Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Cuando vamos por la calle vemos «gente». La «gente» es parte del mobiliario de la calle. Esa gente son «personas», todo el mundo lo sabe, aunque no se suele contar con ello cuando se va por la calle. Las «personas» tienen ojos que te ven y te juzgan. Tras ellos se esconde un ser humano como tú y como yo, con una vida propia llena de problemas y alegrías. Sin embargo, cuando se pasea por la calle se tiende a despersonalizar los rostros y a convertirlos en gente, en mobiliario urbano. Se deambula por el bosque de gente como si por un bosque de pinos se deambulara, ignorando los pinos, ignorando la gente, esquivando, mirando la senda y reconociendo el terreno por si acaso aparece en la espesura una presa, un amigo, un enemigo o una bestia peligrosa que muerda o que pida veinte duros.

Aunque las «personas» siempre están ahí, no siempre te percatas de su existencia. A menudo te encierras en tus pensamientos y no caes en la cuenta de que siguen ahí, mirándote o pasando de ti, pensando en sus cosas o sin pensar en nada.

A menudo todo el mundo abandona la clausura que imponen los pensamientos y salimos al encuentro del otro. Yo no sé qué pensarás tú, pero a mí me pasa que a veces advierto que una especie de muro invisible sigue separándome de las personas que están ahí cerca. Quizá sea porque la vista es incapaz de ver personas, pues a ella sólo se muestran caras de «gentes». En este sentido, mis ojos les ven y les juzgan, pero ellos, rebajados a simples rostros, a caretas de personajes de teatro, no parecen darse cuenta de mi mirar. Y pienso en sus vidas, en sus problemas, en sus alegrías. Y me siento solo, encerrado en mi faceta de «mobiliario urbano» y pienso que la soledad consiste en saber que hay personas justo más allá de los ojos que ves y no poder, o no querer, atreverse a mirar dentro. También es sentirse ignorado, es decir, sentir que nadie se asoma a mirar lo que hay detrás de tus ojos.

Todos somos solitarios y nos sentimos incomprendidos en algún grado. Pero hay quien le da miedo y piensa que Dios le está mirando, o que tiene un ángel de la guarda, o que un familiar muerto le acompaña y vela por él/ella. Yo una vez sentí esa mirada justo en la nuca. Lo recuerdo como una sensación poco agradable, quizá porque, después de todo, no me gusta que me miren.

De vez en cuando, me siento realmente solo con mis pensamientos. Siento que ahora nadie sabe lo que pienso, a no ser que yo le deje mirar. Siento que soy capaz de encerrarme en mi interioridad y no dar a conocer nada a nadie, nunca. ¿Has pensado alguna vez que se podría tener un secreto, una idea, un deseo, oculto en el interior sin que nadie llegue nunca a saberlo ni a imaginárselo? Piénsalo: lo que somos, lo que pretendemos ser, nuestra vida interior, son cosas que nadie llegará a saber nunca, a no ser que nosotros queramos. Y, a veces, ni así.

O sea, que creo que estoy solo. Y no es que me comunique poco: más bien ocurre todo lo contrario. Pero definitivamente he dejado de creer en la posibilidad de una comunicación verdadera. Quisiera meterme dentro de la mirada de los que me rodean, pero no puedo. Y tampoco puedo expresar adecuadamente con palabras lo que soy y lo que siento. Sólo obtengo sucedáneos de verdadera comunicación, charlas esporádicas sobre temas esporádicos. Lo cierto es que sólo me parece que estoy cerca de una verdadera comunicación con el alma del otro cuando nos miramos, callamos, comprendemos y sonreímos, cada cual en su feudo de carne y huesos, incapaz de salir de sí, encerrado tras su mirada cómplice. Y siempre con la idea en la cabeza de que la riqueza que esa persona guarda dentro, sus secretos, sus miedos, sus virtudes, permanecerán siempre inaccesibles a mí, ajenos a mi mirada curiosa.

Cuando sufrimos, pensamos, sentimos y creamos, lo hacemos en absoluta soledad. El afán por lograr el orgasmo sincronizado en la pareja es un síntoma del admirable e imposible afán de nuestra época por la comunicación, pues nadie puede sentir mi orgasmo a la vez que yo. Y cuando vea la muerte a la cara, nadie sabrá de verdad el pavor o la serenidad que voy a experimentar. Por eso nadie puede acompañarte en tu sentimiento. Ni siquiera cuando a dos personas les sucede lo mismo, porque cada cual es cada cual. Dicen que el que la lleva la entiende, ¿no? Pues eso. Y sin embargo...

Sin embargo, tenemos que enseñar a los otros lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que pensamos. Tenemos que gritar a los vientos lo que agita nuestras vísceras.

Gesticulamos, conversamos, sonreímos, gritamos... Porque, como todo el mundo sabe, la realidad que tú conoces, si sólo la conoces tú, pierde peso ontológico, se vuelve fantasmal, es como si no existiera. Si los demás no ven lo que yo veo, es como si el objeto de mi mirada no existiera de verdad. No sabremos si nuestra percepción es real o un producto de la fantasía. Dudaremos de la sensatez de nuestros pensamientos. Estaremos locos.

Por otro lado, ¡qué pequeño sería el mundo! Sin los otros, sin su trato, cómo íbamos a intuir siquiera las maravillas y horrores que esconden los lugares, los pensamientos, las acciones, la gente. Dicen que todo verdadero viaje es siempre un viaje interior. ¿A dónde? A fuera de lo que somos. El otro es, por tanto, el verdadero viaje. No es la geografía, los edificios o el idioma lo que nos lleva lejos de lo cotidiano. No. Se viaja cuando se escapa de la propia vida (el ámbito de lo cotidiano) y se ingresa en un modo de vivir que es extraño, que no es el nuestro, que no sabíamos que fuera posible. La conversación es, por tanto, el único modo de viajar que tenemos, pues no hay otro modo de lograr que el alma abandone nuestro esqueleto, el cual es nuestro verdadero hogar, nuestra cárcel y nuestra circunstancia.





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep