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GravinaAl efectuar el traslado de los restos al Carmen, su hermano Pedro consagró este templo. Una lápida situada al lado derecho de la iglesia, junto al altar dedicado a Santa Teresa, perpetúa el hecho. Dice así:

«En el año 1810, a 29 de julio, el Excmo. Sr. D. Pedro Gravina, del Ducado de San Miguel y Principado de Montevago, Arzobispo de Nicea, Nuncio apostólico de estos reinos de España, con facultad de delegado ad latere, consagró esta iglesia y altar a honor de la Sagrada Virgen María del Monte Carmelo, depositó en el ara máxima las reliquias de los apóstoles San Pedro y San Pablo y las de los Santos Mártires Celso, Justino, Victorio, Pío, Teodoro, Probo, Clemente, Teófilo, Valencia, Bona, Clementina y Modestina y fijó su aniversario para el mismo día».

A principios del verano de 1854 se dispuso el traslado de los restos de Gravina al Panteón de Marinos Ilustres. Una vez abierto el mausoleo se extrajo de su interior el sombrero, que se hallaba bastante deteriorado, pudiéndose conservar los galones de oro que se habían desprendido y que se mantenían en mejor estado, así como el bastón de mando, que parecía nuevo. Estos objetos y las piezas del sepulcro, así como la lápida que lo cubría, fueron trasladados a San Fernando.

En el Carmen quedaron dos cajas, una de plomo, que contenía el cuerpo, con la inscripción en latín: «Huesos de Federico Gravina en espera de la resurrección. Muerto en 9 de marzo de 1806. Enterrado el 11 de marzo de 1806», y otra más pequeña, también de plomo, que contenía sus entrañas.

El sepulcro fue levantado en el Panteón de Marinos Ilustres. En cuanto a las dos cajas con los restos de Gravina, aunque los comisionados dijeron que volverían, lo cierto es que, por circunstancias que desconocemos, no fueron reclamadas y permanecieron en la iglesia del Carmen. Este hecho motivó por aquellos años en la opinión pública fundadas dudas acerca del lugar donde se hallaban los restos de Gravina.

En 1869, los restos vuelven a tener un nuevo emplazamiento. El gobierno establecido en España con ocasión de la revolución de 28 de septiembre de 1868 dispone su traslado al Panteón Nacional de Hombres Ilustres, recién inaugurado en el templo de San Francisco el Grande de Madrid. Son exhumadas en el Carmen de Cádiz las dos cajas que los contenían.

A las cinco y cuarto de la tarde del día 10 de junio de 1869 se inicia el cortejo del traslado de los restos, tributándoseles honores de capitán general con mando en plaza y que lleva el siguiente orden: Escolta del gobernador militar de la plaza; cruz parroquial castrense; clero presidido por el párroco castrense; el carro fúnebre, tirado por seis caballos perfectamente enjaezados y cuyas bridas eran llevadas por palafreneros; las cintas del féretro, que eran de varias condecoraciones, las llevaban un brigadier de la Armada; el comandante del Tercio Naval, Sánchez Barcáiztegui; un comisario ordenador y el brigadier de Infantería Pazos. Alrededor del carruaje iba una guardia de honor de Infantería de Marina. Seguía una sección de marinería de las diferente unidades fondeadas en bahía. Jefes y oficiales de los distintos buques y dependencias, comisiones civiles y militares de la plaza. El duelo lo presidían los gobernadores civil y militar, vicario general castrense y capitán general del Departamento. Cerraba la comitiva un piquete de Albuera con bandera. Las tropas formadas en la carrera que llevaba el cortejo se iban colocando a retaguardia del piquete después de haber rendido los honores.

Al llegar al muelle, el clero entonó las preces de rigor y la caja fue sacada del carruaje que la conducía y colocada en la falúa de la Capitanía General del Departamento, que se hallaba atracada en una de las escalinatas próximas a la capitanía del puerto. Cuatro guardias marinas con sable se colocaron junto a los ángulos de la caja. El piquete y los barcos de guerra surtos en bahía dispararon las salvas de ordenanza. Una lancha de vapor remolcó la falúa hacia el buque de ruedas Vulcano, seguida de otra en la que iban las autoridades de Marina, y de cinco canoas pertenecientes al vapor San Antonio, fragata blindada Victoria, goleta de hélice Ceres, fragata de hélice Navas de Tolosa y Vulcano, así como la canoa de la capitanía del puerto.

Al embarcar el ataúd en el Vulcano, esta unidad hizo el saludo de ordenanza, poniendo a continuación rumbo a La Carraca donde los restos se desembarcaron y fueron trasladados provisionalmente al Panteón de Marinos Ilustres, para de allí ser conducidos en tren a Madrid en unión de los restos de otros hombres insignes, solicitados por el Ministerio de Fomento para su emplazamiento en el Panteón de San Francisco el Grande.

Las calles gaditanas por donde pasaba la comitiva estaban totalmente llenas de público, en particular el puerto y las murallas.

En Madrid permanecieron los restos de Gravina hasta el 28 de abril de 1883, durante el reinado de Alfonso XII, desde cuya fecha reposan definitivamente en el Panteón de Marinos Ilustres.

Cuando la caja fue abierta, los presentes quedaron asombrados al comprobar que el cuerpo de Gravina se hallaba casi intacto por estar sumergido en alcohol.

Veamos ahora brevemente las vicisitudes por las que pasó la morada de Gravina desde su muerte.

Terminada la guerra de la Independencia, ausente de Cádiz su hermano Pedro por razón de su ministerio, la casa pasó a otros propietarios, que la dividieron para arrendarla a varios inquilinos. Algunas habitaciones estaban todavía tapizadas con lienzos representando combates navales en que Gravina había intervenido, desconociéndose si fueron colocados durante su vida o cuando su hermano Pedro residió en Cádiz en calidad de nuncio, allá por los años de la guerra contra el invasor francés.

En distintas épocas la finca fue habitada por familias modestas y artesanos y también ocupada por varias industrias. Durante una quincena de años, a principios del siglo actual, existió un colegio de primera enseñanza denominado San Gonzalo.

En octubre de 1927, la finca fue comprada a su propietario y donada a los padres jesuitas para que la utilizasen como residencia. La donación la efectuó la conocida dama gaditana doña Josefa Martínez de Pinillos, que adquirió el inmueble a don Manuel Varela Redondo, actuando como agente intermediario don Mateo Rodríguez-Sánchez Romero.

En la madrugada del 11 de mayo de 1931, grupos revolucionarios al grito de ¡abajo los curas! intentaron quemar la residencia, pero, al ser advertidos de que el fuego podría propagarse a las casas inmediatas, desistieron. Sin embargo, fue imposible evitar el asalto y saqueo. Muebles y enseres fueron arrojados a la plaza, donde se formaron grandes hogueras. El padre superior resultó con graves heridas. Los asaltos se multiplicaron ese día en Madrid y varias capitales españolas. En Cádiz fueron asaltados, entre otros templos, el del Carmen y el convento de Santo Domingo, donde se venera la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad. A las cuatro de la madrugada salió una compañía de artillería y en la misma plaza de la catedral se da lectura al bando que declara el estado de guerra. Unos meses después, un decreto de 24 de enero de 1932 disuelve la Compañía de Jesús y los religiosos abandonan Cádiz, donde se habían establecido el 8 de abril de 1564.

La casa de los Gravina pasó a ser casa de asistencia pública, instalándose en la habitación en que se supone falleció el capitán general un quirófano, siendo la estancia dividida en dos. Durante el Movimiento Nacional, los jesuitas recuperaron el hogar-residencia.

El Ayuntamiento de 1895 puso una lápida en la casa, que aún se conserva y dice así: «El 9 de marzo de 1806 falleció en esta casa, a los 49 años de edad, el Excmo. Sr. D. Federico Gravina y Nápoli, Capitán General de la Real Armada, de resultas de la herida que recibió a bordo del navío Príncipe de Asturias, en el memorable combate de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805».




BIBLIOGRAFÍA
El Almirante sin tacha y sin miedo: Carmen Fernández de Castro.
Guía oficial de Cádiz y su provincia: Años de 1870 y 1927.
Diario de Cádiz: 11 de junio de 1869 y 12 de mayo de 1931.
Índice de acuerdos de actas capitulares de Cádiz: 1717-1807. Julio Guillén.
Escaño, en Cádiz: José M. Blanca. REVISTA General DE MARINA número 196, de enero de 1979.
Oración fúnebre al Excmo. Sr. D. Federico Gravina: José Ruiz Román.







 

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