Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Estoy cansado de ver tanta luz, tan blanca y tan brillante. Mis ojos se resienten y los cierro para concentrarme en mis cosas. Aquí no hay privacidad. No me consuela el hecho de ver a los demás en las mismas circunstancias que yo. Somos muchos, demasiados, ocupando un espacio que se presenta infinito y a pesar de ello estamos hacinados, muy juntos unos de otros, y no por ello mantenemos la más mínima conversación. Todo aquí es blanco y limpio, radiante de pureza, me atrevería a decir, pero en la práctica somos como figuras de mármol copiadas de lo que fuimos. Todo lo nuestro está lejos, todos los nuestros se me hacen inalcanzables, irrecuperables y sin embargo estoy bien, sereno y sin padecimientos. Solo, y siempre a escondidas, lloro la lejanía, la enorme distancia que me separa de ti y que ya jamás podré desandar. Te espero todos los días de esta eternidad, alzo la cara y te busco en el horizonte. Veo, y sé que es una ilusión, tu figura lejana, ajena a mis deseos, olvidados ya los apetitos que despertabas en mí. Te creo a veces recordando nuestros abrazos, nuestras manos unidas y entrelazados los dedos, aquellas miradas que todo lo decían, los cálidos silencios que nos cruzábamos y los arrebatos simultáneos que acababan en el más cariñoso de los abrazos, en el más dulce de los besos.

Cómo sufrías. Era en ti el temor exagerado. Recuerdo las noches previas a mis viajes, tu instinto y tu amor me querían retener, y te abalanzabas sobre mí, en la cama, con todo tu cariño, entregándote desde las mismas entrañas, haciendo bello y puro nuestro amor, y luego, jadeantes, restábamos en silencio minutos eternos.

¿Cuándo vuelves? ¿Me llamarás en cuanto llegues? Ve despacio. -Me decías.

Qué temores te abordaban. Qué inmenso era el miedo que te producía lo incontrolado, qué terrible la soledad que imaginabas si me ocurriese algo.

Te recuerdo desde aquí, con una leve angustia, queriendo tenerme siempre y a mí eso me gustaba y sonreía y, cariñoso, me burlaba de ti y a veces te decía: ¡qué pesada eres! Y tu respondías: bueno, me callo, pero no corras y llámame cuando llegues. Y yo sonreía.

Ahora te añoro y presiento que sufres al no saber dónde estoy, dónde fui a parar.

La noche se iba ganando el tiempo, avanzaba envolviéndome y ennegrecía el horizonte. Te hice caso, iba despacio, pero fuera helaba. El pavimento viejo y estropeado se fue haciendo resbaladizo. Por aquella carretera tan llena de curvas me acercaba a mi destino. Los faros iluminaban las cunetas, unas veces la derecha, otras la izquierda, de nuevo la derecha y así descubrían que no todo era oscuro, que la carretera vieja y curva, seguía allí para llevarme.

Fue un instante, con un brusco golpe de volante, intenté esquivar al enorme camión que, al salir de la curva se abalanzaba sobre mí y me fui de lado, choqué con el muro que pretendía proteger no sé si a los conductores o al precipicio y reboté despedido de nuevo, contra el camión, empotrándome en él, bajo la caja metálica repleta de congelados, entre su segundo y tercer eje y así, convertido en apéndice del propio camión, fui arrastrado no sé cuántos metros. Un poco más adelante, más atrás para mí, el coche ya era un amasijo de hierro y cristales rotos, de elegante tapicería teñida con mi propia sangre, se desprendió del camión y, lanzado violentamente contra el pequeño muro de protección, voló por los aires descendiendo a una velocidad que yo nunca hubiese alcanzado ni en autopista, rodando, chocando, girando y volteando. Parecía que nunca se detendría. Yo era una piltrafa en su interior. Atado con el cinturón de seguridad que me iba rompiendo las costillas de una en una. La cabeza se bamboleaba como el cuero de una honda y todo yo era un cuerpo desgarrado.

Se murió la noche sin que nadie supiera de mí. Al amanecer creía oír el ruido de motores, el pasar de coches que supuse venían en mi auxilio y mis sentidos se perdieron en aquel barranco. Oí mi muerte, la vi llegar y hasta creo que durante un largo rato estuvimos charlando. Me parece recordar que llegamos a discutir.

-Te ha llegado la hora.

-No, le decía yo, ¿estás segura? ¿Sabes lo que dejo si me llevas contigo?

-Eso a mí no me importa, si tuviese que entretenerme en pensar cosas así, ¿cómo haría mi trabajo? Todos dejáis algo. No pensarás que te sucede sólo a ti ¿verdad?

Me resultó un ser abominable, intransigente. Pensé que, si yo fuese la muerte, procuraría ser más dulce con los pobres vivos, intentaría hacerles el duro trance, si no más agradable, al menos un poco más llevadero, esa actitud, pensé, me honraría y quizás hubiera conseguido, después de tantos siglos de ejercer la profesión, un poco de comprensión.

Yo les diría a los vivos, cuando fuese a recogerles, que tenían que venir conmigo, que donde les llevaba era un buen sitio. Que dejarían de sufrir, que allí no hay dolores ni odios, que el amor no es necesario y por eso no existe el desengaño, que el lugar rebasa el infinito inundado de luz, que no molesta nadie. Que allí se acaba todo, y que en el mundo la vida es insufrible. Les haría contemplar sus propias vidas, repasar sus pasados, contemplar en un instante sus miserias y, con todo ello, me seguirían felices.

La muerte a mí no me dijo nada de eso, sólo me cursaba órdenes que yo no quería obedecer, pero si me hubiese dicho lo que yo diría si fuera muerte, no me hubiese convencido, le habría respondido a gritos que todo era mentira, que mi entorno era otra cosa, que en mi vida estabas tú y quería seguir viviéndola contigo, pero nuestro diálogo no dio para tanto. La muerte es tajante.

Y tú no sabes dónde estoy. Y yo no puedo ver dónde estás. Esta luz tan blanca y brillante me ciega y aunque sé que allí, detrás de todo, al otro lado de este infinito hay un pequeño hogar que te recoge, que te da calor, que te abriga en los inviernos, donde me echas de menos, donde mantienes ahuecado y esperándome el almohadón de mi butaca, aunque todo eso lo sé, no me está permitido ir a ti. Me retienen. Sin ligaduras, pero me retienen, con buen trato, pero me retienen, llenándome de atenciones, pero me retienen. Y yo no sé cómo evadirme. Tan sólo el pensarlo me cuesta. ¡Evasión! Parece que en este lugar la palabra no existe, ni evasión ni ninguna otra. No puedo comunicarme con nadie. Les veo, pero no puedo hablarles, los tengo cerca y no puedo alcanzarles. Todos están solos, todos silenciosos. La sonrisa, en este lugar, es el único idioma conocido. Miro a alguien y me sonríe, me acerco a alguien y se aleja sonriendo, intento gritar tu nombre y únicamente me salen sonrisas. Sonrisas de ángel, dulces, blancas, luminosas como la luz de este lugar, pero sólo sonrisas.

Qué extraño es todo. Tampoco yo sé dónde estoy. No veo rótulos ni indicaciones. Con mi vista escudriño todo lo que me rodea en busca de una pista, de un nombre, de un idioma, pero nada identifico.

Si, ya lo sé, no debiera hacerlo, pero a veces desespero, y yo mismo me enfrento a mí mismo, y me reprimo, y no quiero reprimirme, y pasa el tiempo, aunque ni de eso estoy seguro, y no te alcanzo y no te veo y no te tengo. ¿He de esperar que vengas tú a mí? Si, me temo que sí. Esto me pasa por estar muerto...






 

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