Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Recostado sobre el oxidado catre, Agustín se tragaba las lágrimas mientras daba continuadas vueltas a diversos acontecimientos de su vida. Aún le dolían y pinchaban las piernas porque había corrido varios kilómetros sin parar. Él, que no estaba acostumbrado a correr más que el pasillo de la cocina a su dormitorio. Pero, en momentos como ése, el dolor físico que pudiera sentir era lo más soportable, lo que resultaba humanamente insufrible era el dolor de su alma extraviada y arrepentida, su alma imposible de apaciguar.

Sobre su cabeza desfilaba su imagen de niño chulo de barrio, la inocente imagen de su padre queriéndose imponer y la de una relación difícilmente reconciliable. En algunos momentos de exasperación había pensado muy seriamente que se marcharía del hogar, pero pensarlo y hacerlo eran cosas muy diferentes porque no se aventuraba a vivir del robo; ya tenía suficiente con tener que sacar para procurarte sus vicios y caprichos. Siempre había pensado que fue un cambio positivo el que dio su vida al encontrar una pandilla tan temida y respetada y ahora divagaba sobre la situación que le había llevado a no controlarse a sí mismo. 

Lo cierto, es que había vivido en una permanente negación de su personalidad tratando de alcanzar el molde del «Agus» que buscaban sus amigotes. Ahora intuía que el ser humano estaba constantemente vendido a la afectividad y al aprecio de los demás y algunos, como le había ocurrido a él, llegaban a destrozar su existencia porque ya no llegaban a actuar por sí mismos. Las drogas no las tomaba desde hacía dos días, porque tenía cuidado con que eso no pudiera llegar a controlar su vida, pero el arranque violento estaba ya fijamente marcado en su carácter. Se lo vino a la cabeza esa estampa de niño bueno en su infancia que tanto había detestado y que en estos momentos le hacía llorar. Se daba cuenta de que había sido la única época de su vida en que había volado con su propia imaginación y no con los sueños de una pandilla formada por personas profundamente dependientes del grupo, sin rasgos de individualidad. No entendía quién había sido el beneficiado en esa apuesta alocada por querer vivir fuera de los parámetros sociales. 

Ellos vestían, hacían y hasta se divertían según los moldes que no sabían quién había creado y a los que algunos se adaptaban llegando a anular por completo su identidad. Algunos, huyendo de lo establecido, desfilan según unos esquemas que también otros han pretendido imponer.

Su cabeza no había parado un momento en su lucha por aclarar sus ideas. Cuando vinieran a buscarle y un agente le pidió que contara lo que había sucedido, ni él sabia lo que pasó por su mente para llegar a cometer esa barbarie. No sabía si se defendía al tartamudear que no estaba en su razón cuando ocurrió aquello, que ahora entendía que algunos hablaran de que el diablo se apoderaba de ellos.

Dos horas estuvo Agustín llorando mientras un inspector lo sometía a un fuerte interrogatorio. 

La imagen del joven, sin su dura vestimenta y la fuerza de sus amigotes, daba la triste impresión de un ser inocente y desvalido, lo cual provocó la lástima de las autoridades que creyeron más aconsejable recluirlo en la enfermería de la prisión en donde no se le prestó la ayuda conveniente en aquellos momentos y en donde hoy, dos años después, Agustín camina de cama en cama incansablemente con un muñeco en la mano contando a todos que pasea con el hijo que el día de mañana acabará con su padre.






 

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