y una solista italiana, ambos con dones excepcionales, que interpretaron «La Bohème» y «Tosca» de Puccini. El dominio de los jóvenes era absoluto. Se revelaba marcadamente el humorismo de la pieza y la dulzura melódica en que se desenvuelve el romántico argumento.

La sala, que fue prestada por la Alcaldía del pueblo de Ferney Voltaire, estaba llena a rebozar ,y como media hora antes de su comienzo ya apenas había un sitio para sentarse. Aunque en el auditorio hay siempre una mezcla de nacionalidades más diversas, predominaba la lengua francesa, que podían ser lo mismo franceses que suizos del cantón francés, la diferencia es el acento, y que no se podía constatar por el silencio absoluto que hay siempre en estos actos, a pesar de que las familias acuden siempre a ellos con sus hijos menores, bien porque no tienen con quien dejarlos o porque quieren que desde muy pequeños se acostumbren a oír música clásica, que la música pop ya la tienen en las discotecas desde muy temprana edad.

Cuando el concierto se terminó, con una pausa de diez minutos, nos anuncian que pasemos a la sala contigua en donde había un bufet variadísimo y en donde unas señoras con trajes regionales se prestaban a servirnos detrás de unas mesas adornadas con flores y banderas de algunas regiones. La organización en estas cosas -como en su mayoría- era perfecta. Una persona se encarga de darnos los platos y los cubiertos, lentamente avanzas y eliges lo que prefieras. Para los latinos, que estamos acostumbrados a sentarnos en una mesa, que nos sirvan y comer tranquilamente, esta espera nos impacienta y se nos hace difícil. Una vez que nos hemos servido, y tenemos los cubiertos, el vaso de vino y la servilleta, hay que hacer verdaderos malabarismos para sostener todo con las dos manos y tener un cuidado extremo para que no se nos caiga nada antes de llegar a la mesa. Pasamos de nuevo a la sala de música completamente transformada. Mesas cubiertas con un mantel de papel blanco esperan ser ocupadas por los concurrentes. Sin apenas apercibirnos los mostradores están ya con los postres. Tartas variadísimas, flanes, frutas tropicales, dulcería exquisita que podemos servirnos todo lo que queramos y sin limite.

Al final de la tarde, y cuando los invitados nos disponemos a marcharnos, nos piden que echemos una mano. El despliegue es enorme. Todo se vuelve a colocar en su sitio y, al cabo de un rato, las dos salas quedan más limpias que cuando entramos. Ni el violín ni el piano está ya en su sitio. No hay rastros de nada, como si por allí no hubiesen pasado más de cien personas que tranquilamente se van a sus casas después de haber pasado un tarde deliciosamente agradable y plácida. 

Todo los allí presentes han contribuido con mayor o menor esfuerzo a que las salas quedasen impecables y disponibles para otros actos que igualmente deleitaran a otros apasionados de la música que tanto bien nos hace al alma como al espíritu.





 

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